Entonces, mientras intentaba concentrar su mente en esas preguntas, se abrió la puerta del museo. Un hombre de edad entró desde la claridad del día. Caminaba con premura y por un instante no reparó en David. Cuando lo vio, pareció sobresaltado.
– Oh, lo siento, ¿es usted de la delegación? -preguntó en alemán. Por algún extraño motivo, David respondió en inglés.
– No, no lo soy. He entrado yo solo. Espero no haber hecho nada incorrecto.
El hombre pasó al inglés.
– Sí, sí, por supuesto, pero ahora estamos oficialmente… por favor, espere un momento. Mi colega habla muy bien inglés.
– No importa… -había dicho David en alemán, pero el hombre ya había salido por la puerta. Un momento más tarde, cuando la puerta se abrió de nuevo, entró un hombre mucho más joven. Sus ensortijados cabellos y su espesa barba eran pelirrojos. Parecía ansioso y al mismo tiempo algo nervioso.
– ¿Sí? ¿Es usted inglés?
– Pero hablo alemán -contestó David en alemán.
– No, por favor. Me gusta hablar inglés. Lo que ocurre es que ahora está cerrado. Estamos aquí todavía debido a la ceremonia.
– Lo siento. No lo sabía.
– No tiene importancia. -Sonrió-. Mire. Mire.
– Es usted muy amable, pero creo que ya lo he visto todo.
El primer hombre sostenía la puerta abierta y David tuvo la impresión de que querían que se fuera, probablemente para poder marcharse ellos también. Pero no querían ofenderlo. Sonriendo, pasó junto a ellos y parpadeó ante la claridad del exterior; después de todo su visita a Dora no le había llevado demasiado tiempo y aún era de día. En la entrada el hombre más joven le sonrió.
– ¿Es usted inglés? ¿De Inglaterra?
– Sí.
El joven asintió, aparentemente complacido. Y fue entonces cuando David preguntó:
– Me preguntaba… ¿no tendrán ustedes registros de los prisioneros, verdad? Me refiero a las personas, los nombres.
– ¿Nombres? -El joven pareció vacilar.
– Exacto. Quería hallar información de un prisionero en particular. De un hombre que estuvo aquí.
El joven pelirrojo empezó a sacudir la cabeza, pero luego se detuvo. «Por favor, un momento», se dio media vuelta y salió corriendo hacia la llama eterna y la estatua, gritando mientras corría. David lo siguió lentamente. La ceremonia había terminado. Los colegiales, vestidos con sus uniformes, bajaban las escaleras, y los adultos, en grupos de dos y de tres, se preparaban para marcharse. Pero el joven rompió uno de esos grupos y le llevó a David uno de los hombres. Era bajo y parecía estar muy en forma, el rostro levemente picado de viruelas y tostado por el sol y el viento. David calculó que andaría por los sesenta. Vestía un buen traje gris sobre un suéter de color azul marino por encima del cual asomaba un blanco cuello y un apretado nudo de corbata. Tenía una expresión curiosa, inquisitiva. Algo en él, su vigor, hizo que David pensara en Joseph Conrad. En realidad, cuando el joven del museo hizo las presentaciones, resultó ser checo y no polaco. Se llamaba Jan Zalenda. Hablaba un inglés correcto.
– Rickert dice que quería saber usted algo sobre un nombre.
– Sí. Quería pedir información sobre Walter Buhler.
Inmediatamente el hombre negó con la cabeza.
– No está aquí.
– ¿Pero fue uno de los prisioneros de Dora?
– Sin duda. Pero hoy no está aquí. Normalmente tendría que estar. Pero no está siquiera en la DDR.
– No comprendo.
– Bueno, es su política, señor Harper. Al llegar a la jubilación, bajo ciertas condiciones, te puedes marchar. Lo vi hace seis meses en Praga, y me dijo que iba a marcharse. Pero normalmente hubiera venido hoy. Es miembro de nuestro grupo.
Rickert, el joven pelirrojo, los miraba y sonreía.
David titubeó.
– Pero Walter Joseph Buhler ¿estuvo definitivamente prisionero aquí?
