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– ¿Viste últimamente al fantasma? – preguntó.

– No hay ningún fantasma – repuso Michelle con voz apenas audible.

– Pero lo viste la otra noche, ¿verdad? -La voz de Susan era ya más sonora e insistente.

– Fue un sueño – dijo Michelle-. Solamente un sueño.

– ¿Lo fue? ¿Estás segura?

Michelle miró furiosa a Susan, pero ésta le devolvió la mirada sin pestañear. Michelle sintió que la cólera se acumulaba en su interior. u¿Qué es?", se preguntó. “¿Por qué siempre la hago enojarse conmigo?"

– ¿No podemos hablar de otra cosa? -preguntó.

– A mí me gusta hablar del fantasma -respondió serenamente Susan.

– ¡Pues a mí no! -exclamó Sally Carstairs-. ¡Creo que hablar del fantasma es tonto! Quiero oír algo sobre la hermanita de Michelle.

Michelle sonrió agradecida a Sally.

– Es hermosa, y se parece mucho a mi madre -declaró.

– ¿Cómo puedes saberlo? -preguntó Susan Peterson con voz helada; en sus ojos brillaba una gozosa malicia.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó a su vez Michelle-. Jennifer se parece mucho a mi madre. Todos lo dicen.

– Pero tú ni siquiera sabes quién es tu madre -dijo Susan-. Eres adoptada.

Súbitamente Michelle sintió que todos los niños la miraban, preguntándose qué diría luego ella.

– No por eso mis padres dejan de ser mis padres -repuso cuidadosamente.

– ¿Quién dijo lo contrario? -replicó Susan-. Salvo que los Pendleton no son realmente tus padres, ¿verdad? No sabes quiénes son tus padres, ¿o lo sabes?

– Claro que son mis padres -replicó Michelle. Se incorporó haciendo frente a Susan-. Ellos me adoptaron cuando yo era muy pequeñita y siempre han sido mis padres.

– Eso fue antes -dijo Susan, sonriendo ahora al ver cómo aumentaba la cólera de Michelle.

– ¿Qué quieres decir, antes?

– Antes de que tuvieran su propia hija. La única razón por la cual hay personas que adoptan niños, es porque no pueden tener uno propio. Entonces, ¿para qué te necesitan ya tus padres?

– No digas eso, Susan Peterson -gritó Michelle-. Jamás digas eso. Mis padres me quieren tanto como los tuyos a ti.

– ¿De veras? dijo Susan, con una dulce voz que desmentía la expresión de su cara. ¿De veras te quieren?

– ¿Qué se supone que quiere decir eso?

Tan pronto como esas palabras salieron de su boca, Michelle deseó no haberlas pronunciado. Debía simplemente ignorar a Susan… recoger simplemente sus cosas y marcharse. Pero ya era demasiado tarde. Todos los otros niños escuchaban a Susan, pero miraban a Michelle.

– ¿Acaso no pasan más tiempo con la pequeña que contigo? ¿No la quieren más en realidad? ¿Y por qué no? Jenny es su verdadera hija. ¡Tú no eres más que una huérfana cualquiera que ellos recogieron cuando creyeron que no podían tener hijos propios!

– Eso no es cierto -exclamó Michelle.

Pero al hablar, supo que no estaba tan segura como procuraba aparentar. Las cosas eran diferentes ahora. Lo habían sido desde que naciera Jenny. Pero eso era solo porque Jenny era pequeñita y necesitaba más que ella. No significaba que sus padres no la quisieran. ¿O sí? Por supuesto que no. Ellos la amaban. ¡Sus padres la amaban!

De pronto Michelle quiso estar en casa… en casa con su madre y su padre, en casa donde estaría cerca de ellos, sería parte de ellos. Aún era su hija. Ellos aún la querían… aún la aceptaban… ¡por supuesto que sí! Sin molestarse en recoger sus cosas, Michelle se volvió y empezó a correr por la playa hacia el sendero.

Sally Carstairs se incorporó de un salto y se dispuso a correr en pos de Michelle, pero la voz de Susan Peterson la detuvo.

