– ¿No pretenderá que me vuelva a Inglaterra?
– No, ¿pero qué me dices de Los Ángeles? Un buen hotel. O uno de los moteles de Ridgecrest.
– «Mo-teles.» Me gusta.
– Pero no es una broma. Las cosas se van a poner difíciles. No quiero insultarte ni a ti ni a tu inteligencia. ¿Comprendes lo que digo? Se necesitaban redaños para venir hasta aquí, para pensar en venir hasta aquí. Lo agradezco. Y no te ha causado ningún mal. Una dosis del mundo real nunca viene mal. Deja la universidad. Ahora puedes hacer algo útil, como llevar un restaurante o vender cintas de vídeo.
Tim rió.
– No estoy seguro de adónde quiere ir a parar.
– Lo que quiero decir es que no querrás salvar a tu padre matándote a ti mismo.
– No estoy seguro de que viniera aquí por eso… por salvar a mi padre.
– Podría llevarte el resto de tu vida averiguar por qué viniste aquí. Pero déjame que te advierta de antemano que al final la respuesta será absolutamente egoísta.
– Ahora todo es diferente.
– De acuerdo. Y para ti está bien. Pero yo no tengo tiempo para eso. Para mí, en cierto modo, eso es algo serio.
– ¿Qué quiere decir?
– Ha llegado el momento. Voy a hacer mi movimiento.
Tim vaciló. Tenía sus propias preguntas, después de todo. ¿Por qué había ido allí? ¿Qué quería hacer? Desde lo de Aberporth, desde que David le había contado la verdad, había tenido que corregir drásticamente el punto de vista que había gobernado su vida. Siempre había sido consciente de que no sabía… la verdad, un secreto, algo. Había estado implícito, casi aceptado tácitamente entre su madre y él. De niño había esperado siempre una revelación; descubriría que su padre no había perecido en un naufragio al final, sino que había sido enviado a Australia como convicto, donde había muerto dejando una inmensa fortuna… Sin embargo ése era el problema. Sus fantasías habían tenido invariablemente un final feliz, mientras que aquello parecía mucho más complejo. No podía culpar a su padre, en cualquier caso no lo culpaba como lo había hecho en el pasado. Pero tampoco podía exonerarlo por completo. ¿Realmente no había tenido más opción que abandonarlos a ellos? Además, la verdad sólo planteaba más preguntas, sobre todo acerca de su madre, precisamente porque había sabido la verdad desde el principio. ¿Por qué, por ejemplo, no le había contado ella misma la verdad? No obstante, pensó, ahora había dejado claro un punto, algo que no había comprendido hasta que había mirado hacia el remolque esa mañana. Su padre y la mujer. Estaban juntos, era obvio. ¿Escandaloso? Pero también distanciador. Eso era lo que había comprendido. Su padre con una mujer que no era su madre. Había hecho que David pareciera más un individuo con una vida propia que continuaba. Su padre había seguido su camino. Todo lo que le había ocurrido estaba convirtiéndose en pasado. Tim se daba cuenta de que él aún vivía en ese pasado, cosa que, en realidad, aclaraba el pequeño misterio de su comportamiento, la razón por la que había acudido a Tannis en lugar de su padre. Había consideraciones de tipo práctico, claro está. David había desaparecido, mientras que tenía un número de teléfono, con un prefijo de California, de Tannis. Pero además se daba cuenta de que había reconocido en el americano una relación con el pasado que era mucho más semejante a la suya propia, así como preguntas similares que aún estaban por contestar. Miró a Tannis.
– ¿Cree que voy a irme a un motel?
– Sólo quiero asegurarme de que sabes lo que estás haciendo.
– Pensaba que lo que estábamos haciendo era esperar a que Vogel fuera hasta su hija… o a que su hija fuera hasta él.
Tannis asintió.
– Pero tu padre ha hecho que cambiara. Allí abajo ha ocurrido algo. Él sabe algo que yo ignoro. No sé qué demonios sabe, pero sabe algo.
– Quizá deberíamos preguntárselo a él.
– No, no. Estamos en un western como antes has dicho. Así que dejemos que él juegue su mano. Él no lo sabe, pero nosotros somos su as en la manga.
– «Nosotros». Ha dicho «nosotros».
– ¿Estás seguro?
– Sí.
Tannis no sabía si ésa era la respuesta que había buscado, pero si no se llevaba al chico, ¿qué demonios iba a hacer con él?
