Выбрать главу

– Entiendo -dijo con voz hueca-. Bien.

"Dios querido, ¿qué le está pasando?", pensó. "¿Qué nos está pasando a todos?" Tratando de ocultar su confusión y obligándose a sonreír a Michelle como si iodo estuviera bien, se puso de pie.

– Más tarde hablaremos de eso.

Inclinándose, besó ligeramente a Michelle en la mejilla. La única reacción de Michelle fue recostarse, de modo que otra vez quedó tendida en la cama.

Mientras June la observaba, toda expresión pareció borrarse del rostro de Michelle. Si sus ojos no hubieran permanecido abiertos, June habría jurado que se había dormido.

Apretando más a Jennifer contra sí, June abandonó la habitación retrocediendo con lentitud.

Cal llegó a casa al mediar la tarde, y se pasó el resto del día leyendo y jugando con Jennifer. Habló sólo brevemente con June y no subió para nada al cuarto de Michelle.

Cuando June terminó de poner la mesa para cenar y se disponía a llamar a Cal a la cocina, se le ocurrió una idea. Sin detenerse a reflexionar sobre ella, se dirigió a la sala de recibo, donde estaba sentado Cal con Jennifer en las rodillas.

– Haré que Michelle baje para cenar -anunció.

Notó que Cal se sobresaltaba, pero se repuso con rapidez.

– ¿Esta noche? ¿A qué viene esto?

Su voz fue cautelosa y June se preparó para otra discusión.

– Ella está pasando demasiado tiempo sola. Tú nunca subes a verla…

– Eso no es cierto -empezó a protestar Cal, pero June no lo dejó terminar.

– No se trata de si es cierto o no. Se trata de que ella está pasando demasiado tiempo sola, compadeciéndose, y no voy a permitir que eso continúe. Voy a subir y a decirle que se ponga su bata y que baje. Y no aceptaré una respuesta negativa.

Tan pronto como June salió de la habitación, Cal puso a Jennifer en la cuna extra que habían instalado en la sala de recibo y se preparó un trago. Cuando regresó June, él ya lo había bebido y había empezado otro, que se llevó consigo cuando June lo llamó a la mesa.

Permanecieron sentados en silencio, aguardando a Michelle. Mientras el reloj del pasillo seguía con monótono su tic-tac, Cal empezó a retorcer su servilleta.

– ¿Cuánto tiempo vas a esperar? -preguntó.

– Hasta que baje Michelle.

– ¿Y si no baja?

– Lo hará -dijo June con firmeza-. Sé que vendrá.

Pero interiormente no sentía la seguridad que sugerían sus propias palabras.

Los minutos transcurrieron con lentitud. June tuvo que esforzarse para permanecer sentada, para no subir, para no rendirse. Y entonces comprendió.

Tal vez Michelle no podía bajar. Levantándose de la mesa, corrió al pasillo.

En lo alto de la escalera Michelle, con su bata apretada alrededor de la cintura, oprimía la balaustrada con una sola mano, mientras con la otra probaba con su bastón el escalón más alto.

– ¿Puedo ayudarte? -ofreció June.

Michelle la miró; luego sacudió la cabeza al responder:

– Yo lo haré. Lo haré yo sola.

De pronto June sintió liberarse la tensión que se había venido acumulando en ella. Pero luego cuando Michelle volvió a hablar, el nudo de miedo que la había tenido sujeta toda la tarde se ajustó de nuevo, más apretado que nunca.

– Mandy me ayudará -dijo Michelle con voz queda-. Ella me lo dijo.

Con sumo cuidado, Michelle empezó a bajar la escalera.

CAPITULO 12

El sol matinal, chisporroteante de luminosidad otoñal, penetraba a raudales por las ventanas del estudio, introduciéndose con sus rayos en cada rincón, dotando con su brillo de un nuevo estado de ánimo a la tela que había sobre el caballete. June la había empezado varios días atrás. Reproducía el panorama visto desde el estudio. Pero era triste, sombrío, volcado en densos matices azules y grises que reflejaron con fidelidad su propio estado de ánimo durante las últimas semanas. Pero esa mañana, inundada de sol, sus colores parecían haber cambiado, reavivándose, captando el regocijo de un viento que repentinamente soplaba con fuerza, agitando la caleta en un día oscuro. Introduciendo su pincel en pintura blanca, June empezó a agregar burbujas al hirviente mar que veía en su tela.

