Le habían hecho más pruebas: una y otra vez le tomaron radiografías del cerebro y la columna vertebral, inyectaron tintura en su corriente sanguínea, le examinaron el espinazo, verificaron los reflejos… la examinaron hasta que deseó poder morirse simplemente. Sin poder todavía determinar la causa de su cojera, los médicos habían llamado a un terapeuta físico, que había trabajado con Michelle hasta que, diez días atrás, había podido finalmente caminar aunque penosamente y apoyándose pesadamente en un bastón.
Entonces la habían traído a su casa. June se repetía que el tiempo lo modificaría todo.
Con el tiempo, Michelle se recuperaría, empezaría a recuperarse de los sobresaltos del hospital, empezaría a echar a un lado su cojera, con el mismo humor con que siempre había echado de lado cualquier problema que había enfrentado.
Michelle fue llevada arriba, a su cuarto, y puesta en su cama.
Pidió su muñeca.
Y allí permaneció tendida durante diez días, con la muñeca acomodada en el doblez de su brazo, contemplando ociosamente el cielorraso. Respondía cuando se le hablaba, llamaba pidiendo ayuda cuando necesitaba ir al baño, y se sentaba en una silla, sin quejarse durante los pocos minutos que June tardaba cada día en cambiar su cama.
Pero por lo general, permanecía simplemente en la cama, callada, con la mirada fija en el vacío.
June estaba segura de que en eso había algo más que el accidente, el dolor o la disminución física. No; era algo más, y June estaba segura de que tenía que ver con Cal.
Ese día, el sábado de mañana, June miró por sobre la mesa del desayuno a Cal, que clavaba la vista en su taza de café, con rostro inexpresivo. Sabia en qué estaba pensando él, aunque no se lo había dicho. Estaba pensando en Michelle y en el restablecimiento que, según él, estaba teniendo.
Había empezado el día siguiente a la llegada de Michelle a casa, cuando Cal había anunciado que, en su opinión, la niña estaba mejorando, y cada día, mientras June estaba horriblemente consciente de que para Michelle nada había cambiado, Cal había hablado de lo bien que seguía.
June sabía la causa de eso… Cal estaba convencido de que lo que le pasaba a Michelle era culpa suya. Para que él pudiera vivir consigo mismo, Michelle debía mejorar.
Y por eso él insistía en que estaba mejorando.
Pero no era cierto.
Mientras lo observaba, June empezó a enfurecerse.
– ¿Cuándo vas a poner fin a esta charada? -se oyó preguntar.
Al ver que Cal levantaba la cabeza y entrecerraba los ojos, ella comprendió que había elegido mal las palabras.
– ¿Quisieras decirme de qué estás hablando?
– Estoy hablando de Michelle -replicó June-. Estoy hablando del hecho de que todos los días dices que está mejor, cuando es obvio que no lo está.
– Sigue muy bien -insistió Cal en voz baja. June estaba segura de haber oído un tono de desesperación en sus palabras.
– Si tan bien sigue, ¿por qué está todavía en cama?
Cal se movió en el asiento: sus ojos eludieron a los de June.
– Necesita recobrar sus fuerzas, necesita descansar.
– ¡Necesita abandonar la cama y enfrentar la vida! ¡Y tú necesitas dejar de engañarte solo! No importa lo que haya sucedido ni de quién sea la culpa. El hecho es que ella está lisiada y lo seguirá estando, ¡y ustedes dos tienen que hacer frente a ese hecho y seguir adelante!
Cal se levantó de su silla, con los ojos desencajados: por un instante, June temió que pudiera golpearla. En cambio, se dirigió al pasillo.
– ¿Adonde vas?
– Voy a hablar con Josiah Carson -respondió él, volviéndose-. ¿Te opones?
Ella se oponía, se oponía mucho. Habría querido que él se quedara en casa, y aunque no hiciera otra cosa, por lo menos terminara la reconstrucción de la despensa. Pero Cal estaba pasando cada vez más tiempo con Josiah, aferrándose a él, y June sabía que no había modo de detenerlo.
– Si necesitas hablar con él, habla con él -dijo-. ¿A qué hora regresarás?
– No lo sé -replicó Cal.
