– ¿Nos odias a todos? -preguntó Sally-. Yo odio a Susan…
Michelle miró a Sally con curiosidad.
– Entonces, ¿por qué no la hiciste callar? ¿Por qué no me ayudaste?
Las lágrimas brotaron y corrieron por sus mejillas; en silencio Sally empezó a llorar también. Jeff procuró no hacer caso de las niñas, deseando no haber venido. Aborrecía que las niñas lloraran… eso siempre lo hacía sentir como si hubiera hecho algo malo. Decidió cambiar de tema.
– ¿Cuándo volverás a la escuela? ¿Quieres que te traigamos tus deberes?
Michelle aspiró profundamente por la nariz.
– No tengo ganas de estudiar.
– Pero te atrasarás mucho -protestó Sally.
– Tal vez no regrese a la escuela.
– Tienes que regresar -dijo Jeff-. Todos deben ir a la escuela.
– Tal vez mis padres me envíen a otra escuela.
– Pero ¿por qué? -preguntó Sally, cuyas lágrimas habían desaparecido.
– Porque soy inválida.
– Pero puedes caminar. Lo dijiste.
– Cojeo. Todos se reirán de mí.
– No lo harán -le aseguró Sally-. Nosotros no los dejaremos, ¿verdad, Jeff?
Jeff asintió con la cabeza aunque su expresión era indecisa.
– Susan Peterson lo hará -dijo Michelle con voz inexpresiva, como si no le importara.
Sally hizo una mueca.
– Susan Peterson se ríe de todo. Tú no le hagas caso.
– ¿Como hicieron todos en la merienda al aire libre? -preguntó Michelle, ahora con voz amarga, mientras su rostro expresaba cólera-. ¿Por qué no me dejan tranquila? ¿Por qué todos ustedes no me dejan simplemente tranquila?
Confundida por el estallido de Michelle, Sally se incorporó con rapidez.
– Lo… lo siento -tartamudeó mientras su cara enrojecía-. Solo tratábamos de ayudar.
– Nadie puede ayudar -respondió Michelle con voz temblorosa-. Tengo que hacerlo yo sola. ¡Sola!
Y apartando el rostro, cerró los ojos. Jeff y Sally la contemplaron un momento; luego se dirigieron hacia la puerta.
– Volveré a venir -ofreció Sally, pero cuando no hubo respuesta de Michelle, siguió a Jeff al pasillo.
June los estaba esperando abajo. En seguida supo que,algo había andado mal.
– ¿Les habló ella?
– Más o menos -contestó Sally con voz insegura.
Viendo que la niña estaba a punto de llorar, la rodeó con un brazo y la apretó suavemente.
– Procura no dejar que ella te preocupe -le aconsejó-. Esto ha sido terrible para ella y ha estado continuamente dolorida. Pero se pondrá bien. Solo llevará tiempo.
Sally asintió con la cabeza sin hablar. Entonces sus lágrimas desbordaron y hundió el rostro en el hombro de June.
– Oh, señora Pendleton, tengo la sensación de que es culpa nuestra. Todo culpa nuestra.
– No es culpa tuya ni de nadie. Y estoy segura de que Michelle no lo cree así.
– ¿Realmente van a enviarla a otra escuela, lejos? -preguntó de pronto Jeff.
June lo miró sin entender.
– ¿Lejos? ¿A qué te refieres?
– Michelle dice que tal vez vaya a otra escuela. Creo que una escuela para… inválidos -terminó, tropezando con la palabra como si le disgustara utilizarla-. ¿Es cierto? – Sally escudriñó la cara de June, pero ésta permaneció cuidadosamente inexpresiva.
– Bueno, hemos hablado sobre eso -mintió, preguntándose de dónde había sacado Michelle semejante idea. Ni siquiera había sido mencionado.
– Espero que pueda quedarse aquí -dijo Sally con voz ansiosa-. Nadie se reirá de ella… ¡De veras! No lo harán…
– Vamos, ¿de dónde sacaron semejante idea? -exclamó June. Empezaba a preguntarse qué había acontecido exactamente arriba, pero sabía bien que no debía tratar de sonsacar a Jeff y Sally.- Bueno, ¿por qué no se van los dos y vuelven dentro de dos o tres días? Estoy segura de que Michelle se sentirá mucho mejor.