– Sí. Walter y también su hermano. Su padre estaba en Buchenwald. No salió nunca. Pertenecían a un sindicato, eran ferroviarios. Se llevaron a su padre y luego a él y a su hermano. Su hermano era un hombre capacitado. Y Walter era joven. Tenía mi edad. Yo cumplí los veinte una semana después de que llegaran los americanos.
– Comprendo. Pero ¿y el hermano?
– Johannes. Lo ahorcaron.
– ¿Lo ahorcaron?
– Sí. En el Túnel B. ¿Por qué lo pregunta?
– Sería largo de explicar.
Jan Zelanda se encogió de hombros, aunque no pareció demasiado molesto por la falta de explicaciones. Por el contrario, pareció relajarse.
– Bueno, ellos lo ahorcaron. Yo lo vi. No lo dude. Siempre lo hacían del mismo modo. Cogían un palo de madera, el extremo de un mango o de una escoba, y te lo metían en la boca a modo de cuña para que no te tragaras la lengua o te la arrancaras. Y te ataban. Te ahogabas. Siempre había unos cuantos ahorcamientos, para asustarnos.
– Y… ¿lo ahorcaron sin más? ¿No hubo motivo?
– Pensaban que era de la Resistencia.
– ¿Lo era?
– No -contestó el checo, meneando la cabeza-. Siempre había querido serlo, creo, hacer algo. Sabía que yo lo era. Pero no podía a causa de Walter. Hubiera sido demasiado fácil para la SS apretarle los tornillos, ¿comprende? Hubieran amenazado con matar a Walter…
– Sí, ya comprendo.
Pensativamente, el checo asintió. David se dio cuenta de que estaba mareado. Se preguntó si no estaría enfermo. Pero entonces el checo prosiguió:
– Además, Vogel dio su nombre.
Vogel. Así pues, ahí estaba, la relación. Pero David mantuvo un tono imperturbable para preguntar:
– ¿Quién era Vogel?
– ¿Conoce la historia de los campos, señor Harper? Había una Resistencia, muchas Resistencias. Cada nación tenía la suya. Los franceses eran muy importantes. Como nosotros los checos. Había una Resistencia rusa, otra de los polacos… Cada nación tenía su grupo. Pero también había una cierta coordinación. El centro de todo estaba en la enfermería. Estaba allí abajo. No era en realidad una enfermería, pero era el lugar al que iban los «musulmanes», así es como llamábamos a los pacientes, los que estaban demasiado exhaustos para trabajar; estaban rogándole a Alá para que los liberara. En cualquier caso, el médico tenía una radio, que algunos de nosotros podíamos escuchar, y propagábamos las noticias. Así que era muy importante, y la SS y la Gestapo estaban siempre intentando meter en la enfermería a confidentes y agentes provocadores. De alguna manera, cogieron a Vogel y lo torturaron.
– ¿Así que él trabajaba en la enfermería?
– En efecto. Como una especie de enfermero y estaba a cargo de ciertos registros. Eso lo convertía en alguien importante, puesto que significaba que tenía cierta libertad… ¿de movimiento? ¿Se dice así?
– Sí.
Asintió. Luego se encogió de hombros.
– Pero lo cogieron. No sé cómo. Lo apalearon con sus Gummis. Luego, una mañana, al pasar revista, estábamos todos ahí abajo, formados sin la gorra, con nuestra cabeza de «hurones», y los SS pasearon a Vogel por las filas y él señaló a los «líderes de la Resistencia».
– No comprendo. Señaló al hermano de Buhler, y usted acaba de decir que él no era de la Resistencia.
– Oh, sí. Eso era cierto. Vogel escogió a nueve hombres al azar, cada uno de los cuales fue colgado por los SS, y ni uno solo pertenecía a la Resistencia. Los SS no lo sabían, pero la Resistencia seguía intacta.
David guardó silencio unos instantes. Estaba horrorizado. Mientras permanecía allí callado, el checo extendió la mano y le tocó el codo, dirigiéndolo escaleras abajo. También él quería marcharse. Empezaron a bajar la colina en dirección a la antigua Appellplatz, que caía ahora bajo la sombra de la colina.