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– Entiendo – respondió-. ¿No te agrada la escuela?

Lisa se encogió de hombros.

– No está mal. Solo que no soporto a esos chicos engreídos de por acá. Si alguien no nació aquí, nunca quieren ser sus amigos.

– Oh, no sé -replicó Cal-, Michelle se ha hecho algunos amigos.

– Eso es lo que ella cree. Espere a que vuelva a la escuela -dijo Lisa. Luego ladeando la cabeza, contempló impertinentemente a Cal-. ¿Es cierto que no puede caminar?

Cal se sintió enrojecer. Cuando respondió, su voz fue áspera.

– Ella puede caminar muy bien. No le pasa nada grave, y muy pronto estará como nueva. Simplemente se golpeó un poco.

Sabía que estaba mintiendo, pero no podía evitarlo… las cosas se hacían más fáciles si fingía que Michelle iba a quedar bien. Y tal vez -solo tal vez- fuera así.

– Pues, no es eso lo que oí decir -comentó Lisa mientras bajaba de la mesa de examen. Su expresión cambió de pronto, apareciendo en su rostro una vulnerabilidad que Cal no había visto desde su aparición en el consultorio-. Tampoco yo tengo madre -dijo con suavidad.

Por un momento Cal no supo bien a qué se refería. Pero luego comprendió.

– Pero Michelle tiene madre -dijo-. Nosotros la adoptamos cuando era muy pequeña.

– Oh, -exclamó Lisa, y Cal creyó ver desilusión en sus ojos.

– Sin embargo -continuó Cal sin alterarse, supongo que ustedes dos tienen algunas cosas en común. Ninguna de las dos nació aquí y aunque Michelle es huérfana del todo, tú lo eres a medias, ¿verdad? Quizá deberías ir a visitar a Michelle alguna vez. -Deliberadamente dejó la sugerencia flotando en el aire. Por un momento creyó que Lisa iba a recogerla, pero no lo hizo del todo.

– Es posible que lo haga -dijo con poco entusiasmo-. Pero también es posible que no.

Antes de que Cal pudiera responder a su grosería, ella se había marchado.

Cuando Cal entró en el consultorio que ambos compartían, Josiah Carson fingió estar absorto en una revista médica. Solo levantó la mirada cuando Cal estuvo sentado junto a su improvisado escritorio.

– ¿Todo fue bien? -preguntó.

– Es una niña difícil -respondió Pendleton, encogiéndose de hombros.

– Es una mocosa -afirmó Carson. -Bueno, la vida no es fácil para ella.

– La vida no es fácil para ninguno de nosotros -dijo intencionadamente Josiah.

Cal dio un respingo visible; luego buscó la mirada de Carson.

– ¿Qué se supone que signifique eso?

El anciano doctor se encogió de hombros aparatosamente.

– Interprételo como quiera.

Fue como si hubiera sacado un tapón. Cal se desplomó en su sillón con ojos tan faltos de vida como su postura. Miró lúgubremente a Carson.

– Josiah, ¿qué voy a hacer? No puedo hacer frente a Michelle, no puedo hablar con ella, no puedo ni siquiera tocarla. Constantemente pienso en Alan Hanley, y me pregunto qué error cometí, y qué error cometí con ella.

– Todos nos equivocamos, Cal -respondió Josiah-. No podemos culparnos por demostrar un mal criterio bajo presión. Simplemente debemos aceptar nuestras limitaciones y vivir con ellas.

Hizo una pausa, procurando evaluar la reacción de Cal. Tal vez lo hubiese empujado demasiado lejos. Pero Cal lo estaba observando, concentrándose en lo que él decía. Josiah sonrió y tomó otro rumbo.

– Quizá sea todo culpa mía. Seguramente lo sucedido a Michelle es culpa mía. Si yo no le hubiera vendido esa casa maldita…

Cal lanzó a Josiah una mirada penetrante.

– ¿"Casa maldita"? ¿Por qué dijo usted eso?

Josiah se agitó en su sillón.

– Probablemente no debí decirlo. Llámelo un desliz de la lengua.

Pero Cal no se dejó convencer.

– ¿Hay algo que yo debería saber acerca de esa casa?

– En realidad, no -dijo cuidadosamente Carson-. Tal vez yo crea simplemente que es una casa desdichada. Primero Alan Hanley. Ahora Michelle… -Su voz se apagó.

