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David estaba fuera cuando empezaron los gritos y, por el modo en que se desarrollaron las cosas, no tuvo demasiado que ver en ello. Lo cual resultaba perfecto porque, aunque él no lo sabía, su experimento había sido un éxito y todo lo que tenía que hacer era anotar los resultados.

Eran entonces más de las diez. Al despertarse se había sentido descansado, relajado, y había supuesto que Anne estaría fuera. Así que había ido en su busca y luego, como la primera vez que se había levantado, había llenado el cubo de la noche anterior con agua fresca y se había sumergido en él. Buscó a Anne por detrás del remolque y justamente volvía a la puerta de delante cuando empezó. Gritos de terror. Gritos de desesperación. Gritos de la más asustada niña del mundo.

Se quedó paralizado, pero luego echó a correr, aunque se había dado cuenta enseguida de que no era la voz de Anne. Pero descubrió entonces que se las había apañado para cerrar la puerta tras de sí y cuando consiguió abrirla a empellones, entrar y llegar al dormitorio, ya casi había concluido. Anne estaba sobre la cama, sosteniendo a Marianne, cuyos gritos se habían convertido en ahogados sollozos. Jadeaba como alguien que hubiera estado corriendo durante kilómetros y le faltara el aire. Al principio David pensó que era a causa del peyote, de un mal viaje, el peor de los viajes posibles, pero Anne trató de explicárselo, sosteniendo a la mujer, acunándola, alzando la voz por encima de sus sollozos.

– Lo he descubierto, David. Vogel es el padre de su hija y ella cree que Vogel también es su padre. ¿Comprendes? Pero no lo es. No puede serlo, ella es la niña del caballo, en la foto. Mira la foto de su hija y podrás ver…

– Es mi padre -repetía Marianne entre jadeos-. Es mi padre, mi padre…

Siguió y siguió y Anne trató de calmarla.

– Es tu padre, de acuerdo, es tu padre… ¿Ves? El otro hombre no lo es, ¿no comprendes? El padre de Anna… Ése no es.

– Pero él me llevó. Me llevó con él. Fue él quien lo hizo. Y tú estabas allí, estoy segura, porque tu voz…

Anne sacudió la cabeza mirando a David.

– No lo comprendo. No deja de repetir lo de mi voz. Eso es lo que la asustó, tan pronto como he intentado hablar con ella… Por algún motivo al despertarse y oír mi voz se ha puesto frenética.

Pero entonces David lo comprendió. Si hasta ese momento había estado actuando indirectamente, ahora contribuyó con un presentimiento crucial, particular. Estaba de rodillas junto a la cama. Extendió el brazo y obligó a Marianne a darse la vuelta para que pudiera verlo a él.

– Trata de recordar. No es la voz de Anne, ¿comprendes?, es su acento. Escucha. Tiene acento inglés. Había una mujer con acento inglés cuando aquel hombre te llevó consigo, pero era una persona diferente, mi mujer, creo. Su nombre era Diana. Alquilaba caballos a tu padre. Alquiler de caballos. ¿Recuerdas?

– Pero mi padre no me llevó consigo.

– Eso es cierto.

– No volvió. Yo era una niña pequeña.

David lo comprendió entonces con toda claridad. Asintió y dijo:

– Es verdad, tu padre no volvió y el otro hombre vino a buscarte. Y mi mujer lo vio, la mujer con acento inglés. Le contó a ella alguna historia y te llevó consigo. Luego fingió ser tu padre, ¿verdad? ¿Y se casó contigo cuando fuiste mayor y tú tuviste una niña?

– Sí, Anna. Él tiene a Anna.

– Sí, tiene a Anna. Pero, ¿comprendes?, no es tu padre en absoluto. Nunca fue tu padre. Era una persona diferente. Tu verdadero padre no volvió. ¿Entiendes? ¿Sabes dónde está tu padre? ¿Tu auténtico padre?

– No… No. Sólo sé que no volvió, aquel día.

– Pero sabes dónde está Vogel, ¿verdad?, con tu hija.

