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Lo siguió.

Resultó bastante fácil. Stern sólo podía dirigirse a un sitio y tras unos minutos David había acortado el terreno que los separaba, acercándose lo suficiente para verlo. Llegaron al final del camino. Giraron a la izquierda. Alejándose del pueblo. A lo largo de la cresta de la colina, la allt. Entonces David supo que sería visible sobre el horizonte, ya que Stern estaba por debajo de él, y cruzó a grandes zancadas hasta llegar al borde para adentrarse en las susurrantes sombras de los setos. Allí estaría a cubierto. Al llegar al pie de la colina Stern giró. A la izquierda. Hacia el interior. Era de nuevo el único camino a seguir. Se metieron en un sendero muy oscuro flanqueado por grandes árboles. Al final, otro giro. Todas las casas estaban a oscuras. Dos giros más. Otros dos. Stern parecía saber adónde se dirigía, pero David estaba perdido, aunque suponía que estaban cerca de la pista de aterrizaje. ¿Pero por qué Stern iría allí? Era noche cerrada. Allí, entre los árboles, no se veían las estrellas. El viento empujaba las ramas y la oscuridad a su alrededor. Stern seguía andando. Caminaba deprisa y no miraba nunca hacia atrás. Y no se dirigía a la pista de aterrizaje en absoluto. De repente se encontraba junto a un campo abierto, un amplio prado plateado por el rocío y jorobado por los bultos de las durmientes ovejas.

Sin una sola pausa, Stern traspasó la cerca. Y David tuvo que seguirlo, quedando al descubierto, porque al otro lado había una oscura línea de árboles y si no estaba cerca de Stern cuando la alcanzara, nunca lo encontraría. Así que todo lo que podía hacer era caminar directamente sobre la estela de Stern, un rastro perfectamente visible sobre el rocío, poniendo los pies sobre sus huellas como si se tratara de un juego (aunque mirara casualmente hacia atrás, lo pasaría quizá por alto) y luego, cuando el cuerpo de Stern se giró de lado para pasar por encima del deteriorado alambre del otro lado, se dejó caer sobre las rodillas. Stern desapareció. Rápidamente, corriendo, David traspasó la cerca. Súbitamente supo dónde se hallaba. A su derecha el terreno descendía abruptamente hacia una hondonada, un camino que serpenteaba hasta llegar a un arroyo que brillaba en la oscuridad. Más allá, en lo alto de una colina, había una pequeña casa a oscuras. Pero a su izquierda el sendero continuaba recto y llano entre dos largas hileras de árboles cuyas gruesas raíces atravesaban el sendero y cuyas ramas formaban una bóveda sobre él. Un túnel. Stern se había ido por ese lado. La carretera que había al final del sendero estaba a menos de cien metros de la casa de Diana.

