– Déjame instalar a Jennifer en su cuarto, después volveré a buscarte.
– No soy una inválida repuso June, mientras bajaba del coche y se encaminaba hacia la puerta principal-. "Un poco vacilantes, pero estamos de pie". ¿De dónde es eso?
– De Quién le teme a Virginia Woolf. Salvo que la cita no es oportuna: el personaje esfaba ebrio.
– Me vendría bien un trago -señaló June sin entusiasmo-. Supongo que no puedo beber vino…
– Supones bien -repuso Cal, mientras sostenía a Jennifer con un brazo y ofrecía el otro a June, quien lo aceptó agradecida.
– Está bien, tener un hijo no fue tan fácil como yo sostenía. La cama me hará sentir bien.
Entraron en la casa a oscuras. June aguardó al pie de la escalera mientras Cal llevaba arriba a Jennifer. Un instante más tarde regresaba. Apoyándose pesadamente en él, June subió con lentitud.
– Ojalá no tenga que hacer nada -dijo fatigada cuando ya estaba arriba-. ¿Está todo listo?
– Solo falta que te metas en la cama, que está ya preparada. Además, Michelle nos dejó un mensaje. Quiere que la llamemos a casa de los Benson tan pronto como lleguemos aquí.
– Como si no fuéramos a hacerlo -rió June entre dientes-. A Michelle no se le olvida nada.
Se quitó la bata y la túnica de hospital que le habían dado en la clínica. Luego, antes de ponerse su cómodo camisón de franela, se miró en el espejo.
– Dios mío, ¿estás seguro de que ya terminé? ¡Parece que estuviera todavía embarazada!
– Te verás así dos o tres semanas -le aseguró Cal-. No es nada anormal. Solo una cantidad de tejidos extra que debe volver al lugar de donde vino. Ahora acuéstate.
– ¡Sí, señor! -replicó June, haciendo la venia débilmente. Acomodándose en la cama, se reclinó en las almohadas.- Y bien, aquí estoy -dijo, sonriendo a su esposo-, ¿Por qué no me traes a Jennifer y luego llamas a Michelle? Sin duda nos habrá visto pasar.
Después de traer a la pequeña del cuarto contiguo, Cal tomó el teléfono.
– Hasta dejó el número de los Benson en el mensaje -comentó.
– Me habría sorprendido que no lo hiciera -June bajó la parte superior de su camisón y acomodó a la niñita contra su pecho. Ávidamente Jennifer comenzó a mamar.
– ¿Señora Benson? ¿Está allí Michelle? -preguntó Cal por teléfono, sin dejar de mirar cariñosamente a su esposa y su pequeña hija.
Tendió una mano para tocar la diminuta cabeza de Jennifer mientras esperaba a que Michelle acudiera al teléfono.
– ¿Papa? ¿Ya están en casa? ¿Mamá está bien?
– Estamos en casa y todos nos hallamos muy bien. Puedes regresar cuando quieras. Y date prisa. Tu hermana come y crece, y si quieres verla pequeñita, mejor será que vengas antes de los diez próximos minutos.
Hubo un breve silencio en la otra punta. Cuando Michelle volvió a hablar había en su voz un elemento de inseguridad que a Cal le pareció inusitado.
– Papá… ¿podrías venir a buscarme?
Cal arrugó el entrecejo, y June, advirtiendo su cambio de expresión, lo miró con curiosidad.
– ¿A buscarte? Pero estás a solo algunos cientos de metros de distancia…
– Por favor -imploró Michelle-. Solamente esta vez…
– Aguarda un segundo -repuso él. Tapando la bocina con una mano, se dirigió a June.- Quiere que la vaya a buscar.
Se lo notaba perplejo, pero June se limitó a encogerse de hombros.
– Pues ve a buscarla.
– No estoy seguro de que deba dejarte sola -dijo Cal.
– Estaré perfectamente bien. No estarás ausente más de cinco minutos. ¿Qué puede ocurrir? Me quedaré aquí acostada alimentando a Jennifer.
Cal retiró la mano de la bocina.
– Muy bien, preciosa. Estaré allí en dos o tres minutos. ¿Estarás lista?
– Te esperaré junto a la puerta principal -replicó Michelle con voz mucho más vigorosa.
