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Durante el trayecto a casa, rezó porque todo fuese bien. Y sintiendo una punzada de remordimiento, empezó a pensar con agrado en pasar un día -todo un día- con su hijita y su trabajo.

Corinne Hatcher había iniciado ya la lección cuando se abrió la puerta y apareció Michelle, apoyada en su bastón, con expresión indecisa, como si acaso estuviera en el aula equivocada. La clase quedó silenciosa. Los alumnos se movieron en sus asientos para mirarla con fijeza.

Tratando de no hacerles caso, Michelle avanzó cojeando, sin apartar sus ojos de su mesa: el asiento vacío en la fila de adelante, entre Sally y Jeff que evidentemente se había reservado para ella. Cuando llegó al asiento y cuidadosamente se depositó en él, se permitió mirar a la señorita Hatcher y sonreír, diciendo con timidez:

– Lamento llegar tarde.

– Está bien -la tranquilizó Corinne-. Ni siquiera hemos empezado. Me alegro mucho de que hayas vuelto. ¿Nadie quiere saludar a Michelle?

Miró a la clase con expectativa. Al cabo de un momento, empezó un murmullo, cuando cada niño, sin saber bien que se esperaba de el, masculló un saludo. Estirándose sobre su pupitre, Sally Carstairs apretó la mano de Michelle, pero esta se apresuró a retirarla. Oyó que del otro lado Jeff le hablaba, pero cuando se volvió hacia él vio que Susan Peterson le daba un codazo y rápidamente apartó la mirada. Michelle sintió que la cara se le enrojecía de vergüenza.

No podía concentrarse en sus lecciones. En cambio, estaba terriblemente conciente de los demás niños, sintiendo que sus ojos le perforaban la espalda, oyendo sus cuchicheos, tan bajos que ella no podía distinguir las palabras.

Por un rato Corinne Hatcher pensó interrumpir la lección, encarar de frente la cuestión del accidente de Michelle, pero descartó tal idea, sería demasiado embarazoso para Michelle. Por eso continuó, procurando que los niños pensaran en su tarea y no en su condiscípula. Al sonar la campana del primer recreo, Corinne, aliviada, dejó salir a los alumnos. Todos, salvo Michelle.

Cuando el aula quedó vacía, excepto ellas dos, acercó su silla al pupitre de Michelle.

– No fue tan malo, ¿verdad? -preguntó, con toda la naturalidad posible. Michelle la miró con cxtrañeza como si no entendiera la pregunta.

– ¿Qué cosa?

– Pues… pues tu primera mañana en la escuela.

– Está muy bien -dijo Michelle-. ¿Por qué no iba a estarlo?

En su voz había un tono altivo que desconcertó a Corinne. Era como si Michelle la estuviera desafiando a hablar sobre los cuchicheos que habían impregnado el aula durante las dos últimas horas.

– Quizá deberíamos repasar algo de las tareas que te perdiste -decidió, invitando a Michelle. Si ésta no quería hablar sobre la reacción de la clase hacia ella, no se hablaría.

– Puedo adelantar sola -dijo Michelle-. ¿Me permite ir a la sala de descanso?

Corinne miró con fijeza a la niña, tan serena, tan aparentemente segura de sí. Pero no debería estarlo… debería estar nerviosa, debería estar sintiéndose insegura, debería estar inclusive llorando… pero no debería estar preguntando si podía ir a la sala de descanso. Suprimiendo las preguntas que inundaban su mente y deseando que Tim Hartwick estuviese allí ese día, Corinne observó a Michelle que iba hacia la puerta. Corinne Hatcher estaba muy preocupada.

Michelle quedó complacida al encontrar desierto el pasillo… por lo menos no había nadie que la viera avanzar con lentitud hacia el excusado, golpeando el suelo de madera con su bastón.

Deseaba poder desaparecer.

Se estaban riendo de ella tal como ella pensó que lo harían.

Sally apenas si le había hablado y los demás no habían sabido qué decir.

Pero ella no se rendiría ante ellos.

Abrió la puerta y entró en la sala de descanso, donde se miró con fijeza al espejo, preguntándose si el dolor se evidenciaba en su cara.

Era importante que no se notara, que nadie supiera cómo se sentía, cuánto era el dolor.

Cuan enfurecida estaba ella.

Especialmente contra Susan Peterson.

Susan había dicho algo a Jeff.