Un momento más tarde June oyó cerrarse con fuerza la puerta de calle al salir él de la casa. Se quedó sola junto a la mesa, preguntándose qué hacer. Y entonces se le ocurrió una idea. Ese día buscaría comunicarse con Michelle, hacerle ver que su vida no estaba terminada.
Cuando se disponía a subir la escalera, se oyó un suave golpe en la puerta de la cocina. Al abrirla encontró a Sally Carstairs y Jeff Benson.
– Vinimos a ver a Michelle -anunció Sally. Parecía levemente indecisa, como si no estuviera segura de que habrían debido venir.- ¿Hay inconveniente?
June sonrió y la tensión la abandonó en parte. Cada día había tenido la esperanza de que los amigos de Michelle vinieran. Por un tiempo había jugado con la idea de llamar a la señora Carstairs, o a Constance Benson, pero cada vez la había rechazado. Los visitantes obligados a venir serían peor que no tener visitantes.
– Claro que no hay inconveniente -repuso-. Debieron haber venido hace mucho.
Instaló a los niños junto a la mesa de la cocina, dio a cada uno un bollo de canela y luego subió.
– ¿Michelle? -preguntó con voz suave; Michelle estaba despierta, con los ojos fijos como de costumbre en el ciclorraso.
– ¿Que?
– Tienes visitantes… Sally y Jeff han venido a verte. ¿Quieres que los traiga?
– Me… me parece que no -respondió Michelle con voz apagada.
– ¿Por que no? ¿Acaso no te sientes bien? -June procuró ocultar su irritación, pero no lo consiguió. Michelle escudriñó a su madre.
– ¿Por que han venido? -preguntó. Parecía asustada.
– Porque quieren verte. Son tus amigos. -Como Michelle no contestaba, June insistió:- ¿No lo son?
– Supongo -replicó Michelle.
– Entonces los traeré.
Sin dar tiempo a Michelle para protestar, June fue a lo alto de la escalera y desde allí llamó a los niños que estaban abajo. Un momento más tarde los introducía en la habitación de Michelle. Michelle estaba forcejeando para sentarse en la cama. Cuando Sally hizo un movimiento dispuesta a ayudarla, Michelle la miró con furia.
– Yo puedo hacerlo -dijo. Recurriendo a todas sus fuerzas, se levantó con una sacudida, luego se dejó caer sobre la almohada, dando un respingo por el esfuerzo.
– ¿Estás bien? -preguntó Sally con los ojos dilatados al advertir la gravedad de las lesiones de Michelle.
– Lo estaré -repuso Michelle. Hubo una pausa.- Pero duele -agregó, mirando a Sally y a Jeff con una acusación silenciosa en los ojos.
June titubeó en la entrada, observando la conversación entre los tres niños. Tal vez era un error… tal vez no habría debido llevar arriba a Sally y Jeff. Pero Michelle debía hacerles frente, debía hablar con ellos. Eran sus amigos. Sin decir palabra salió del cuarto, cerrando la puerta.
Cuando June salió, hubo un incómodo silencio mientras cada uno de los niños esperaba que algún otro hablara primero. Jeff movía los pies, inquieto, y eludía la mirada de Michelle.
– Bueno, por lo menos no estoy muerta -dijo por fin Michelle.
– ¿Puedes caminar? -preguntó Sally. Michelle asintió con la cabeza.
– Pero no muy bien. Me duele y cojeo una barbaridad.
– Mejorarás, ¿verdad? -preguntó Sally mientras se sentaba cuidadosamente en el borde de la cama procurando no sacudir a Michelle.
Michelle no contestó.
Los ojos de Sally se llenaron de lágrimas. Aquello simplemente no parecía justo. Michelle no había hecho nada. Si alguien había debido lastimarse, debía haber sido Susan Peterson.
– Lo lamento -dijo en voz alta-. Nadie quiso que te sucediera nada. Susan estaba bromeando, nada más…
– Resbalé -dijo de pronto Michelle-. No fue culpa de nadie. Solo resbalé. Y me pondré bien… ¡ya verán! iEstaré perfectamente!
Apartó la cabeza, pero no antes de que Sally viera las amargas lágrimas que empezaban a formarse.