Cal se despidió de ella y volvió a colocar el auricular en la horquilla.
– No lo entiendo. Tan independiente que es, y de repente quiere que la vaya a buscar a menos de medio kilómetro de distancia.
– No me parece tan sorprendente -repuso June con-indulgencia-. Afuera está oscuro, hay que pasar cerca de un cementerio y, admitámoslo, casi no le hemos hecho caso en todo el día y probablemente quiera algo de atención. Dios mío, querido, tiene apenas doce años. A veces creo que lo olvidamos.
– Pero esto no es habitual en ella. Sabe que hay muchísimas cosas por hacer…
– Ya las hizo ella -señaló June-. Vamos, no te demores más y ve a buscarla. Ya habrías podido ir y estar de vuelta.
Cal se puso la chaqueta, dejó a su esposa y a su hijita y salió de la casa.
Antes de que Cal pudiera tocar la bocina del automóvil, se abrió la puerta principal de los Benson. Un instante más tarde, Michelle estaba en el auto, junto a él.
– Gracias por venir -dijo mientras su padre hacía los cambios de marcha.
Cal Pendleton la miró con curiosidad.
– ¿Desde cuándo le tienes miedo a la oscuridad?
Michelle se retiró al otro lado del asiento, y Cal lamentó en el acto su crítica implícita.
– No hay problema -se apresuró a añadir-. Tu madre está en cama, alimentando a la pequeña y todo está muy bien. Pero, ¿qué fue lo que te afectó?
Apaciguada, Michelle se acercó más a su padre.
– No lo sé -esquivó, pues no quería decirle lo que había visto esa tarde en la bruma-. Creo que simplemente no quise pasar de noche junto al cementerio.
– ¿Acaso Jeff ha estado contándote cuentos de fantasmas? -inquirió Cal.
Michelle sacudió la cabeza.
– No cree en fantasmas. Por lo menos eso dice -agregó, subrayando apenas la última palabra-. Pero esta noche es tan oscura que no quise andar sola. Lo siento.
– Está bien.
Hicieron el resto del corto trayecto en silencio.
– Trabajaste mucho esta tarde.
Con Jennifer tranquilamente dormida en el hueco de su brazo, June sonrió a su hija mayor, indicándole con un ademán que se acercara y se sentara en el borde de la cama.
– Todo estaba perfecto. Debes de haber trabajado toda la tarde.
– No llevó mucho tiempo -repuso Michelle con los ojos clavados en la recién nacida-. ¡Qué pequeña es!
– Es el único tamaño en que vienen. ¿Te gustaría sostenerla?
– ¿Puedo? -exclamó Michelle con voz llena de ansiedad.
– Toma -June alzó a la niñita, la entregó a Michelle y luego se acomodo de nuevo contra las almohadas-. Debes sostenerla como a las muñecas -le aconsejó-. Sostenía con el codo y deja que se apoye en tu brazo.
Mientras Michelle contemplaba el diminuto rostro que depositaba contra su pecho, Jennifer abrió los ojos y eructó.
– ¿Está bien ella?
– Está perfectamente bien. Si se pone a llorar, dámela. Mientras no llore, no ocurre nada.
Como para demostrar la afirmación de su madre, Jennifer cerró los ojos y se volvió a dormir.
– Cuéntame todo -dijo de pronto Michelle, apartando finalmente sus ojos de la pequeña y mirando a su madre con ansiedad.
– Pues no hay mucho que contar. Estaba dando un paseo cuando me empezaron los dolores. Eso fue todo.
– Pero, ¿en el cementerio? -insistió Michelle-. ¿No te dio escalofríos?
– ¿Por qué motivo?
– Pero Jenny no debía nacer todavía. ¿Qué ocurrió?
– Nada ocurrió. Simplemente Jenny decidió que ya era tiempo, nada más.
Hubo un silencio mientras Michelle daba vueltas a las cosas en su mente. Cuando por último volvió a hablar, su voz fue vacilante.
– ¿Por qué estabas junto a la tumba de Louise Carson?
– Tenía que estar junto a una tumba, ¿verdad? Después de todo, estaba en el cementerio -replicó june con cuidado de que su voz fuese tranquila y convincente. Y se preguntó el por qué.
– ¿Viste su lápida? -preguntó Michelle.
– Por supuesto que sí.