No obstante, estaba resuelto a no dejar escapar aquella oportunidad. Se dio la vuelta de inmediato para encaminarse hacia la puerta del hotel. No tenía un plan concreto, pero cuando entró en él descubrió que la recepción, un mostrador empotrado en un ángulo al pie de un descansillo, estaba desierta. A través de una puerta y doblando un recodo oyó los sonidos de un bar y débilmente, al otro lado de un pasillo, una aspiradora zumbaba y rodaba con gran estrépito, pero no había nadie a la vista. Miró escaleras arriba. Había una puerta en el descansillo, trabada para que no se cerrase, y al otro lado vio un oscuro rectángulo de pared. Vaciló. Seguía sin aparecer nadie. Miró arriba y abajo. Las molduras alrededor de las puertas eran decorosas, casi se podía oler el revestimiento de madera. Pero el lugar tenía el aire melancólico de la casa particular transformada con propósitos comerciales, impresión que se veía intensificada por la luz tenue, respetable y digna. Todo ello contribuyó a facilitar que se estirara por encima del mostrador para encontrar el libro de registro que había detrás. La página en uso estaba señalada por una cinta de caucho. Le temblaba la mano, pero todo lo que tuvo que hacer fue abrirlo. Repasó la lista de arriba a abajo… no había ningún Tannis, y esa sola página contenía todos los nombres registrados durante la semana. No se había registrado nadie ese día, y tan sólo un huésped lo había hecho el día anterior: un tal doctor Keller de Los Ángeles. Habitación 22.
Keller.
Cerró el libro de registro, volvió a depositarlo en su lugar dándole la vuelta y se apoyó sobre el mostrador.
No estaba seguro. Por supuesto, era posible que Tannis se hiciera llamar Keller. Pero no veía ninguna razón para ello. Ke ller. Repitió el nombre para sí. Era extranjero, pero con cierta ambigüedad. Alemán. Pero no demasiado alemán. Sin duda no era Vogel ni Buhler. Pero Los Ángeles era el sitio. Allí era donde Vogel había matado a Buhler, o Buhler había matado a Vogel, lo que fuera. Y Tannis y California eran inseparables en la mente de David.
Pero justo entonces una joven que pasaba por el pasillo en lo alto de la escalera asomó la cabeza por la esquina.
– Hola. Buenas tardes. Lo siento. No le había visto. -Le dedicó una amplia sonrisa a David, bajó presurosa y se metió tras el mostrador-. ¿Hace mucho que espera? Deberíamos tener un timbre. Teníamos un timbre…
– No importa, en serio. Acabo de llegar.
– No esperaba a nadie. No pensaba que tuviera que venir nadie hoy. ¿Tiene habitación reservada?
Le pareció más sencillo no contradecir la suposición que la joven claramente había formulado, así que David asintió:
– Eso espero. Debería tenerla. Señor Harper. Un caballero llamado Tannis la reservó por mí.
La joven había encendido una lamparita y estaba revolviendo una caja. Luego buscó debajo del mostrador. Aparentemente el nombre de Tannis no le había causado ninguna impresión y tras unos instantes murmuró:
– Bueno, no sé qué puede haber sucedido. No parece que tengamos nada…
– Debió telefonear hacia finales de la semana pasada, creo.
– Bien, no se preocupe. Tenemos muchas habitaciones libres. -Alzó la vista alegremente-. Aunque todavía no hemos abierto del todo. Por supuesto, está abierto todo el año, para la base en realidad, pero sólo con unas cuantas habitaciones disponibles. Me llevaría una media hora prepararle una. Si le parece bien.
– Sí. Sí, por supuesto.
– Perfecto entonces. El bar está por allí. El restaurante está abierto…
David firmó, ofreciendo su tarjeta de crédito.
– Me estaba preguntando… El señor Tannis tenía previsto venir con otra persona, un americano. Creo que su nombre era Keller.
– Oh, bien, está aquí.