June observó a los dos niños que se alejaban bordeando el risco. Pudo verlos conversar animadamente. Cuando Jeff se volvió para mirar la casa, June lo saludó con un ademán, pero él sin hacerle caso, se apartó de manera casi culpable.
El ánimo de June, levantado por la aparición de Sally y Jeff, volvió a decaer. Subió la escalera para tener una charla con Michelle. Pero cuando estaba por entrar en la pieza de su hija, Jennifer comenzó de pronto a llorar. Por un momento, June se detuvo en la puerta de Michelle, indecisa. Al aumentar los alaridos de Jennifer, decidió ocuparse primero de la pequeña. Después enfrentaría a Michelle y tendría una charla con ella, una verdadera charla.
Michelle yacía en cama, con los ojos abiertos, clavados sin ver en el ciclorraso, escuchando.
Era más cercana, ahora, más cercana que nunca. Aún tenía que escuchar cuidadosamente para entender las palabras pero estaba perfeccionándose en eso.
Era una voz agradable, casi musical. Michelle estaba casi segura de saber de dónde venía.
Era la niña.
La niña del vestido negro. La que ella había visto primero en su sueño, luego aquel día en el cementerio. El día en que había nacido Jennifer.
Al principio la niña se había limitado a llamarla, clamando por ayuda. Pero ahora estaba diciendo otras cosas. Tendida en su cama Michelle escuchaba.
– Ellos no son tus amigos -canturreaba la voz-. Ninguna de ellos lo es.
– No le creas a Sally. Es amiga de Susan, y Susan te odia.
– Todos ellos te odian.
– Ellos te empujaron.
– Ellos te empujaron del sendero.
– Quieren matarte.
– Pero eso no sucederá. Yo no permitiré que suceda.
– Soy tu amiga y cuidaré de ti. Te ayudaré.
– Nos ayudaremos mutuamente…
La voz se apagó y Michelle advirtió un suave golpeteo en su puerta. Esta se abrió y entró su madre, sonriéndole, con Jennifer en los brazos.
– ¡Hola! ¿Cómo va todo?
– Bien, creo.
– ¿Fue linda la visita de Sally y Jeff?
– Creo que sí.
– Pensé que tal vez te gustaría saludar a tu hermanita.
Michelle contempló a la pequeña con rostro inexpresivo.
– ¿Qué vinieron a decirte Sally y Jeff? -insistió June, que empezaba a sentirse desesperada. Michelle apenas si respondía a sus preguntas.
– Poca cosa. Solo querían saludar.
– Pero debes haber hablado con ellos.
– En realidad, no.
Un pesado silencio cayó sobre la habitación. June se puso a juguetear con la manta de Jennifer mientras procuraba decidir qué táctica emplear con Michelle. Finalmente, de mala gana, se decidió.
– Bueno, creo que es tiempo de que salgas de la cama -dijo sin rodeos.
Por fin hubo una reacción de Michelle. Sus ojos pestañearon, y por un momento June pensó que se inundaban de temor. Se encogió todavía más bajo las cobijas.
– Pero no puedo… -empezó a decir.
Tranquilamente June la interrumpió.
– Por supuesto que puedes -dijo con soltura-. Sales de la cama todos los días. Y te conviene… Cuanto antes puedas abandonar la cama y empezar a ejercitarte, más pronto podrás volver a la escuela.
– Es que no quiero volver a la escuela -dijo Michelle. Ahora, de pronto, estaba sentada erguida, mirando a su madre con intensidad-. No quiero volver jamás a esa escuela. Todos me odian allí.
– No seas tonta -dijo June -. ¿Quién te dijo eso?
Michelle miró desesperadamente en torno como si buscara algo. Sus ojos fueron a posarse en su muñeca, sentada en su lugar habitual, junto a la ventana.
– Mandy -dijo-. ¡Amanda me lo dijo!
June quedó boquiabierta de sorpresa. Miró fijamente primero a Michelle, después a la muñeca. ¡Seguramente ella no creía que fuese real! No, imposible. Entonces June comprendió lo sucedido. Una amiga imaginaria. Michelle había inventado una amiga imaginaria para que le hiciera compañía. Y sin embargo, allí estaba la muñeca: sus ojos de vidrio, grandes y oscuros como los de Michelle, parecían ver a través de ella. June cerró la boca y se puso de pie.