Ella asintió y David se echó hacia atrás sobre los talones. Ella sabía dónde estaba Vogel, pero en realidad aquel hombre no era Vogel. Vogel, su auténtico padre, había desaparecido años atrás, no había vuelto nunca. Alguien había usurpado su identidad, incluso su papel de padre. Y Diana había sido testigo, desde el primer momento. Diana había devuelto el caballo, tal y como había explicado en su carta, pero Vogel no estaba allí. Su hija estaba nerviosa, asustada, así que ella se había quedado a esperar: «Hice dibujos para ella, tratando de calmarla, le hice un retrato, ella me contó historias e hicimos libros ilustrados, y por fin llegó otro hombre, sucio, quiero decir con las manos y la cara sucias, exhausto.» Y esa otra persona se había llevado a la niña y a partir de entonces había fingido, durante todos aquellos años, que era el padre de la niña, sellando el secreto entre ambos mediante una horrible seducción. ¿Quién era ese hombre? Ahora David estaba casi seguro de la respuesta: Stern, sin duda tenía que ser él, que no había trabajado para Hughes Aircraft, sino justo allí en China Lake. Stern se había convertido en Vogel, tal como Buhler había descubierto. Porque Buhler había conocido al verdadero Vogel en Dora. Había descubierto el cambio. Ahí era donde debía de haber empezado todo. Buhler había llegado buscando a Vogel, pero había encontrado a Stern en su lugar, y a Stern le había entrado el pánico y había llamado a Tannis… ¿Por qué?… Porque…

– ¿David? -Anne abrazaba a la mujer, meciéndola en su silencio lleno de lágrimas-. ¿Qué vamos a hacer?

David se inclinó y la besó. Luego se encaró con Marianne.

– Tranquila -susurró-. Descansa un rato. Luego nos llevarás hasta Anna. ¿De acuerdo?

– Está con él.

– Eso es -asintió él-. Sé que está con él. Iremos todos juntos a buscarlo. Tú nos enseñarás dónde.

Tercera parte – El telescopio de Cassegrain

El desarrollo que este AAM completamente israelí, creado por la Autoridad para el Desarrollo Armamentístico Rafael a partir de los primeros Sidewinders, se inició en 1961. Al llegar a 1965 el Shafrir había superado en muchos aspectos al misil americano. Muchos detalles son aún materia reservada, pero es evidente que todos los modelos tienen un sistema óptico de Cassegrain tras una gran cabeza hemisférica, planos de deriva neumáticos y alas fijas colocadas en línea que contienen rodillos empotrados similares a los del Sidewinder.

Bill Gunston, Misiles aéreos modernos: guía ilustrada

18

De rodillas, Tannis se inclinó hacia delante y se echó el agua fría y clara del manantial sobre el rostro. Se lamió los labios. El agua era tan pura que era totalmente insípida. Pero tenía un efecto maravilloso sobre su piel. También allí, a la sombra de las altas rocas, hacía mucho calor.

Las gotas que chorreaban de su cara ondularon la superficie del estanque, pero en unos segundos volvió a alisarse. Al mirar su imagen reflejada en el agua, Tannis llegó a ver el fondo, que estaba formado por una gran roca gris tan suavemente curvada como una lente, pero agrietada en el centro; por allí donde brotaba el manantial. Había una pequeña corriente, un temblor que reflejaba la luz, pero la superficie estaba totalmente tranquila y todo se veía con total claridad. Justo entonces, mientras estaba mirando, apareció la imagen de otro rostro, el del hijo de Harper (que se inclinaba también para beber) y tan pronto como lo vio, Tannis lo supo. «Verte a ti mismo tal y como te ven los demás.» Durante unos instantes su respiración quedó suspendida entre el horror y el asombro y luego, al soltar el aire, agitó la tranquila superficie del estanque y brevemente ocultó la verdad. Pero no había la menor duda. El agua se calmó, la brillante imagen del muchacho se mezcló con la suya propia y fue su propio rostro con el aspecto que había tenido cuarenta o cincuenta años antes. Sus ojos. Su boca. Incluso su expresión. Sólo faltaba su vida grabada en él.