– Ah. Es un alivio. Eso quiere decir que Jack vendrá también.
– ¿Son ustedes amigos, entonces?
– Bueno, colegas. Yo conozco al señor Tannis, pero no he visto nunca al doctor Keller.
– Está en el bar, creo. Un caballero de edad, bronceado. Con una chaqueta deportiva. -Le dio la vuelta al mostrador-. ¿Se quedará a comer? Porque no tendrá la llave y yo debería decírselo a Wilma para que pueda usted firmar.
– Sí, creo… me parece…
Pero ella se apresuraba ya a cruzar la puerta que conducía al bar. David vaciló. Su engaño lo había dejado casi sin aliento. Pero lo había logrado, pensó, aunque no estaba seguro de con qué fin. Entró en el bar en pos de la recepcionista. Era pequeño, cuadrado, nuevo, o al menos recientemente renovado. Demasiado barniz brillante para su gusto, pero así resultó más fácil distinguir a Keller. Como le habían descrito, era un hombre alto y bronceado que estaba sentado solo con un whisky y una jarra de agua delante de él. Levantó la vista cuando entró David, le echó una larga y penetrante mirada y luego apartó los ojos. Pero la mirada había sido demasiado larga y se produjo una extraña situación, pues David estaba convencido de que aquel hombre había intentado matarlo. Era extraordinario. Había intentado matarlo. Y ahora estaba sentado allí. Más tarde David comprendió que aquel peculiar encuentro había sido una bendición para él, porque él no había dado muestra alguna de saber quién era Keller. Sencillamente, no había nada en su propio vocabulario de gestos y emociones que se correspondiera con aquel momento. Así que Keller no supo que él sabía. Casi de inmediato se restableció la normalidad y David sintió disminuir su incredulidad, al menos hasta el punto de poder pensar. Pero no cabía duda. Si aquél no era el hombre que había intentado matarlo en el risco, entonces tenía que haber sido Tannis, y eso era imposible. Con su americana de mezclilla y la camisa abierta la apariencia de Keller era tan juvenil y deportiva como podía serlo, pero seguía siendo un hombre de edad. Mayor incluso que Tannis. Además, se dijo David, no tenía la corpulencia de éste y su rostro no se le parecía en nada. Recordaba que Tannis era un hombre corpulento y tenía el rostro de un hombre corpulento: sólido, carnoso, macizo. Keller, aunque bastante alto, era delgado, y tenía una cabeza pequeña, dura y huesuda que estaba extrañamente hundida: una hendidura bajo la boca hacía sobresalir la barbilla; tenía las mejillas hundidas y los ojos profundamente metidos en las cuencas, y cuando giró la cabeza para pedir otra copa, David distinguió una profunda depresión en la base del cráneo, como si un gigante hubiera metido la mano en su cuna y hubiera estrujado su blanda cabeza de recién nacido entre los dedos. Creaba una curiosa impresión, notó David. Prácticamente era una cabeza deforme, pero parecía basada en un principio de consistencia de modo que no incitaba a apartar la vista, como suele hacer la fealdad. Muy al contrario, David tuvo que esforzarse para dejar de mirar al hombre y comprendió que se hubiera percatado de él aun en muy diferentes circunstancias. Pero no era Tannis; ésa era la cuestión. Y tampoco era Vogel, porque la mente de David, exprimiendo hasta la última posibilidad, también había pensado en él. Sacó la fotografía que Diana le había hecho a Vogel, la apoyó contra el pie de su copa de jerez y comprobó que no se parecían en absoluto. El hombre que sostenía las riendas de Diablo era bajo y moreno, rechoncho. Por mucho que hubiera envejecido, David no veía cómo habría podido convertirse en Keller. Aunque, a pesar de que esos detalles exluían a Keller, también había una relación. Porque Keller tenía el mismo bronceado intenso que David asociaba siempre con el desierto. Keller, Vogel, Tannis; juntos o por separado procedían del mismo mundo. ¿Pero cuál era su lugar en él?