– ¿Que ha cambiado? -repitió June-. ¿De qué manera?
Pero al mismo tiempo que hacía esa pregunta supo la respuesta.
– Desde que me caí -empezó Michelle, pero entonces se desató en ella otra tempestad de llanto-. Ya no me quiere más -gimió-. Desde que me caí, él no me quiere.
June la acunó con dulzura, procurando consolarla.
– No, querida, eso no es cierto, tú sabes que no es cierto. El te quiere mucho, muchísimo.
– Pues no lo parece -sollozo Michelle-. El… él ya nunca juega conmigo, ni me habla, y cuando trato de hablarle… se va a otra parte.
– Vamos, eso no es cierto -dijo June, aunque sabía que lo era.
Había temido ese momento, segura de que tarde o temprano Michelle se daría cuenta de que algo le había sucedido a Cal y que tenía que ver con ella. Sintió que Michelle temblaba en sus brazos, aunque el estudio era cálido.
– Es cierto -decía Michelle con su voz apagada en los pliegues de la blusa de June-. Esta mañana le pregunté si podía ir al consultorio con él. ¡Yo solo quería sentarme en la sala de recibo y leer las revistas! Pero no me lo permitió.
– Estoy segura de que no fue porque no quisiera tenerte con él -mintió June-. Probablemente tuviera un día muy atareado y no creyó tener mucho tiempo para ti.
– Nunca tiene tiempo para mí. ¡Ya no!
Sacando un pañuelo de su bolsillo, June secó los ojos de Michelle.
– Te propongo algo -dijo-. Esta noche hablaré con él y le explicaré que para ti es importante salir de la casa, entonces quizás él te lleve mañana. ¿De acuerdo?
Michelle aspiró un poco por la nariz, se la sonó en el pañuelo y se encogió de hombros.
– Tal vez -respondió enderezándose y tratando de sonreír-. El me quiere todavía, ¿verdad?
– Por supuesto que sí -volvió a asegurarle June-. Estoy segura de que no ocurre nada malo. Ahora hablemos de otra cosa -agregó, buscando rápidamente en su cerebro-. Como la escuela, por ejemplo. ¿No te parece que ya es tiempo de que pienses en volver?
Michelle sacudió la cabeza, indecisa.
– No quiero volver a la escuela. Todos se reirán de mí. Siempre se ríen de los inválidos.
– Tal vez lo hagan al principio -admitió June-. Pero tú simplemente presentas la otra mejilla y no haces caso. Además, no eres inválida. Tan solo cojeas un poco. Y pronto ni siquiera cojearás más.
– Sí -respondió con calma Michelle-. Cojearé durante el resto de mi vida.
– No -protestó June-. Te pondrás bien, estarás perfectamente.
– No, no es verdad -replicó Michelle sacudiendo la cabeza mientras penosamente se ponía de pie-. Me acostumbraré, pero no estaré perfectamente. ¿Puedo salir a caminar?
– ¿A caminar? -repitió June, dudando-. ¿Dónde?
– Bordeando el risco. No iré muy lejos -repuso la niña, escudriñando el rostro de su madre-. Si voy a volver a la escuela, mejor será que practique, ¿verdad?
¿Volver a la escuela? Un minuto antes había dicho que no quería volver a la escuela. Llena de confusión, June aprobó con un movimiento de cabeza.
– Por supuesto. Pero ten cuidado, preciosa. Y por favor, no intentes bajar a la playa, ¿de acuerdo?
– No lo haré -prometió Michelle.
Se dirigía a la puerta del estudio cuando de pronto se detuvo, con los ojos fijos en la mancha del suelo-. Creí que esto había desaparecido.
June sacudió la cabeza.
– Lo intentamos, pero no salió. Tal vez si yo supiera qué es…
– ¿Por qué no le preguntas al doctor Carson? Probablemente lo sepa.
– Quizá lo haga -replicó June-. ¿Cuánto tiempo estarás ausente?
– Todo el que sea necesario -dijo Michelle. Apoyándose en su bastón, salió lentamente al sol.
