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– Estoy yo sola -respondió Sally, medio disculpándose mientras se introducía en la cocina-. Todos los demás se fueron a casa. -Se detuvo indecisa, luego preguntó: – ¿Michelle está bien?

– Lo estará -respondió June con una seguridad que no sentía. Ofreció a Sally un vaso de limonada y la invitó a sentarse. Mientras se la servía, empezó:- Sally, ¿qué pasó allí en la playa? ¿Por que Michelle volvía a casa tan temprano?

Sally toqueteó la mesa; luego decidió que no había motivo para no contar lo sucedido.

– Algunos chicos la estuvieron fastidiando. Principalmente Susan Peterson.

– ¿Fastidiándola? -June mantuvo la voz serena, curiosa, pero no condenatoria-. ¿Respecto de qué?

– Respecto de que ella es adoptada. Susan dijo que… que…

Se quedó callada, llena de turbación.

– ¿Qué dijo? ¿Que no la querríamos más ahora que tenemos a Jennifer?

Los ojos de Sally se dilataron de sorpresa.

– ¿Cómo lo supo?

June se sentó a la mesa, sosteniendo la mirada de Sally.

– Es lo primero que se les ocurre pensar a todos -dijo con voz queda-. Pero no es cierto. Ahora tenemos dos hijas y las queremos a las dos.

Sally fijó la mirada en su vaso, aparentemente muy interesada en su contenido.

– Ya lo sé -susurró-. Yo nunca le dije nada de nada, señora Pendleton, de veras que no.

June sintió que perdía la calma. Deseaba apoyar la cabeza en la mesa y llorar. Pero no podía permitírselo. Ahora no. Todavía no. Tratando de mantener su autocontrol se incorporó, obligándose a sonreír a Sally.

– Tal vez deberías volver mañana -sugirió -. Estoy segura de que mañana Michelle querrá verte.

Sally Carstairs terminó su limonada y se marchó. June se desplomó en su sillón y miró con fijeza la botella, deseando atreverse a beber un trago, deseando que hubiera alguna manera de hacer ver a Cal que lo sucedido a Michelle no era culpa suya. Lo observó llenar otra vez su vaso, empezó a decirle algo. Pero cuando estaba por hablar, tuvo de pronto la sensación de que la estaban observando. Se volvió con rapidez.

Josiah Carson estaba de pie en la puerta de la cocina. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí? June no lo sabía. La saludó con un movimiento de cabeza: luego entró en el cuarto y puso la mano sobre el hombro de Cal.

– ¿Quiere contarme que sucedió? -preguntó.

Cal se removió levemente, como si el contacto de Carson lo hubiera devuelto a alguna clase de realidad.

– Yo le hice daño -dijo con voz casi infantil-. Traté de ayudarla, pero le hice daño.

June se incorporó y deliberadamente empujó la mesa contra Cal. El súbito movimiento lo distrajo de lo que estaba diciendo. June se apresuró a hablar.

– Está dolorida, doctor Carson -dijo manteniendo neutra la voz-. Dice Cal que sufre más de lo que debería.

– Cayó de un risco -dijo sin rodeos Josiah-. Por supuesto que está dolorida-. Sus ojos pasaron de June a Cal -. ¿Acaso trata de ahogar en alcohol el dolor de su hija, Cal?

Sin hacer caso de la pregunta, Pendleton dijo:

– Es posible que yo mismo la haya lastimado, Josiah.

– Tal vez, o tal vez no. ¿Qué le parece si subo y le echo mu ojeada? ¿Y qué cree usted precisamente que le hizo?

– La traje a casa, no esperé una camilla.

Carson asintió bruscamente con la cabeza y se apartó, pero cuando el rostro de él desaparecía de su línea visual, creyó ver algo.

Creyó verlo sonreír.

Michelle permanecía despierta en cama, escuchando las voces abajo. Poco antes había oído a Sally y en ese momento podía oír al doctor Carson.

Se alegraba de que Sally no hubiera subido, y esperaba que el doctor Carson tampoco lo hiciera. No quería ver a nadie, al menos por el momento.

Quizás nunca.

Entonces la puerta de su habitación se abrió y entró el doctor Carson. Cerró la puerta y acercándose a la cama, se inclinó sobre la niña.