Era el único destino que Stern podía tener en mente y Davis sintió un súbito miedo. Pensaba en Tim, naturalmente. ¿Habría vuelto? Consiguió llegar a la casa antes que Stern, abriéndose paso entre los árboles y después cortando camino a través del amplio jardín de un vecino, que lo condujo hasta la parte trasera del jardín de Diana, hasta los mismos lirios en los que Tim se ocultaba de pequeño. Y desde allí distinguía el camino de entrada a la casa. El coche de Diana no estaba en él; cabía suponer que Tim no había vuelto. Se quedó donde estaba, perfectamente oculto, y contempló la casa. Era una oscura sombra voluminosa que se perfilaba contra la negritud más intensa de los árboles que había al otro lado de la carretera, pero en las ventanas de la cocina brillaba una tenue luz. Unos cinco minutos más tarde vio el parpadeo que provocaba un movimiento. Stern estaba en la puerta trasera no creyendo que la puerta delantera estuviera abierta, aunque en realidad lo estaba, porque la había cerrado sólo con el golpe para que Tim pudiera entrar. Pero de todas maneras no le costó demasiado tiempo, en unos noventa segundos, juzgó David, Stern se había metido dentro. Eran entonces las cuatro menos veinticinco. Durante la hora siguiente, hasta las cuatro y cuarto de la mañana, David esperó y vigiló, escondido entre los lirios; estaba terriblemente oscuro y siempre que me metía allí me asustaba. Sabía que había ocurrido algo, ¿comprendes? Cuando era pequeño, me refiero. Algo iba mal. Y yo no sabía lo que era. Ella nunca me lo dijo y después de un tiempo no volví a preguntarlo nunca. Pero tú lo sabías, por supuesto. Era algo que se sobreentendía. Y espero que ahora lo sepas. Por qué ocurrió. Por qué lo ha hecho. Y quizá ahora lo sabía, porque no tenía la menor duda de lo que Stern estaba haciendo, lo sabía: Stern estaba buscando. Stern había ido a Aberporth por Diana y ahora buscaba… cartas, un diario, las fotografías que David ya había encontrado. En tal caso, había llegado demasiado tarde. ¿Pero cuál era la que buscaba en particular? ¿La de la mujer, con ese flequillo de cabellos rubios sobre los ojos, o la choza destartalada en el desierto, el hotel de una ciudad fantasma, o la fotografía de Vogel y Marianne y el caballo Diablo… o una fotografía completamente diferente que se había desmenuzado bajo las olas? Pero, pensó David, era posible que no estuviera buscando una fotografía en concreto, sino que tan sólo quisiera asegurarse de que no había nada en la casa que lo incriminara a él. Incriminarle a él… ¿en qué? ¿Y por qué iba a poseer Diana tal evidencia? La única respuesta que pudo encontrar a aquellas preguntas era la más obvia. ¿Cuál era la única relación posible entre Stern y Diana? ¿Por qué no se fue nunca de Aberporth? Y la respuesta seguía pareciendo inabordable cuando Stern salió. En aquel momento había una especie de luz en el cielo, húmeda, plateada, que convertía el mundo en el negativo de una fotografía en blanco y negro. Entre las sombras Stern era un fantasma. David lo contempló mientras se desvanecía en la niebla suspendida sobre la carretera. David vaciló. Sabía que podía perder a Stern, pero algo lo atraía hacia la casa. Corrió hacia ella con el cuerpo anquilosado, entró por la puerta posterior. Stern la había forzado con tal destreza que resultaba difícil descubrir que hubiera estado allí. Una vez dentro, supuso que buscaba alguna prueba que rebatiera sus sospechas. Pero, claro está, se dijo, era como tratar de probar una negación. Aun así, independientemente de lo que Stern hubiera encontrado, David sabía lo que él mismo había encontrado. ¿Cómo podía ya eludir la verdad de lo que Diana había hecho? A su alrededor sintió la casa, fría, muerta, abandonada; al final todo lo que podía proporcionar era una especie de fría comodidad. Estaba a punto de marcharse cuando lo vio: un sobre sobre la mesa del recibidor. La letra era casi ilegible, pero debía decir «Padre». Cuando lo abrió, encontró dentro una nota de Tim, que debía de haber regresado, y se habría vuelto a marchar al comprobar que David no estaba allí. «Debería volver. Tengo que realizar los exámenes. No hemos hablado sobre ello, pero el policía de Cardigan es Wilson, si quieres hablar con él. Creo que habrá una investigación, pero no hasta dentro de un par de semanas.» David se metió la nota en el bolsillo y lo tomó como una señal del camino a seguir. Tim… Diana… todo lo que había ocurrido: todo estaba allí, delante de él. Correr de vuelta al hotel fue como caer de nuevo en el mar. Efectivamente, era otra persona y podía revivirlo otra vez. Nada podía detenerlo. Hacía tiempo que el coche de Stern había desaparecido, pero ¿adónde podía haber ido? A menos que pretendiera introducirse en las profundidades del Gales más agreste, sólo podía haberse dirigido a Cardiff y a Londres. Veinte minutos más tarde, en la A478, halló el pequeño Escort de Stern dirigiéndose a toda velocidad, literalmente, hacia la temprana luz de la aurora.