En un rincón del estudio, Jennifer permanecía acostada en su cunita, murmurando y borboteando en su sueño, aferrando su cobija con sus manos diminutas, June se apartó de su labor el tiempo suficiente para sonreír a Jenny. Cuando estaba por volver a la tela, un movimiento afuera atrajo su mirada.

Dejando a un lado su paleta y su pincel, se acercó a la ventana y miró afuera.

Pesadamente apoyada en un bastón, Michelle se encaminaba hacia el estudio. Mirándola, June trató de controlar su emoción, luchando contra un impulso casi avasallador de acudir a Michelle, de ayudarla.

El dolor que sentía Michelle estaba profundamente escrito en su rostro: sus rasgos, parejos y delicados, se fruncían en una máscara de concentración mientras se obligaba a seguir avanzando constantemente, moviendo su pierna derecha sana con facilidad, casi con prisa, mientras su pierna izquierda se arrastraba atrás, de mala gana, como atascada en el fango, impulsada a pura fuerza de voluntad.

June sintió brotarle lágrimas en los ojos. El contraste entre esta niña frágil que cojeaba valerosamente hacia ella, y la Michelle robusta, ágil, de apenas unas semanas atrás, la desgarraba.

"No lloraré", se dijo. "Si Michelle puede soportarlo, yo también". De manera extraña, June extraía fuerzas del cuerpo contorsionado por el dolor que se acercaba sin detenerse. Después, sintiéndose de pronto avergonzada por observar a Michelle volvió a su caballete. Cuando, pocos minutos más tarde, Michelle apareció en la puerta, June pudo fingir sorpresa,

– ¡Vaya, miren quién vino! -exclamó, forzando su voz hasta un nivel de alegría que no sentía. En un movimiento, dio un paso hacia Michelle, pero ésta sacudió la cabeza.

– Lo conseguí -dijo triunfante, depositándose en la banqueta de June, de modo que su pierna izquierda colgaba casi rígida hasta el suelo. Suspiró con fuerza; luego sonrió a su madre, con el rostro brevemente iluminado por un rastro de su antiguo humor-. Si me diera prisa, apuesto a que hubiera podido hacerlo el doble de rápido.

– ¿Duele terriblemente? -preguntó June, dejando caer su máscara de alegría.

Michelle pareció meditar cuidadosamente su respuesta; June se preguntó si iba a oír la verdad o alguna evasión eme Michelle pensara que tal vez a ella le gustara escuchar.

– No tanto como ayer -dijo Michelle.

– No estoy segura de que debías haber tratado de venirte hasta aquí…

– Necesitaba hablar contigo -explicó Michelle.

Su rostro se puso serio; movió su peso en el taburete. Aun este ligero movimiento le causó agudas puntadas de dolor. Dio un leve respingo, esperando a que pasara el espasmo antes de hablar de nuevo.

– ¿De que se trata? -preguntó finalmente June.

– No… no estoy segura. Es…

Titubeó un momento; después sus ojos se humedecieron y una lágrima empezó a correrle lentamente por la mejilla. Con rapidez, June rodeó con sus brazos a Michelle y la estrechó diciendo;

– ¿Que pasa, querida? Dímelo, por favor.

Michelle hundió la cara contra su madre, mientras los sollozos sacudían de pronto su cuerpo. Con cada sollozo, June podía sentir que el cuerpo de Michelle se ponía tieso por el dolor que sentía en la cadera. Durante varios minutos June la sostuvo, hasta que lentamente la tortura de Michelle pasó.

– ¿Tan fuerte es? ¿Tanto te duele? -inquirió June, ansiando que hubiera algún modo de tomar sobre sí el dolor.

Pero Michelle sacudía la cabeza negativamente.

– Es papá -dijo por fin.

– ¿Papá? ¿Que hay con él?

– Ha… ha cambiado -dijo Michelle suavemente, tan suavemente que June tuvo que esforzarse para oírla.