El dormitorio de Buhler era el lugar donde hallar las respuestas. Separado del de su hermana por el cuarto de baño, estaba en la parte de atrás de la casa y a causa del techo inclinado parecía una especie de buhardilla, cómoda, pero también como una celda, un refugio, un lugar donde descansar. El mobiliario era sencillo, casi institucional (la tosca cama de madera podía haber sido una litera cortada por la mitad), y en el aspecto emocional (luz grisácea cayendo sobre un suelo de madera gris) daba precisamente una impresión de soledad, que es obsesión en una vida comunal, la vida de barracas y dormitorios comunes. ¿Abandonado? Sí, pero no huido de… David tuvo la impresión de que Elsa Buhler no había tocado nada, ni quería hacerlo. Aquella habitación seguía esperando, siempre había estado esperando, ¿una sala de espera para qué? Ignoraba la respuesta, pero eso era lo que sentía: alguien que esperaba, que esperaba el momento oportuno. En el ínterin Buhler había leído, había montones de libros en los estantes, y había coleccionado sellos. Sus álbumes cubrían una pared por debajo de una pequeña mesa que consistía tan sólo en una tabla de madera contrachapada sobre caballetes. Su nombre era Walter Joseph Buhler, o sencillamente Walter Buhler. Estaba claramente escrito en casi todas las guardas de los libros. David los repasó al azar. Unas cuantas novelas y algo de poesía de autores clásicos alemanes, Heine, Mann, Feuchtwanger, Fontane. Unos cuantos extranjeros, Jack London, ¿Por quién doblan las campanas?, Jules Romains. Pero en su mayoría eran libros de consulta, textos sobre varios temas: geografía, geología, aves, puentes, mariposas; todos pulcramente ordenados, como si hubiera realizado cursillos sobre cada uno de los temas, como si hubiera aprendido lo que había en esos libros y rara vez los hubiera vuelto a hojear después. ¿Pero para qué se había preparado con todo aquel estudio? ¿O había sido precisamente un fin en sí mismo, su modo de llenar la espera?
Con tales ideas en la mente David examinó la colección de sellos, que parecía representar en gran medida lo mismo. Recordaba que él también había coleccionado sellos de niño, pero de un modo bastante diferente, puesto que sus álbumes habían sido como libros, con pequeños dibujos de los sellos; uno encontraba el que correspondía al dibujo y lo pegaba encima. Según ese modelo Buhler había sido un auténtico coleccionista, casi un profesional. Sus álbumes eran carpetas ordinarias de tres anillas, pero tenían hojas de plástico especiales y los sellos estaban metidos en pequeños departamentos. Muchos eran de Sudamérica o Centroamérica, también de África, aunque, cuando David los repasó, se dio cuenta de que Buhler no los coleccionaba por países o épocas, sino por temas. Todos los sellos eran de aves o mariposas, de cualquier cosa que volara. En opinión de David esto confirmaba su primera impresión acerca de los pósters. Era una hermosa y colorista colección. Sellos de Costa Rica y Zanzíbar, Venezuela, Perú, Mozambique, algunos triangulares o muy grandes, la mayoría muy vistosos: esmeraldas, monarcas, pavones, entre las mariposas, y las excitantes y brillantes aves: periquitos, guacamayos, cacatúas, papagayos, colibríes, cóndores, águilas. Eran tan ligeros, tan brillantes, tan frivolos, tan contradictorios con el mundo de Buhler, que al final pareció lo más adecuado que fueran ellos quienes lo desvelaran, pues fue la mariposa esmeralda, deslizándose de su página y volando hasta el suelo, la que reveló el secreto. Al agacharse para recogerla, David se percató de que una de las tablas del piso junto al borde de la cama estaba cortada. Era un corte limpio, en un ángulo, por lo que resultaba prácticamente invisible. Pero introdujo la navaja, hizo palanca y la sacó. Bajo la tabla, en el espacio entre el suelo y el techo de la habitación de debajo, había una caja metálica empotrada en el hueco.