Lastimada por la bajeza de Susan, Sally Carstairs hizo silencio. No era justo que Susan le tuviese antipatía a Michelle solo porque era adoptada, pero Sally no sabía con seguridad qué decir. Al fin y al cabo había conocido a Susan Peterson durante toda su vida, y apenas empezaba a conocer a Michelle. "Bueno" decidió Sally, "no diré nada. Pero tampoco dejaré de ser amiga de Michelle."
June terminó su merienda y dejó los platos en el fregadero. Por el momento dejaría la cocina y procuraría terminar de bosquejar el paisaje marino.
Salió de la casa, rumbo hacia el estudio, y se encontró mirando hacia el norte y pensando lo que le había dicho Constance Benson esa mañana. Y entonces se le ocurrió algo.
Si Constance Benson estaba preocupada por la posibilidad de que esa parte del risco se derrumbara en el mar, ¿por qué no había dicho a June que mantuviera a Michelle alejada también de la playa? Y ¿por qué no mantenía a Jeff lejos de la playa? Apresuró su andar.
Deteniéndose en el sendero, contempló con fijeza el antiguo camposanto. Sería un cuadro magnífico. Podría emplear colores melancólicos, azules y grises, con un cielo plomizo, y exagerar la cerca derruida, el árbol seco y las hiedras que cubrían todo. Hecho de manera correcta, podía ser inequívocamente aterrador. No lograba explicarse por qué Michelle y Sally habrían querido ir allí.
Curiosidad, decidió. Pura y simple curiosidad.
Esa misma curiosidad que había atraído a las niñas al cementerio, la arrastró entonces a ella. Abandonó el sendero y, con sumo cuidado, pasó por sobre la ruinosa cerca.
Las viejas lápidas, con sus anticuadas inscripciones y sus extraños nombres, la fascinaron; eran una serie de monumentos que relataban algo. Empezó a reconstruir la historia de la familia Carson, cuyos miembros habían vivido y muerto sobre el risco. No tardó en olvidar totalmente el estado del terreno, percibiendo únicamente las lápidas.
Entonces llegó a la tumba de Louise Carson.
MUERTA EN EL PECADO -1880
¿Y qué diablos podía significar eso? Si la fecha hubiera sido 1680, ella habría presumido que la mujer había muerto quemada como bruja, o alguna cosa parecida. Pero ¿en 1880? Una cosa era segura: la de Louise Carson no podía haber sido una muerte feliz.
Mientras, inmóvil contemplaba la tumba, June empezó a sentir compasión hacia esa mujer, muerta mucho tiempo atrás. Probablemente hubiera nacido antes de tiempo, pensó June. "Muerta en el pecado". Un epitafio para una mujer deshonrada.
Al darse cuenta de las palabras que había elegido, rió entre dientes. Qué anticuadas sonaban. Y qué insensibles.
Sin darse cuenta bien de lo que hacía, se apoyó en las manos y los pies y comenzó a arrancar las hierbas que cubrían el sepulcro de Louise Carson. Sus raíces eran muy profundas. Tuvo que tirar de ellas con fuerza hasta lograr que se soltaran.
Casi había despejado de malezas la base de la lápida, cuando sintió el primer dolor.
No fue más que una punzada, pero en seguida la siguió la primera contracción.
"Dios mío, no puede ser", pensó.
Incorporándose con esfuerzo, se apoyó pesadamente en el tronco del roble seco.
Tenía que regresar a su casa.
Su casa estaba demasiado lejos.
Al empezar la siguiente contracción, miró frenéticamente hacia el camino.
Estaba desierto.
La casa de los Benson. Tal vez pudiera llegar a casa de los Benson. Tan pronto como disminuyera el dolor, partiría.
Sentándose cuidadosamente en el suelo, esperó. Después de un lapso que pareció eterno, sintió que sus músculos empezaban a aflojarse, y el dolor a mitigarse. De nuevo empezó a incorporarse.
– Quédese donde está -se oyó una voz.
June se dio vuelta y vio a Constance Benson, que acudía de prisa por el sendero. Suspirando agradecida, se dejó caer de nuevo al suelo.
Allí esperó, tendida sobre la tumba de Louise Carson, orando para que el pequeñuelo esperara, para que su primer hijo no naciera en un cementerio.