Con la mirada fija en el cielorraso, Josiah Carson se pasó una mano por la espesa cabellera casi blanca, mientras con la otra tamborileaba sobre el escritorio que tenía delante. Como siempre cuando estaba solo, pensaba en Alan Hanley.
Las cosas habían ido bien hasta ese día en que Alan había caído del techo. ¿O acaso no había caído?
Josiah estaba seguro de que no. En el transcurso de los años, demasiadas cosas habían ocurrido en su casa, demasiadas personas habían muerto.
Con la mente volvió a su esposa, Sarah, y a los días en que la vida le había parecido perfecta. El y Sarah iban a tener una familia… una gran familia… pero no había resultado así. Sarah había muerto dando a luz a su hija. No debía haber muerto… no existían motivos para eso. Había estado sana. El embarazo había sido fácil, pero al nacer su hija, Sarah había muerto. Josiah había sobrevivido a la pérdida volcando su amor en su hija, la pequeña Sarah. Y entonces, cuando Sarah tenía exactamente doce años, había sucedido aquello.
Carson no sabía aún cómo había sucedido.
Una mañana bajó la escalera y abrió el enorme refrigerador empotrado en la cocina.
En el suelo, sosteniendo una muñeca que Josiah nunca había visto antes, encontró a su hija muerta.
¿Por qué había entrado en el refrigerador? Josiah nunca lo supo.
Sepultó a la pequeña Sarah y con ella sepultó a la muñeca.
Después de eso había vivido solo y al transcurrir los años, más de cuarenta, había empezado a creer que estaba a salvo, que nada más iba a suceder, y entonces Alan Hanley había caído.
En su fuero interno estaba convencido de que Alan no había perdido simplemente pie. No: había algo más que eso, y la prueba era la muñeca.
La muñeca que él había sepultado junto con su hija.
La muñeca que él había encontrado bajo el quebrado cuerpo de Alan.
La muñeca que Michelle Pendleton le había mostrado.
Josiah hubiera querido hablar con Alan sobre la muñeca, pero el muchacho nunca había recobrado el sentido: Cal Pendleton lo había dejado morir.
Lo había matado, en realidad.
Si Cal no lo hubiera matado, Josiah habría podido averiguar lo que realmente había sucedido aquel día en el tejado… lo que Alan había visto, sentido y oído. Habría podido averiguar qué estaba sucediendo en su casa. Qué le había sucedido a su familia. Ahora nunca lo sabría. Cal Pendleton le había arruinado esa posibilidad.
Pero él se desquitaría.
Ya estaba empezando a desquitarse.
Había sido tan fácil, una vez que descubrió cuan culpable se sentía Cal respecto de Alan. A partir de allí, fue fácil. Venderle la casa. Venderle la clientela. Había dado resultado.
El había introducido a Cal Pendleton en la casa y la muñeca estaba de vuelta.
Ahora la hija de Cal tenía la muñeca.
Y lo que estaba ocurriendo, fuera lo que fuese, ya no le estaba ocurriendo a los Carson.
Ahora le estaba ocurriendo a los Pendleton.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por ruido de voces que venían de la sala de examen, contigua al consultorio donde Cal estaba examinando a Lisa Hartwick.
Cal había tratado de eludir el examen de Lisa, pero Josiah no se lo había permitido. Sabía lo asustado que Cal estaba ahora de los niños, que tenía la sensación, razonable o no, que cualquier cosa que él hiciera con un niño iba a ser errónea y que él iba a dañar al niño.
Josiah Carson comprendía estos sentimientos.
En la sala de examen, Lisa Hartwick miraba a Cal fijamente, con ojos desconfiados casi ocultos por un flequillo castaño claro. Cuando él le pidió que abriera la boca, la niña se enfurruñó.
– ¿Para qué?
– Para que pueda verte la garganta -le dijo Cal-. Si no puedo verla, no podré saber por qué te duele, ¿no te parece?
– No me duele, solo se lo dije a papá para no tener que ir a la escuela.
Cal dejó de lado el bajalengua; mientras una sensación de alivio lo inundaba. Con esta niña, por lo menos, no había amenaza inmediata. Sin embargo, no era la niña más simpática con la que se había encontrado en su vida. A decir verdad, descubrió que le desagradaba intensamente.