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– ¿Qué te parece que querrá decir?

– Estoy segura de que no quiere decir absolutamente nada -repuso June tendiendo los brazos para recibir a Jennifer que estaba otra vez despierta y empezaba a llorar. Casi de mala gana, Michelle devolvió la pequeña a su madre.- Hay que alimentarla -explicó June-. Después podrás tenerla de nuevo.

Michelle se incorporó, sin saber si debía permanecer en la habitación mientras su madre amamantaba a la recién nacida.

– ¿Por qué no preparas té? -sugirió June-. Y dile a tu padre que suba ¿De acuerdo?

June observó a Michelle que salía de la habitación mientras Jennifer empezaba a chuparle ávidamente el pecho. Trató de imponerse tranquilidad, pero le fue imposible. Algo le había pasado a Michelle. No lograba imaginarse qué era aunque estaba casi segura de que se relacionaba con el cementerio, pero ¿qué?

Michelle estaba despierta en su cama escuchando el silencio de la casa. Le parecía demasiado silenciosa.

Por eso, estaba segura, era que no podía dormir.

Por eso, y por el hecho de hallarse totalmente sola en esa parte de la casa.

En el otro extremo del pasillo.

Allí estaban todos los demás.

Su padre y su madre, y su hermanita menor. Todos menos ella.

Salió de la cama, se puso su bata sobre los hombros y salió de su cuarto.

Se detuvo un momento junto a la habitación de sus padres, escuchando luego abrió silenciosamente la puerta y entró.

– Mamá…

June se dio vuelta y abrió los ojos, sorprendida al encontrar a Michelle de pie junto a su cama.

– ¿Qué hora es?

– Son apenas las once -repuso defensivamente Michelle. June se sentó con esfuerzo.

– ¿Qué ocurre? -Es que… es que no podía dormir.

– ¿No podías dormir? ¿Por qué?

– No lo sé -respondió Michelle en voz baja sentándose en la cama-. Tal vez haya bebido demasiado té.

– Eso pasa con el café, cariño -repuso June.

Sintió que Cal se movía a su lado, entonces, de pronto la pequeña comenzó a llorar. Despertando bruscamente, Cal encendió la luz. Entonces vio a Michelle.

– ¿Qué haces aquí? ¿Por eso llora la pequeña?

Viendo a Michelle súbitamente a punto de llorar, June procuró calmar la situación.

– La niña tiene hambre y Michelle no podía dormir. ¿Por qué no me alcanzas a Jenny y después bajas y calientas de nuevo el té? Michelle puede quedarse conmigo mientras yo alimento a esta gritona.

Hizo un guiño a Michelle, que de pronto se sintió mejor.

– Yo traeré a Jenny -ofreció.

Suspirando pesadamente, Cal se puso la bata y bajó la escalera. June aguardó a que se alejara. Luego trató de disculparse por él.

– No quiso decir que era culpa tuya que Jenny estuviera llorando. Solo estaba dormido, nada más.

– Está bien -repuso Michelle con indiferencia-. Creo que me sentía sola, simplemente.

– Bueno, la casa es muy grande -repuso june. Se le ocurrió una idea y sin esperar a meditarla, sugirió:- Tal vez deberíamos trasladarte a esta punta, más cerca de nosotros.

– Oh, no -se apresuró a responder Michelle-. Me encanta mi cuarto. Tengo la sensación de que mi lugar es allí. Desde que encontré a Mandy…

– ¿Mandy? Creía que se llamaba Amanda.

– Bueno, así es. Pero Mandy es lo mismo, igual que algunas personas abrevian mi nombre llamándome Mickey. ¡Ay! Pero Mandy es lindo.

Cal volvió a entrar en la pieza trayendo una bandeja con tres humeantes tazas de té.

– Solo por esta vez – anunció-. De ahora en adelante, solo porque Jennifer tiene hambre no significa que hagamos una merienda. Y tu, jovencita, tendrías que estar acostada. Mañana tienes que ir a la escuela.

– No te preocupes. Me sentí sola, nada más. -Bebió un sorbo de su té; luego se incorporó. ¿Me vas a arropar?

Cal le sonrió al responder.

– Hace años que no lo hago.

– ¿Solo esta noche? -insistió Michelle, suplicante.

Cal miró a su esposa: luego asintió con la cabeza.

– Muy bien -dijo. Termina tu té y vamos.

