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El museo era muy pequeño, como una escuela rural o el vestuario de una playa. No había nadie, pero las luces estaban encendidas. El techo era bajo. Después de un rato David se dio cuenta de que estaba encorvado sin necesidad. Se irguió y empezó a observar alrededor. No había mucho que ver. En todo aquel lugar, pensó, no había gran cosa que ver: espacios vacíos, ausencias, mapas de edificios que ya no estaban allí. No quedaba casi nada. Así que lo que se exhibía no era demasiado espectacular, ni siquiera el crematorio (una vagoneta sobre raíles que iban hasta un viejo horno de hierro colado). La mayor parte de las cosas estaban agrupadas a lo largo de las paredes del edificio. Caminó pausadamente frente a ellas. Una vitrina mostraba una Gummi, palabra que David identificaba con la traducción alemana de goma, pero que en apariencia era también una porra que usaban para golpear a los Stücke, o «desechos», como la SS llamaba a los prisioneros. Otra mostraba un uniforme de prisionero hecho jirones, el típico uniforme de rayas anchas de un ladrón de película muda, con una boina a rayas llamada Mütze. Y en otra más se exhibía un cubo, con el que se mataba a los prisioneros ahogándolos en sus propias heces y orina; aunque el cubo eran tan sólo un viejo cubo oxidado. Otros «objetos de exhibición» era maquetas: de los túneles, de los V-2 que se fabricaban, de los V-2 saliendo del campo en vagones de tren. Y muchos otros eran fotografías: de barracones del campo; de los misiles; de Wernher von Braun, de Von Braun recibiendo una medalla del presidente Eisenhower; y bastantes más de alguien llamado Albert Kuntz, un diputado comunista del Reichstag que había sido asesinado allí; de un guardián de la SS llamado Sander que había sido juzgado por numerosos crímenes y sentenciado a ocho años por los tribunales de Alemania Federal. Todo en un tono muy austero. David no halló botones que apretar, cintas que escuchar o diapositivas que ver, pero impresionaba igual. A medida que se movía por entre aquella modesta exhibición, aprendía todo lo que tenía que saber acerca de Dora.

Qué historia.