Luego, mientras Constance Benson se arrodillaba a su lado y le tomaba la mano, June se reclinó.
Otra abrumadora contracción la convulsionó; sintió extenderse la humedad al brotar sus aguas. "Dios santo, aquí no", imploró.
En un camposanto, no.
CAPITULO 7
Sonó la campana de las tres y diez. Michelle juntó sus libros, los introdujo en su bolsa de lona verde y se dispuso a salir del aula.
– ¡Michelle! -Era Sally Carstairs, y aunque Michelle trató de no hacerle caso, Sally le tomó un brazo para retenerla, diciéndole en tono quejumbroso-: No estés enojada. Nadie quiso ofenderte.
Michelle observó a su amiga con desconfianza. Cuando vio la expresión preocupada de Sally, bajó un poco la guardia.
– No entiendo por qué todos seguían insistiendo en que vi algo que no vi -dijo-. Estaba dormida y tuve una pesadilla, nada más.
– Salgamos al pasillo -dijo Sally, mientras desviaba la vista hacia Corinne Hatcher.
Interpretando la mirada de Sally, Michelle la siguió al corredor.
– ¿Y bien? -le preguntó esperanzada.
Sally eludió su mirada. Incómoda, cambió su peso de un pie a otro. Después, clavando los ojos en el suelo, dijo con voz tan queda que Michelle apenas pudo oírla:
– Tal vez tú hayas tenido un sueño solamente. Pero también yo vi a Amanda, y creo que lo mismo Susan Peterson.
– ¿Qué? ¿Quieres decir que tuvieron el mismo sueño que yo?
– No lo sé -respondió Sally, pesarosa-. Pero la vi y no fue un sueño. ¿Recuerdas el día en que me lastimé el brazo?
Michelle asintió con la cabeza: ¿cómo podía olvidarlo? Ese fue el día en que también ella había visto algo. Algo que Sally había procurado dejar de lado diciendo que era "tan solo el olmo".
– ¿Cómo se explica que no me lo hayas contado antes?
– Pensé que no me creerías -respondió Sally como disculpa-. Pero, de todos modos, la vi. Al menos eso creo. Yo estaba afuera, en el patio, cuando de pronto sentí que algo me tocaba el brazo. Al volverme a mirar, tropecé y caí.
– Pero ¿qué viste? -insistió Michelle, repentinamente segura de que aquello, fuera lo que fuese, era importante.
– No… no estoy segura -replicó Sally-. Fue solo algo negro. En realidad, apenas logré vislumbrarlo, y después de que me caí, eso había desaparecido.
Michelle permaneció callada, mirando con fijeza a Sally y recordando esa noche, cuando ella y su padre salían de la casa de los Carstairs y ella había mirado atrás.
Había visto algo junto a la ventana… algo oscuro, como una sombra. Algo negro.
Antes de que pudiera decir a Sally lo que había visto esa noche, Jeff Benson apareció al fondo del pasillo, haciéndole señas.
– Michelle… ¡Michelle! ¡Mamá está aquí y necesita hablar contigo!
– Un segundo… -empezó a decir Michelle, pero Jeff la interrumpió bruscamente.
– ¡Ahora! Se trata de tu madre…
Sin esperar a que él terminara, Michelle se apartó de Sally y echó a correr.
– ¿Qué ocurre? ¿Ha sucedido algo? -preguntó.
Pero Jeff ya la conducía fuera del edificio, hacia el automóvil de su madre. Junto a la acera esperaba un destartalado sedán con el motor en marcha y Constance Benson muy agitada tras el volante.
– ¿Qué ocurre? -preguntó de nuevo Michelle mientras subía al coche.
– Se trata de tu madre -respondió brevemente la señora Benson mientras hacía los cambios de marcha-. Está en la clínica dando a luz.
– ¿Dando a luz? -repitió Michelle en un susurro-. Pero el parto no debía ser hasta dentro de tres semanas. ¿Qué pasó?
Sin hacer caso de su pregunta, Constance Benson apretó el acelerador, soltó el embrague y se apartó de la acera. Yendo hacia la clínica se mordía el labio inferior, concentrándose en conducir y manteniendo silencio.