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Para.» No lo dijo, pero lo pensó con toda claridad. Sin embargo, David siguió apretando hacia atrás y hacia abajo. A ella no le gustaba. No, no le gustaba. Suavemente la besó. Pero era doloroso que a una la doblaran tanto. O quizá no era exactamente dolor. Estaba sufriendo… una imposición. Sí, estaba enfadada. La estaba forzando. Quería gritar. Pero cuando empezó a gritar se ahogó, o al menos se produjo una oclusión en su garganta y durante unos segundos creyó que no podía respirar. Tenía náuseas. Empezó a entrarle pánico. Tensaba las piernas haciendo fuerza hacia delante para rechazar a David, pero no podía gritar, aunque quería, y no le dijo en realidad que parara. ¿Sabía él lo que le estaba haciendo? Quizá no. Pero él hizo exactamente lo que era necesario, pues se apretó aún más hacia delante, haciendo que ella se doblara aún más (tenía las piernas tan abiertas hacia atrás que que creyó que iba a partirse, que de su cuerpo manaría alguna terrible porquería. Entonces, apretando la cara contra su mejilla, él bajó las manos y le acarició el culo muy suavemente. Y el tacto de sus manos fue mágico. Sencillamente no podía resistir la deliciosa caricia de sus manos. Esa caricia se metió dentro de ella, desde el ano, pasando por el estómago, hasta los pechos. Y la ira salió de su interior, y el dolor, como si el dolor fuera en realidad la ira encerrada en su interior, allá abajo, justo en sus caderas. Al darse cuenta, sobresaltada, tomó aire (bien, se percató de que en realidad había estado conteniendo la respiración durante todo ese tiempo) y sin el más mínimo esfuerzo, por sí sola, echó las piernas hacia atrás aún más y sintió que estaba hinchada y abierta para él, tan abierta como los labios de su boca. Lo aspiró. Era muy agradable. Lo amaba. Sintió una loca felicidad que no acabó de comprender. Era muy agradable, ¿pero por qué tan loco? Jadeó cuando le metió la polla. Lentamente empezó a follarla y fue como un juego, porque parecía follarla siguiendo el ritmo de su respiración, dentro y fuera al tiempo que ella respiraba. Entonces ella echó la cabeza hacia atrás porque ya no sentía la luz alrededor de la ventana más allá del hombro de David. Estaba en una penumbra fría y tranquila. Con asombrosa claridad, tanta que podría haberse preguntado si su cerebro no estaría todavía bajo los efectos de la droga, vio la imagen de las manos de su padre. Era extraordinario. Eran manos grandes, fuertes, bastas, morenas; gordezuelas y fuertes. Estaba mirando los pulgares, la gran base con el corto y encorvado dedo encima. Miraba sus manos apretadas, pero desde el lado de las palmas, por así decirlo. Y en alguna parte de su mente sabía exactamente lo que era esta imagen: ella estaba en el columpio del jardín y su padre sujetaba las cuerdas para darle impulso. Aquel polvo era como estar en el columpio. Él la empujaba más deprisa cada vez y sus piernas también se movían, dándose impulso, y luego se inclinaba hacia atrás y todo su cuerpo la elevaba aún a mayor altura. Hasta que aparecía el miedo, justo en el centro de su cuerpo, en el seno de su estómago, y estaba a punto de gritar de terror. Pero naturalmente no estaba asustada en realidad. Abrió los ojos. Y sus manos no estaban en las cuerdas del columpio, sino en los hombros de David. Descendieron por su espalda hasta llegar abajo y se apretó contra él y se corrió, tan fácilmente como un beso en la mejilla.

Eso fue lo que hizo que ocurriera. La droga, el sexo. El despertarse y el dormirse, el dormirse y el despertarse. Pero ella seguía sin tener ni idea. Eso, la idea, no llegó hasta más tarde, hasta…

Se había despertado de nuevo, pero David seguía durmiendo. No había oído ningún sonido procedente del dormitorio de Marianne, así que había vuelto a envolverse en la manta y había vuelto a salir ella sola. Aún estaba medio dormida. Había notado mucho calor, pero había una espita de agua a un extremo del remolque y se había lavado; después también había lavado la blusa y las bragas, porque estaban demasiado sucias para poder ponérselas. Por fin, mientras buscaba un sitio donde tenderlas a secar, había divisado las dos grandes rocas que se alzaban sobre la depresión en la que estaba el remolque. Y había caminado hacia allí.