Conocía ya una parte, pues la historia de Dora formaba parte de la historia de la tecnología moderna sobre cohetes. Aberporth y China Lake también eran parte de ella. Pero en Alemania los cohetes se remontaban a una época anterior, de hecho a 1927, cuando un grupo de jóvenes entusiastas de la ciencia habían fundado la Sociedad para la Propulsión por Cohete, o VfR (Verein für Raumschiffahrt), y había empezado a construir una serie de pequeños motores para cohetes en Breslau. Eran aficionados, pero los mejores del mundo. En 1930 ya habían lanzado un cohete con un empuje de 7 kilogramos, y sólo dos años más tarde el éxito de su motor Repulsor había atraído la atención de los militares alemanes. El grupo estuvo a punto de separarse por este motivo. Unos cuantos opinaban que su investigación debía ser puramente científica y pacífica, mientras que los otros no eran tan escrupulosos. Quizás al final fuera el dinero lo que precipitó la decisión, ya que en 1932 Alemania estaba en las garras de la depresión y tanto los miembros del VfR como sus recursos financieros menguaban velozmente. Así que fue el «bando de la guerra» el que se llevó el gato al agua. La guerra, después de todo, era tan sólo la continuación de la ciencia por otros medios. Por supuesto, Wernher von Braun era el líder. En el otoño de 1932 empezó a trabajar para la Oficina de Artillería del Ejército bajo el patrocinio de un joven oficial llamado Walter Dornberger, y durante los trece siguientes años aquellos dos hombres dominaron la investigación alemana sobre cohetes. Von Braun era un aristócrata, el hijo de un financiero que había pertenecido al gabinete de Hindenburg, mientras que Dornberger era de origen más modesto. Su padre era farmacéutico y él era oficial de artillería de carrera. Pero ambos eran ingenieros y sus talentos se complementaban a la perfección. Von Braun era uno de esos raros científicos que sabía de política, en especial de política militar, y Dornberger era uno de esos raros soldados que sabían de ciencia. Aunque ellos no hubieran utilizado la frase, el punto de intersección entre la ciencia y lo militar era su comida y su bebida. Pronto convirtieron Alemania en la máxima potencia mundial en cohetes, aunque pocas personas lo supieran. En 1934, un primer ensayo, el A-4, alcanzó una altitud de dos mil metros por encima de la isla de Borkum en el mar del Norte. En 1936 iniciaron la construcción de una importante instalación de pruebas en Peenemünde, un pequeño pueblo de pescadores en la costa del Báltico. Y en 1941, cuando el fracaso de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra convenció finalmente a Hitler de que debía otorgar a sus proyectos prioridad absoluta, estaban listos para construir el cohete realmente grande, que fue conocido como V-2. De casi quince metros de largo y un peso de unas quince toneladas en el despegue, podía alcanzar altitudes de más de ciento setenta kilómetros y velocidades de cinco mil seiscientos kilómetros por hora. En octubre de 1942 había sido probado y disparado con éxito, y a final de año se había ordenado la producción del misil. Inicialmente debía realizarse en dos lugares, en el mismo Peenemünde y en la fábrica de Zeppelin en Friedrichshafen, junto al lago Constanza. El objetivo de los alemanes era alcanzar una producción de 600 misiles al mes en septiembre de 1944, objetivo ambicioso y sin esperanza, pero mucho antes intervinieron los aliados. También esa historia la conocía David, como la mayoría de los chicos de su generación. Era una historia de temerarias misiones de reconocimiento a la luz del día sobre el Báltico en pequeños aviones de combate Mosquito de madera, de misteriosos objetos que mostraron las fotografías tomadas por ellos, una especie de bomba, pero diferente de las bombas que se conocían, y de la deducción final a que había llegado una auténtica heroína, Constance Babington-Smith (papel que llevó a la pantalla… David no se acordaba): que se trataba de cohetes. En cualquier caso, aunque la historia era algo menos melodramática (los británicos sabían desde hacía años que algo se tramaba en Peenemünde), el resultado final no podría haber sido más espectacular. El 17 de agosto de 1943, bombarderos 595 de la RAF dejaron caer 1.800 toneladas de altos explosivos y bombas incendiarias sobre la base, causando graves daños y sin duda dando por concluida la idea de utilizar esa base como centro de producción. Tuvieron que hallar una alternativa y la encontraron. Dos semanas más tarde llegaban los primeros prisioneros a la colina en las montañas Harz, que sería finalmente conocida como Dora: mil doscientos franceses, rusos y polacos que habían sido trasladados desde Buchenwald.

El plan alemán era sencillo. El secreto de Von Braun se había descubierto y cualquier intento de fabricar su arma en instalaciones convencionales sólo conseguiría atraer más incursiones aéreas. Así pues, construyeron una fábrica subterránea, literalmente dentro de una montaña. Se eligió la colina Kohnstein por varias razones. En primer lugar, estaba en las afueras de Nordhausen, y Nordhausen era una importante estación de empalme de ferrocarriles, de modo que los cohetes terminados podían ser fácilmente transportados a los lugares de lanzamiento dentro del radio de alcance de Gran Bretaña, en concreto Londres. En segundo lugar, los alemanes ya habían inspeccionado Kohnstein y sabían que representaba, de forma rudimentaria, lo que ellos querían, ya que originalmente Kohnstein había sido el emplazamiento de una mina de amoníaco, desarrollada en 1917 con un campo de trabajo desde la Primera Guerra Mundial. Se había abandonado en 1934, pero siguiendo el consejo de I. G. Farben (y qué apropiado resultaba, pues Farben suministraba el gas venenoso a Auschwitz), sus túneles y minas se habían convertido en un depósito de almacenaje subterráneo para petróleo, gasolina y otros productos químicos. Todo lo que tenían que hacer entonces los alemanes era ampliar los túneles y… Pero, claro está, no lo hicieron los alemanes, sino los Stücke, y «todo» era el infierno.