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– Comprendo. Pero da la impresión de que es una vida placentera.

– Sí, desde luego. Y puedo viajar. Nunca pensé en ello en su momento, pero mi trabajo me proporcionó amigos por todo el mundo.

– Incluyendo Gales.

– Exactamente. Pero es la primera vez que vuelvo desde hace mucho tiempo. Y uno pierde la pista, claro está.

– Sí.

– ¿Y usted, señor Harper? ¿Qué le ha traído de vuelta?

– Mi mujer. Bien, mi ex mujer. Se quedó aquí después de que se rompiera nuestro matrimonio, pero ha fallecido recientemente.

– Lo lamento.

– Bueno, ha sido difícil.

– Dice usted recientemente…

– Sí. Esta misma semana en realidad.

– Lo lamento mucho entonces. Me temo… que he sido indiscreto.

– No, por supuesto que no. Pero es usted más afortunado que yo. Resulta que no tengo aquí ningún amigo en absoluto. No me había dado cuenta del tiempo transcurrido. Dice usted… en los viejos tiempos, ¿trabajaba usted para Hughes?

– Sí. Radio. Telemetría.

– No me diga. Yo trabajaba, entiéndame, hace muchos años que ya no tengo nada que ver con eso, en el campo de la física. Los infrarrojos.

– O sea que usted debía de enviar hacia lo alto experimentos cuyo progreso mi equipo se encargaba de transmitir de vuelta a la tierra.

– Sin duda.

– Sin embargo, ahora, ¿dice usted que ha dejado ese trabajo?

– Sí. Hago documentales. Sobre la naturaleza.

– Fascinante. Como he mencionado antes, he aprendido a pintar. Podría preguntarle, ¿qué prefiere, las artes o la ciencia?

– Bien, yo no me considero un artista.

– Quizás es usted demasiado modesto. O no del todo sincero. En un documental, ¿no es cierto?, toda creatividad debe ser cuidadosamente disimulada.

– Creo que sé a lo que se refiere. Sí.

– Pero eso puede aplicarse a todo, claro está. El mejor arte es el más simple. O si no fijémonos en la naturaleza. En San Miguel pinto a menudo flores, pájaros. Si los consideráramos creaciones, obras artísticas y a Dios como el más grande de los artistas…

– Sí.

– Bueno, por otro lado, su arte, su auténtica belleza, pasan desapercibidos con demasiada frecuencia. Siempre estamos hablando de las bellezas de la naturaleza, pero en realidad no nos lo creemos. Se convierten en una estampa barata para colgar de un marco roto en la pared. Siempre lo pasamos por alto. ¿Quién se detiene a pensar en lo hermosa que es una naranja?

– No podemos. Hay demasiada belleza en la naturaleza. Nos sobrepasaría. Ése es, creo, el motivo por el que destruimos la naturaleza con tanta despreocupación.

– ¿No estamos a su altura?

– En cierto sentido.

– Así pues, en cierto modo el hombre no es digno de la naturaleza. Es un punto de vista interesante. El hombre no puede apreciar el arte de Dios. Sería pedirle demasiado. Por eso nos volvemos hacia la ciencia, porque exige mucho menos. Así de ínfimos podemos ser. ¿Qué opina usted?

– No estoy seguro. Quizá me reserve mi opinión, doctor.

– Sí… Bueno, puede hacerlo esta noche, señor Harper, pero no para siempre. ¿No cree usted que, en un momento dado, uno tiene que elegir… arte o ciencia?

– Supongo que podría contestar que en un principio me decanté por esta última, pero que ahora me acerco más al primero.

– También yo. O quizá nos estemos haciendo viejos los dos. En cualquier caso, escuche, ha sido un placer conocerle.

– ¿Se marcha usted?

– Creo que sí. Mañana tengo que salir temprano.

– Pero quizá nos encontremos para desayunar.

– No, no. Quiero decir muy temprano. Debo hacerlo.

– Bien, buenas noches entonces. Ha sido un placer.

– Adiós. -Pero justo en ese instante Keller vaciló y dio media vuelta-. Me preguntaba… quizá conozca usted a un amigo mío, un hombre llamado Stern. Solía trabajar con él. ¿Quizás usted…?

– Creo que recuerdo el nombre -contestó David negando con la cabeza-, pero no estoy seguro.