Había mirado en derredor. No pensaba en nada especial. No había nada que ver salvo rocas y creosota, creosota y rocas, calor y vacío. Sabía que no podía verla nadie. Puso un par de cantos sobre la ropa para que no se la llevara el viento y se tendió sobre una de las rocas. Abrió la manta y se ofreció al sol. Bueno, ¿por qué no, si no había nadie que la viera? Cerró los ojos y dejó la mente vagar a su antojo. «Te ha follado bien follada, ahora puedes freírte.» Sonrió. Sentía que su cuerpo absorbía el calor de la roca que tenía debajo y el sol que tenía encima. Salvador Dalí, Georgia O'Keeffe. Blancas calaveras. Relojes fundiéndose bajo el calor. Hora de chocolate. Aquellos colores.

No pensaba en nada especial. Pero después de un rato empezó a preguntarse si podía estar embarazada sabiendo que no quería estarlo, no, definitivamente no, ya había pasado por eso, y empezó a contar los días desde su último periodo. ¿Cuántos días hacía?… pero al final resultó ser un esfuerzo demasiado grande y lo dejó correr. Sólo que entonces se le ocurrió algo que, en apariencia, surgía del azul, justo cuando su mente se perdía a la deriva, de hecho en el momento en que cerró los ojos, cambió el azul del cielo por un oscuro pálpito de oscuridad que luego se transformó, tras sus párpados, en un movedizo pedazo de amarillo. Y era bastante extraño. Había una especie de ausencia en su mente, como si hubiera olvidado algo. Pero unida a esa sensación había un estado peculiar de alerta, como si tuviera que estar al acecho de algo… lo había olvidado, o eso suponía ella. Pero lo que se le ocurrió fue el pensamiento de que el sexo no tenía nada que ver con quedarse embarazada en cualquier caso. Lo pensó, pero no comprendió totalmente lo que significaba. Tuvo que pensar en ello de nuevo y se refería al sentido del sexo, a que la razón por la que un hombre y una mujer se unían de esa manera en particular no era el embarazo, sino el orgasmo. Físicamente, incluso biológicamente, ésa era la razón. El sexo se practicaba para correrse, no para tener niños. Los niños eran un aspecto secundario, sobre todo considerados según el punto de vista del método. La reproducción podía conseguirse por muchos medios (división celular, época de celo, o lo que fuera), pero tal como lo hacemos los humanos, uno se corría, y eso era lo más importante. Anne lo comprendió claramente, pero al mismo tiempo se quedó bastante sorprendida. No era el tipo de cosas en las que solía pensar. Además, no estaba segura de si su pensamiento era original o completamente banal, aunque después de considerarlo, supuso que la mayoría de la gente lo vería al revés. El objetivo del sexo era el embarazo. El orgasmo era una recompensa, un premio. Un soborno. Un aliciente para follar como conejos con el fin de reproducirse como ellos. Pero eso no era cierto ni siquiera biológicamente. El sentido del método por el cual nos reproducíamos era el orgasmo, sentirse así, tener esa cálida y agradable sensación por todo el cuerpo, una especie de descanso, como si uno se despertara después de un sueño especialmente profundo. No obstante, con los ojos aún cerrados, frunció levemente el ceño. ¿Estaba en realidad de acuerdo con esto? Olía a sangre, a mística, a algo en lo que D. H. Lawrence hubiera podido pensar, y a ella nunca le había gustado Lawrence; recelaba de cualquier tipo de filosofía que tuviera al cuerpo, a la biología, como centro. Por otro lado, era cierto. Lo sabía. Algo le había ocurrido con David. Ahora era diferente. Y en esa diferencia radicaba todo. El sexo, cualquiera que fuera el modo en que había empezado, había evolucionado hasta convertirse en eso, no en un modo de tener hijos, sino de rehacernos a nosotros mismos. ¿Sí? ¿No era ésa la verdadera ventaja que teníamos sobre los animales? Entonces un recuerdo inundó su mente, nunca estaría segura de si habría sido a modo de sanción de toda aquella línea de pensamiento. Qué joven había sido, tan joven como el mundo es viejo, pero lo veía todo muy claro. Era muy sencillo. Su padre la sostenía. Ella estaba en sus brazos. Las manos de su padre la sujetaban. Podía ver el rostro de su padre, la curva de su mejilla. Podía oler a su padre, allí en California, podía oler a su padre. Y luego su madre se había inclinado sobre ella, con ojos sonrientes, y la había besado en la mejilla, y ella había sabido que era su padre quien la sostenía en lugar de su madre.