– ¿Quieres decirme qué pasó? -preguntó.

Michelle la miró y se encogió de hombros.

– No recuerdo.

– ¿No recuerdas nada?

– Poca cosa. Solamente… -Vaciló, pero el doctor Carson le estaba sonriendo, sin obligarse a hacerlo, como antes su padre, sino realmente sonriendo.- No sé que pasó. Subía el sendero corriendo y de pronto todo se nubló. No podía ver y… y tropecé, creo.

– Así que fue la niebla, ¿verdad?

Había habido niebla el día en que Alan Hanley cayó. Carson lo recordaba con claridad. Había llegado súbitamente, tal como a veces ocurría con cambios repentinos de temperatura. Michelle movió la cabeza asintiendo.

– Tu padre cree que te lastimó. ¿Lo crees tú?

Michelle sacudió la cabeza.

– ¿Por qué motivo?

– No lo se -respondió Carson con suavidad. Sus ojos se fijaron en la muñeca que estaba sobre la almohada junto a Michelle-. ¿Tiene nombre?

– Amanda… Mandy.

Tras una pausa, Josiah Carson sonrió, más para sí mismo que para Michelle.

– Bien, te propongo algo. Quédate acostada y deja que Amanda te cuide. ¿De acuerdo?

Después de palmear la mano de Michelle se incorporó. Un instante más tarde se había ido y Michelle quedó de nuevo sola. Atrajo más hacia ella a su muñeca.

– Ahora tendrás que ser mi amiga, Mandy susurró en el cuarto vacío-. Ojalá fueras una niñita de verdad. Yo podría cuidarte, y podríamos ser amigas, y mostrarnos cosas, y hacer cosas juntas. Y tú nunca me dirías maldades, como lo hizo Susan. Solo me querrías y yo solo te querría y nos cuidaríamos. -Luchando contra el dolor, movió a la muñeca hasta que la tuvo sobre el pecho, con el rostro a pocos centímetros del suyo.- Me alegro de que tengas ojos pardos -dijo con suavidad-. Ojos pardos como los míos, no azules, como los de Jenny, los de mamá y los de papá. Seguro que mi madre… mi verdadera madre, tenía ojos pardos, y seguro que la tuya también. ¿Te quería tu mamá, Mandy?

De nuevo guardó silencio, procurando escuchar, procurando oír las voces que pudieran estar hablando en la casa. Luego se puso a desear que Jenny estuviera en la habitación con ella. Jenny no podía hablar, pero por lo menos estaba viva, respiraba, era real.

Ese era el problema con Mandy. No era real. Por más que lo intentara, Michelle no podía convertirla en otra cosa que en una muñeca. Y entonces, postrada y sola, con todo el cuerpo vibrando de dolor, Michelle quiso tener a alguien… alguien que fuera solo suyo, que le perteneciera, que fuera una parte de ella.

Alguien que nunca la traicionara.

Lentamente, la droga empezó a surtir efecto. Michelle no tardó en volver de nuevo a la oscuridad.

La oscuridad y la voz.

La voz que estaba allí afuera, llamándola.

Ahora, mientras dormía, la oscuridad ya no la asustaba. Ahora solo quería encontrar la voz. O lograr que la voz la encontrara a ella.

CAPITULO 11

Para los Pendleton, había una atmósfera de esperar algo… algo imprevisto e imposible de conocer, algo que los devolvería a todos al mundo real, y que les diría que la vida iba a ser otra vez lo que antes había sido. Así había sido ya durante diez días, desde que Michelle fuera traída de vuelta desde el hospital de Boston, viajando al pueblo en una ambulancia, efectuando el tipo de entrada que le habría encantado apenas un mes atrás.

Pero algo había cambiado dentro de ella. Era algo más que el accidente… tenía que serlo.

Al principio se había negado a salir de la cama. Cuando June, con el apoyo de los médicos, había insistido en que era tiempo de que Michelle empezara a cuidarse sola, habían descubierto que ya no podía caminar sola.

Se la había sometido a todos los exámenes posibles, y por cuanto pudieron determinar los médicos, no le ocurría nada, salvo algunos magullones que habían empezado a curarse mucho tiempo atrás.

Le dolía la cadera izquierda y su pierna izquierda estaba casi inútil.