– No irás a llamarlo.
De hecho, durante unos instantes, eso es lo que había pensado hacer. Pero sacudió la cabeza negando.
– No, sospecho que soy la última persona a la que querrían ver llegado este punto.
– Sí, a las burocracias no les gusta admitir los errores, ¿verdad?
– Exactamente.
– ¿Qué hacemos entonces?
– Sigo queriendo hablar con Tannis. La cuestión es si va a volver aquí.
– ¿Sabes?, no tiene por qué hacerlo. ¿No has oído un par de pitidos? Mira la caja, David. Es como el mío. Tiene un busca, puede llamar desde cualquier teléfono para oír los mensajes del contestador.
– Bueno, eso podría servirnos. Él llama, empieza a rebobinar la cinta, yo cojo el auricular y hablo con él. Todo lo que tenemos que hacer es esperar a que llame.
Era la solución más sencilla y probablemente hubiera funcionado, pero no llegaron a comprobarlo.
Ya eran las siete. No habían comido desde la mañana, así que, a pesar de que resultaba bastante extraño actuar como si estuvieran en su casa, Anne calentó una lata de sopa y se la comieron en la sala de estar, sentados en medio del suelo con las luces apagadas, puesto que una luz se hubiera visto en varios kilómetros a la redonda. Anne estaba silenciosa. Tenía miedo de la oscura casa, del desierto, de lo que estaba ocurriendo. Lo más aterrador de todo era darse cuenta de que no tenían ningún sitio al que acudir en busca de ayuda. Ahora que él había decidido lo contrario, Anne comprendió cuánto había deseado que David fuera a la policía, que una solución «razonable» se presentara por sí sola, que con unos pocos hechos adicionales y unas discusiones racionales se reinstaurara la «normalidad». Pero ahora sabía que era imposible; cierto matiz en la voz de Matheson, su tono desenfadado, habían acabado por convencerla. Matheson iba a hacer su trabajo. No tenía interés por conseguir soluciones, ni por David, su única preocupación consistía en preservar la «normalidad» misma, la del tipo que suponía que personas como David no podían existir. Así que la policía, la autoridad, «otras personas», no les ayudarían.
También comprendía en ese momento que para David todo aquello era muy importante. «Fingía» creer en los demás, podía representar su papel con absoluta perfección, pero en realidad no creía ni lo más mínimo. No podía. Era demasiado peligroso. Pero creía en ella. ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué la había elegido a ella? Formuló estas preguntas en su mente, pero no insistió en ellas, porque sabía, se decía a sí misma, que estaba empezando a comprender la profundidad de su confianza en él. «Ahora empiezas a creerte todo esto, ¿no es cierto?» El tono de David había sido despreocupado, ¿o era eso lo que pensaba? No, no quería decir eso, pero había cierta verdad en sus palabras. Cada día era como una nueva confirmación de él en su mente. Entonces comprendió adónde la conducían sus pensamientos. «Le quiero más que a Axel», reflexionó. Hasta entonces no hubiera podido soportar hacer la comparación, pero ahora sí: «Le quiero más a él.» Y luego pensó en Derek. «Oh, a él le quiero mucho también.»
No obstante, no dijo nada, y David tampoco adivinó lo que ella estaba pensando, su mente estaba ocupada en miedos e ideas más inmediatos. Aún meditaba acerca de Tannis y el contestador automático. Habían sacado únicamente la conclusión obvia: Tannis quería mantener una cierta conexión con su casa, al menos con el teléfono. «Pero podría ir más lejos», pensó. Tannis había comprado el contestador recientemente porque quería grabar mensajes, pero también porque estaba esperando uno. ¿De quién? Matheson… el FBI… David no lo creía; Tannis podía llamarlos siempre que quisiera. No, cuanto más pensaba en ello, más seguro estaba de que Tannis esperaba una llamada de Vogel. Ése era el mensaje que no se quería perder. Pero esa conclusión tenía un aspecto alarmante. En el momento en que había entrado en la casa, había tenido el presentimiento de que Tannis había abandonado el lugar, y ahora estaba convencido de que se había ido por temor a Vogel. David comprendía el porqué. Era un lugar muy aislado y totalmente al descubierto. Por eso había insistido en mantener las luces apagadas. Ni siquiera cuando recogió los platos de sopa y los llevó a la cocina encendió las luces. Los lavó en la oscuridad («Si vamos a mudarnos aquí, deberíamos comportarnos como buenos invitados») y durante todo el tiempo no le quitaba el ojo a la ventana, puesto que la cocina era la habitación que tenía mejor vista de la carretera, de la que se veían varios kilómetros, así que había estado siguiendo las luces de un coche durante varios minutos cuando se dio cuenta de que aminoraba la marcha. Aminoraba la marcha justo al girar para tomar el camino de entrada a la casa.