– De acuerdo -anunció-. Pongámonos en marcha.
– ¿Ahora? Acaba de decir que sólo un idiota saldría al desierto a esta hora del día.
– Sí, bueno. Yo soy un perro loco y tú eres inglés. Vamos a tomar un poco de ese sol del mediodía.
Era poco después del mediodía cuando se marcharon.
Tannis se dijo que el chico realmente valía. No hacía preguntas estúpidas y también trabajaba rápido, empaquetando algo de comer, borrando sus huellas y llevando la camioneta todo lo lejos que era posible. Finalmente, solo, había llenado de agua las jarras, jarras de plástico para la leche vacías, y había ayudado a atárselas a Príncipe, el mulo. El mulo, sin embargo, constituía un pequeño problema. Lejos de sus lugares predilectos se había mostrado proverbialmente tozudo. Y el único camino que iba a sacarlos de su agujero, su única desventaja, los dejaba al descubierto durante un rato, ya que tenían que bajar rodeando las colinas y alejándose de ellas, por lo que serían visibles incluso desde la carretera. Así que Tannis no quería perder tiempo y envió a Tim a comprobar que no había moros en la costa.
– Tú has dicho que esto era un western, así que baja ahí y hazme señales.
Tim cogió la tapa de unas de las jarras para utilizarla como espejo y unos diez minutos más tarde Tannis vio el destello e incitó a Príncipe a moverse. Se movió; quizá se había sentido encerrado en el fondo del cauce seco, porque se había mostrado casi complaciente al ponerse en marcha titubeante. Tannis excitó su nervio golpeándolo para que se pusiera al trote. El mulo obedeció, pero con una especie de movimiento espasmódico, irritado, como si quisiera decir «Oye, no fuerces tu suerte». Con mayor rapidez de la que hubiera esperado, alcanzaron las colinas de nuevo y se pusieron a cubierto tras una enorme roca, donde esperaron a que Tim llegara hasta ellos. Su paseo de no más de ochocientos metros le había dejado empapado en sudor.
Encaramado en el mulo, Tannis lo miró.
– Vas a pasarlas moradas con este calor. Si quieres volver, sólo tienes que decirlo. -Se preguntó mientras pronunciaba estas palabras por qué seguía ofreciéndole al chico una segunda oportunidad, sobre todo teniendo en cuenta que sabía que no iba a aceptarla.
Tim se dobló sobre sí mismo jadeando. Alzó la cabeza.
– ¿Por dónde? -Señaló con el dedo-. ¿Por allí arriba?
Como hombre de la Marina que era, Tannis era reacio a depositar una fe excesiva en el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, pero desde su último viaje se había equipado con mapas y había trazado un esbozo de ruta. Ahora la señaló con un gesto de la mano. En esencia se trataba de recorrer tres largas pendientes o desfiladeros que subían por entre el confuso mar de rocas de la ladera de la montaña. Uno de los desfiladeros era más alto que el otro y cada uno se extendía más hacia el norte, como las rayas cruzadas sobre los palotes en el muro de la celda de una prisión para tachar tres días. Claro está que en la práctica no fue tan sencillo. Tim no tenía ni idea de adónde se dirigían y Tannis se contentaba con un «más o menos». Sus «pendientes» no eran senderos, sino meramente líneas de menor resistencia, trazados apenas perceptibles en el caos de rocas y piedra erosionada. Además, al final de cada uno de esos tramos se enfrentaron con el problema de cómo subir hasta el siguiente, lo cual supuso tener que realizar dos brutales escaladas, subiendo directamente por la cara de la colina. En la primera los vaqueros de Tim quedaron hechos jirones, la segunda dejó una fea herida por encima de la rodilla de Príncipe. El calor era espantoso. El sol quemaba. No había sombra alguna. Tim no hubiera creído nunca que pudiera sudar tanto y beber tanto. Y cuanto más subían, más cegadora era la luz. La negra roca la absorbía y les quemaba las manos, basalto áspero como escoria, obsidiana afilada como cristal. Sin embargo, una vez puestos en camino, no quedaba más remedio que seguir adelante. Una mirada hacia atrás le daba valor incluso a Príncipe, que además, cuando el último trazo del mapa de Tannis los llevó más cerca de la cima (estaban a unos ciento ochenta metros por debajo), los ayudó. Habían llegado a un lugar en el que tres grandes cantos rodados, como bombas que se hubieran negado a explotar, creaban un alto escudo de protección.