– Déjala ir -dijo Susan-. Si no es capaz de soportar algunas bromas… ¿quién la necesita?

– Pero eso fue una maldad, Susan -declaró Sally -. Fue una maldad pura y simple.

– ¿Y qué? -replicó descuidadamente Susan-. Tampoco fue muy amable de su parte arrojarme ese pulpo.

– Pero ella no sabía que te afectaría tanto.

– Sí que lo sabía -replicó Susan-. Y aunque no lo supiera, no debió haberlo hecho. No hice más que desquitarme.

Sally volvió a sentarse en su manta, preguntándose qué hacer. Quería ir tras Michelle y traerla de vuelta, pero lo más probable era que de nada sirviera hacerlo. Susan no iba a dejarla tranquila… ahora que sabía como afectar a Michelle, seguiría simplemente haciéndolo. Y si Sally continuaba siendo amiga de Michelle, Susan se la tomaría con ella también. Sally sabía que no era capaz de soportar eso.

– Sí que sabe correr, ¿verdad?

Al oír que los otros niños se reían de la pregunta de Susan, Sally alzó la vista. Michelle estaba casi al pie del sendero. Sally decidió que, aunque los demás niños fueran a mirar, ella no lo haría. Además, no podía. Sabía que, si lo hacía, empezaría a llorar, y no quería hacer eso. No delante de Susan.

Las palabras de Susan Peterson castigaban los oídos de Michelle al correr por la playa.

¿Para qué te necesitan?

¿No la quieren más a ella, en realidad?

No era cierto, se dijo. Nada de eso era cierto. Pero al correr, las palabras parecían seguirla. Arrastradas por el viento, punzándola, hostigándola.

Al llegar al sendero inició la subida.

Su respiración, ya trabajosa debido a su furia y por haber corrido, era cada vez más dificultosa. Pronto empezó a jadear; sentía que el corazón le golpeaba el pecho

Quería detenerse, quería descansar, quería sentarse un minuto apenas para tomar aliento, pero sabía que no podía hacerlo.

Ellos estarían allá, en la playa, observándola. Casi podía oír la voz de Susan, dulce y maliciosa:

– Ni siquiera puede subir por el sendero.

Se obligó a mirar arriba para saber hasta dónde tenía que llegar antes de encontrarse a salvo en la cima, donde no podían verla desde la playa.

Lejos.

Demasiado lejos.

Y ahora estaba llegando la niebla.

Al principio fue tan solo una cosa gris, una leve nebulosidad que enturbiaba su visión.

Pero después, mientras ella subía el sendero poniendo con esfuerzo un pie tras otro, se juntó en torno a ella, fría y húmeda, aislándola, dejándola sola, ya no a la vista de sus atormentadores de la playa, pero también lejos de casa.

Debía estar cerca de la cima. ¡Tenía que estarlo!

Era como una pesadilla, un sueño en el cual uno tiene que correr, pero sus pies, atascados en una especie de fango, se niegan a moverse. Michelle sintió que el pánico la iba dominando.

Fue entonces cuando resbaló.

Durante una fracción de segundo, pareció que no era nada… apenas una leve tercedura cuando su pie derecho golpeó una piedra suelta y se dobló hacia afuera.

De pronto, no hubo bajo su pie nada que la sostuviera. Fue como si el sendero hubiera desaparecido.

Se sintió empezar a caer a través de la aterradora niebla gris.

Lanzó un grito, una sola vez, luego la niebla pareció apretarse en torno a ella, y el gris se volvió negro…

– ¡Doctor Pendleton! ¡Doctor Pendleton!

Cal oyó la voz que lo llamaba. El terror que esa voz trasmitía, le hizo soltar su martillo y precipitarse a la cocina. Llegó a la puerta trasera en el preciso instante en que Jeff Benson llegaba de un salto a la galería.

– ¿Que ocurre? ¿Qué ha sucedido?

– Es Michelle -gritó Jeff, con el pecho agitado; el aliento le salía en fuertes jadeos-. Estábamos en la playa y ella volvía a casa, y… y…