– Anne. Ven. Rápido.
El miedo saltaba en su pecho cuando el coche giró, pero en realidad no giraba como él había pensado. El coche (aunque no era un coche, sino una furgoneta) dio una vuelta en U y luego se detuvo. Cuando Anne entró en la cocina y una figura se movió por entre el haz de luz de los faros, se percató súbitamente de lo que ocurría.
– ¿Qué pasa?
– El correo. Por Dios, no había pensado en eso. Mira, tendremos que salir…
– ¿Es Tannis?
En realidad, al ver pasar la sombra delante de los faros no había creído que fuera Tannis; la figura parecía demasiado esbelta y delgada. En realidad había pensado en Tim porque el movimiento había tenido algo de juvenil, pero no podía ser y dijo:
– No lo sé. Quizá. Pero podría ser Vogel. Anne, quiero que tú… -Quería que ambos salieran de la casa; no quería verse atrapado allí. Después de todo Vogel podía matarlos. Había matado a Buhler, había matado a la mujer en Alemania. Pero mientras hablaba se dio cuenta de que la furgoneta, en lugar de acercarse a la casa, retomaba su camino anterior y volvía a la autopista.
– No pasa nada -dijo Anne.
Los sentimientos de David cambiaron de repente y por completo.
– Sí, sí que pasa. Si ése era Tannis… fuera quien fuese, vamos a seguirlo. Mira, sal y pon el coche en marcha.
Y es que David no llevaba puestos los zapatos; estaban en la sala de estar. Lo que tenía de gracioso esta escena lo alivió; consiguió tranquilizarlo. Finalmente, con los cordones de los zapatos aún por anudar, salió corriendo de la casa y se metió en el asiento de pasajero. Anne condujo por el largo y empinado camino de asfalto que rodeaba el cañón. Probablemente representaba un kilómetro y medio. Pero no tardaron en alcanzar a la furgoneta. Cuando bajaron la colina vieron sus luces traseras moviéndose por la autopista. Y aunque lo perdieron al descender aún más, sólo fue un momento, hasta que Anne pisó el acelerador y volvieron a captar las luces. Era una buena conductora.
Había pocos coches en la carretera, unas luces tan sólo, muy atrás, y todavía no era noche cerrada, de modo que no tenía que enfrentarse con esa desconcertante vaciedad del desierto, el negro de la carretera fundiéndose con la noche del desierto, la sensación, al girar una curva, de que uno se adentra en la nada. Además, la furgoneta no iba demasiado rápido. Desde luego, no daba la menor impresión de querer huir de nada. Así que, manteniéndose a distancia, evitando que sus luces se vieran reflejadas en el retrovisor de la furgoneta, la siguieron hacia el norte y hacia el este, a lo largo de la carretera 14, mientras el día moría detrás de ellos y su sombra corría por delante. Después la furgoneta giró y David vio, extendiéndose en la caída de la noche, las luces de Ridgecrest, aunque todo lo que él pensaba era «China Lake», y cuando Anne lo miró, negó con la cabeza.
– No, no recuerdo nada en absoluto. Era mucho más pequeño. Mira eso. -A su derecha vieron una larga cuesta no demasiado alta toda ella iluminada, como una especie de Vía Láctea… y también había muchos más coches, coches del desierto, furgonetas de reparto, sueños del Oeste: bruñidos tubos de escape, hileras de luces en el techo de los taxis, grandes ruedas de aleación de magnesio y melodiosas bocinas.