Después de vaciar su taza, Michelle se inclinó para besar a su madre: luego siguiendo a su padre, salió del cuarto y se dirigió a su propio dormitorio.

Introduciéndose en la cama, se acomodó las cobijas en torno a la barbilla y ofreció la mejilla a su padre. Cal se inclinó, la besó, luego se irguió.

– Te dormirás en seguida – prometió.

Estaba por apagar la luz para regresar junto a June y la pequeña cuando de pronto Michelle le pidió su muñeca.

– Está en el alféizar de la ventana. ¿Podrías alcanzármela?

Cal levantó la antigua muñeca y contempló su rostro de porcelana.

– No parece muy real, ¿verdad? -comentó mientras entregaba la muñeca a Michelle.

En actitud protectora, ésta la arropó bajo las mantas, con la cabeza apoyada en su hombro.

– Es muy real – dijo a su padre.

Este le sonrió después apagó las luces. Cerrando despacio la puerta al salir, echó a andar por el pasillo.

Una vez más Michelle quedó sola en su habitación, escuchando el silencio de la casa. Mientras la oscuridad se acumulaba opresivamente a su alrededor, acomodó más a la muñeca y le susurró suavemente:

– No es como yo creía que iba a ser. Anhelaba tanto tener aquí a Jenny. Pero ahora que llegó, todo es tan distinto. Ellos están todos allí, juntos, y yo estoy sola. Ahora mamá tiene que cuidar a Jennifer. Pero yo ¿a quién tengo? -Entonces se le ocurrió algo.- Yo podría cuidarte, Mandy. Realmente podría… -Estrechó más a la muñeca mientras una lágrima le goteaba por la mejilla.- Cuidaré de ti tal como mamá cuida de Jenny. ¿Te gustaría eso? Yo seré tu madre, Amanda, y te daré todo lo que desees. Y tú te quedarás conmigo, ¿verdad? Para que nunca vuelva a estar sola.

Llorando silenciosamente, con la muñeca apretada muy junto a ella, Michelle se quedó dormida.

CAPITULO 9

Michelle despertó el sábado de mañana con el suave rumor de los pájaros gorjeando. Se quedó quieta en la cama, disfrutando al saber que esa mañana no tenía que darse prisa, esa mañana podía permanecer acostada unos minutos y gozar del sol que inundaba su cuarto, cuyo calor se filtraba a través de las cobijas, colmándola de una sensación de bienestar. Aquel iba a ser un buen día.

Aquel era el día de la merienda en la caleta.

Hasta aquella mañana, Michelle no había estado segura de que iría a esa merienda al aire libre.

El dolor causado por los sarcasmos de Susan Peterson había empezado a desvanecerse al cabo de tres días; hasta el recuerdo de la extraña niña que había aparecido primero en su sueño, luego el martes en el camposanto, se estaba desvaneciendo. Y desde la llegada de Jennifer, Michelle había tenido la mente demasiado llena de otras cosas para dedicarse mucho a la imagen vestida de negro que había parecido pedirle algo.

Ahora, rodeada por la luz del sol, se preguntó por que se había preocupado; por que la noche anterior, al llamarla Sally Carstairs, le había dicho que tal vez no pudiera ir. Por supuesto que iría. Y si Susan Peterson trataba de fastidiarla, ella se negaría simplemente a dejar que eso la afectara.

Tomada la decisión, Michelle abandonó la cama y se puso unos gastadísimos pantalones de pana, una camisa rústica y sus zapatos de gimnasia. Cuando se disponía a bajar, sus ojos se fijaron de pronto en su muñeca, todavía reposando en la almohada donde ella siempre la dejaba de noche. Levantándola, Michelle la apoyó cuidadosamente en el alféizar de la ventana.

– Ya está -dijo suavemente-. Ahora puedes pasarte el día sentada al sol. Pórtate bien.

Se inclinó y besó levemente a la muñeca, tal como había visto a su madre besar a su hermana. Luego salió de su habitación, cerrando la puerta. Cuando Michelle entró en la habitación, June dijo:

– Parece que alguien piensa ayudar a su padre. -Apartó la vista de los huevos que estaba friendo, y al ver la expresión de Michelle le sonrió-. No me mires así… me acostaré tan pronto como termine el desayuno. Pero debo empezar a levantarme. Necesito ejercicio. Hace tres días que estoy en cama y estoy enloqueciendo allá arriba! – Luego, para impedir las protestas de Michelle, señaló el refrigerador diciendo -: Allí hay jugo de naranja.