Keller sonrió.

– Por alguna razón acabo de acordarme de él. Él también se fue a México cuando se retiró, ¿sabe?, pero perdimos el contacto. -Y luego, con una sonrisa y un saludo con la mano (no se la ofreció) se fue.

David se quedó donde estaba.

Respiró hondo y notó que el corazón le latía alocadamente. No osó mover un solo músculo. Porque justo allí, al final, había estado a punto de soltarlo todo. Había sido tan inteligente en lo de su nombre, en la astucia de su propia honestidad, que casi había caído en la trampa al final. Pero mientras contemplaba a Stern dirigirse a la recepción, tenía aún la esperanza de haber conseguido engañarlo. Porque «Keller» era Stern. Tan pronto como David había oído el nombre lo había recordado, lo había sabido. No demasiado, pero suficiente. «Stern» había sido el hombre de la telemetría, el experto en instrumental, el hombre que había transmitido el resultado de sus experimentos de vuelta a la tierra. No era el amigo de Keller, sino el mismo Keller. Stern. Sí, era Stern, de acuerdo. A pesar de su rareza, David no recordaba aún su rostro, habían pasado demasiados años, pero había reconocido el nombre de inmediato, aunque a Stern se le había escapado de algún modo ese destello de reconocimiento. Se había mostrado demasiado confiado. Había pestañeado en el momento equivocado, se había descubierto a sí mismo en lugar de descubrir. Y había mucho que ver. Porque para David era un reconocimiento que verdaderamente iba más allá del momento inmediato. La crudeza misma de la mentira, cara a cara, resultaba reveladora. Después de aquello, no podría negarse a creer, no había modo de esquivarlo. Lo peor era cierto. Stern, o Keller, cualquiera que fuera el nombre que quisiera emplear, había intentado matarlo en aquel risco. Ahora le tomaba por tonto. Pero David no iba a hacer el papel de tonto; esta vez no. De modo que, esa noche, en su habitación, se agazapó en una esquina del ventanal para vigilar el aparcamiento. Observó y esperó, sentado y absolutamente inmóvil en la oscuridad, esperando, como había esperado tan a menudo, que un zorro o un tejón se pusieran al alcance de su cámara, manteniéndose despierto mediante un centenar de trucos que había aprendido, con un sexto sentido alerta a cualquier movimiento. Hasta que, a las 3.02 de la madrugada, Stern se mostró por fin.

La noche había refrescado, con ese frío que te mantiene despierto. Las nubes habían desaparecido y había estrellas y luna. Era una preciosa noche de principios del verano. Dos altos árboles enmarcaban su vista: por las hondonadas y valles hasta el pueblo, donde destellaban algunas luces bastante separadas unas de otras, distintas, solas en la oscuridad. El coche de Stern aún estaba allí. David se incorporó para mirar, pero volvió a dejarse caer. Pues antes de ver realmente a Stern, oyó el sonido de sus pisadas y luego, de repente, estaba allí, con el maletero del coche abierto ya en la oscuridad. Definitivamente era él. Su postura y un rápido vistazo de perfil a su extraña cabeza aplastada lo confirmaban.

David contuvo la respiración.

Boom. Stern había cerrado el maletero.

Durante unos segundos David lo perdió de vista. Pero luego lo vio junto al flanco del coche, el lado del conductor, metiéndose en él. La luz del interior se encendió y David se había alzado ya, recogiendo las mantas… pero entonces se quedó inmóvil. Porque Stern no había subido al coche, sólo estaba inclinado hacia dentro, buscando algo y después volvió a salir. Cerró la puerta y echó la llave. Se alejó. Desapareció de la vista.

Pero David oía sus pasos y éstos no se dirigían de vuelta al hotel, sino hacia el camino de entrada. David se movió. No era lo que esperaba. Había supuesto que Stern se marcharía por la mañana temprano, a las seis o las siete, digamos, pero no eso. ¿Qué estaba haciendo Stern? El hotel estaba silencioso. No había nadie en recepción. David abrió la puerta de entrada al hotel y salió, el oído alerta. Nada. Pero Stern sólo podía haber ido hacia un sitio, hacia el camino de entrada principal que conducía de vuelta a la carretera. David caminó hasta allí. Se acuclilló, un viejo truco, para crear un horizonte, y durante un instante captó el movimiento de Stern.