Le había dicho algo que impidió que el le hablara a Michelle.

Amanda tenía razón… no eran sus amigos, ya no. Después de lavarse la cara Michelle se miró al espejo.

– No importa -dijo en voz alta-. No los necesito. Amanda es mi amiga. ¡Al infierno con ellos!

Luego, sorprendida por haber utilizado esa blasfemia, dio un paso hacia atrás y estuvo a punto de caer. Tomándose del borde del fregadero, se sostuvo. Una oledada de frustración la inundó y quiso llorar, pero no quería darse por vencida… "Yo les enseñaré", prometió en silencio. "Les enseñaré a todos".

Penosamente emprendió el regreso al aula.

Después del recreo algo cambió en el aula. El cuchicheo cesó y los niños parecieron ocupar sus mentes en sus tareas.

Salvo que de vez en cuando uno de los niños miraba a escondidas, primero a Michelle, luego a Susan Peterson. Si dichas niñas percibieron lo que estaba ocurriendo, no dieron señales de ello.

Sally Carstairs estaba pasando un mal rato. Cada pocos minutos apartaba la vista de su tarea, miraba a Michelle, luego, rápidamente, miraba tanto a Michelle y Jeff Benson como a Susan Peterson. Cuando sus miradas se encontraron, Susan apretó los labios y sacudió la cabeza casi imperceptiblemente. Sally volvió a su trabajo, mientras su rostro se ruborizaba de culpa.

Cuando sonó la campana de la merienda, ni siquiera Sally Carstairs esperó a Michelle. En cambio, en pocos segundos el aula quedó vacía, salvo Michelle y Corinne. Michelle buscó su cartapacio bajo su pupitre y sacó su merienda. Luego se incorporó, disponiéndose a salir del aula.

– ¿Por qué no te quedas y comes conmigo? -sugirió Corinne.

Por un breve instante, Michelle vaciló. Luego sacudió la cabeza diciendo:

– Iré afuera.

– ¿Estás segura? -insistió Corinne. Michelle asintió con la cabeza.

– Me sentaré en lo alto de la escalera, desde donde puedo ver todo. -Estaba casi fuera del recinto cuando de pronto se detuvo y se volvió haciendo frente a Corinne -. Poder ver es importante. ¿Lo sabía usted, señorita Hatcher?

Sin esperar respuesta, Michelle salió del aula.

Michelle estaba sentada en el escalón más alto, con la pierna izquierda rígidamente extendida, la derecha recogida contra el pecho. Con la barbilla apoyada en la rodilla derecha, observaba a los niños que estaban en el patio de la escuela.

Bajo el arce grande podía ver a sus propios condiscípulos, Susan, Jeff y Sally… todos… apiñados en un grupo.

Estaban hablando de ella. Y ella lo sabía.

En particular Susan Peterson.

Michelle podía verla, inclinándose para susurrar algo al oído de alguien; después los dos, Susan y la persona a quien había hablado, mirando a Michelle y riendo por lo bajo.

En una ocasión, Susan empezó a decir algo a Sally, pero Sally se limitó a mover la cabeza e inmediatamente se puso a hablar con otra persona.

Michelle se obligó a no mirarlos más. Sus ojos recorrieron el campo de juego. Allá, junto a la cerca de atrás, algunos alumnos de cuarto grado jugaban a la pelota; Michelle sintió una punzada de envidia al mirarlos correr. Ella solía jugar antes a la pelota. Había sido una de las corredoras más veloces de su escuela.

Pero eso había sido antes.

Del otro lado del patio, cerca de la entrada, Michelle vio a Lisa Hartwick sentada sola. Durante un segundo deseó que Lisa se acercara y se sentara en los escalones con ella, pero entonces recordó… los otros niños no simpatizaban con Lisa, y aun cuando no le hablaban, no iba a empeorar las cosas mostrándose amistosa con ella.

Cerca de ella, al pie de los escalones, tres niñas -que tal vez tuvieran ocho años- estaban absorbidas en una partida de boliche, sin advertir la presencia de Michelle. Esta contempló la partida por un rato, recordando cuando ella tenía esa edad. Jamás había sido hábil para el boliche… las pequeñas piezas siempre se le habían resbalado entre los dedos. Y sin embargo, ese juego no requería correr, ni saltar, ni ninguna de las cosas que Michelle ya no podía hacer. Tal vez si les pidiera…