Cal lo miró con fijeza, sintiéndose estafado. Amaba a esa casa, cada día más, y no quería oír nada malo sobre ella.

– Lamento que se sienta usted así -dijo-. Para mí es una buena casa.

Se quitó la chaqueta blanca dispuesto a irse para almorzar. Estaba en la puerta cuando de pronto se volvió.

– Josiah -dijo. Carson lo miró inquisitivamente.- Josiah, solo quiero que usted sepa… agradezco todo lo que hizo por mí. No sé cómo habría pasado por todo esto sin usted. Me considero muy afortunado de tener un amigo como usted.

Luego, turbado por sus propias palabras, Cal abandonó de prisa el consultorio.

De nuevo solo, Carson volvió a pensar en las palabras que habían atraído la atención de Cal Pendleton.

"Casa maldita".

“Y eso es lo que es", pensó. En su mente surgió una imagen, la imagen de una mancha escondida en el suelo del cobertizo.

Una mancha que nadie había logrado eliminar jamás.

Una mancha que lo había perseguido toda su vida. Irracionalmente, estaba convencido de que se conectaba de algún modo con la muñeca de Michelle Pendleton.

Ahora, estaba seguro de que perseguiría a los Pendleton.

A decir verdad, ya estaba empezando.

Josiah Carson no pretendía saber con exactitud qué tenía esa casa que hacía que ocurrieran cosas a las personas que allí vivían, pero tenía sus sospechas. Y estaba empezando a parecerle que sus sospechas eran acertadas. Para Michelle ya había empezado. Y seguiría más, y más, y más…

De pie en el cementerio, inmóvil, Michelle contemplaba con fijeza la diminuta piedra con una sola palabra escrita:

AMANDA

Procuró tener la mente en blanco, como si dejando afuera sus pensamientos pudiera oír mejor la voz. Dio resultado.

Pudo oír la voz, lejana, pero acercándose.

Al aproximarse la voz, la brillante luz del sol se esfumó y la niebla del mar se cerró alrededor de ella.

Pronto Michelle tuvo la sensación de hallarse sola en el mundo.

Entonces, como si algo la hubiera tocado, supo que no estaba sola.

Se volvió. De pie tras ella vio a la niña.

Su negro vestido llegaba casi hasta el suelo. Y su cabeza estaba cubierta por un gorro. Sus ciegos ojos lechosos estaban fijos en Michelle. Sonreía.

– Tú eres Amanda -sugirió Michelle. Sus palabras flotaron en la niebla, ahogadas. Luego la niña asintió con la cabeza.

– Te estuve esperando. -La voz era suave, musical y tranquilizadora para Michelle.- Estuve esperándote mucho tiempo. Voy a ser tu amiga.

– Yo… yo no tengo amigos -murmuró Michelle. -Lo sé, tampoco yo tengo amigos. Pero ahora nos tendremos la una a la otra y todo será perfecto.

Michelle permaneció inmóvil contemplando la extraña aparición en la niebla, vagamente asustada. Pero las palabras de Amanda la atraían y consolaban. Y ansiaba tener una amiga.

Silenciosamente, aceptó a Amanda.

CAPITULO 13

– Bueno, ¿seguro que estarás bien?

– Si necesito ayuda te llamare o lo hará la señorita Hatcher o alguien -respondió Michelle.

Abrió la portezuela del automóvil, posó el pie derecho en la acera, se apoyó en el bastón y se irguió. Ansiosamente June la observó tambalear, pero Michelle recobró el equilibrio con rapidez y cerró la portezuela con fuerza. Sin saludar con un gesto ni una palabra, comenzó a cojear lentamente hacia el edificio escolar. June se quedó donde estaba, mirando, incapaz de alejarse hasta que Michelle estuvo adentro del edificio.

Cuidadosamente, tomándose de la barandilla con la mano izquierda, mientras con la derecha manejaba el bastón, Michelle subió los peldaños, apoyando primero el pie derecho, luego arrastrando la pierna izquierda detrás de sí. El procedimiento era lento, pero constante. Cuando hubo llegado a lo alto de los siete escalones, se volvió, saludó con un ademán a su madre y luego entró en la escuela. Suspirando, June puso en marcha el automóvil y se apartó de la acera.