Sonó la campana. La hora de la merienda había terminado.
Poniéndose de pie, Michelle volvió a entrar en el edificio. Se aseguró de ser la primera en entrar al aula. Tan pronto como entró, se deslizó en un asiento situado al fondo del salón.
Un asiento, donde ninguno de ellos pudiera verla, a menos que se dieran vuelta y la miraran francamente.
Pero ella sí podría verlos.
Vigilarlos.
Saber quien se estaba riendo de ella…
Cuando sonó la campana de las tres y diez, Corinne Hatcher volvió a pedirle a Michelle que esperara, y le hizo señas de que se acercara a su escritorio, al frente del salón vacío.
– Quiero pedir disculpas en nombre de la clase.
Michelle permanecía inmóvil frente a ella, inexpresiva, con el rostro hecho una máscara de indiferencia.
– ¿Disculpas? ¿Porqué?
– Por el modo en que te trataron hoy. Fue muy grosero.
– ¿Lo fue? No me di cuenta de nada respondió Michelle con voz inexpresiva.
Reclinándose en su silla, Corinne golpeteó el escritorio con un lápiz.
– Noté que no merendabas con tus amigos.
– Ya le dije… era más fácil no tratar de bajar los escalones. ¿Puedo irme ahora? Hay una larga caminata hasta mi casa.
– ¿Irás caminando? -Corinne quedó espantada. Michelle no podía ir caminando… era demasiado lejos. Pero la niña asentía tranquilamente.
– Me hace bien -dijo afablemente. Corinne advirtió que ahora, cuando el tema nada tenía que ver con sus condiscípulos, Michelle parecía serenarse.- Además, me gusta caminar. Y ahora que no puedo caminar tan rápido como solía hacerlo, veo mucho más. Se sorprendería usted.
En la mente de Corinne resonaron las palabras de Michelle: ”Es importante ver".
– ¿Que ves? -preguntó la maestra.
– Oh, toda clase de cosas. Flores, y árboles y rocas… cosas así. -Bajó un poco la voz.- Cuando se está solo, realmente se mira todo.
Corinne sintió mucha tristeza por Michelle. Cuando habló su voz reflejó sus emociones.
– Sí -dijo-, estoy segura de que es así.
Se puso de pie y comenzó a juntar sus cosas. Caminando muy despacio para que Michelle pudiera seguirla, salió del salón y cerró con llave la puerta.
– ¿Estás segura de que yo no podría llevarte a casa? -ofreció Corinne cuando llegaron a los escalones delanteros.
– No, gracias. De veras estaré perfectamente.
Michelle parecía distraída: sus ojos exploraron el patio de la escuela, como si buscara a alguien.
– ¿Alguien te iba a acompañar?
– No… no, solo pensé… – Michelle calló, se interrumpió y empezó a bajarlos peldaños-. Hasta mañana, señorita Hatcher, dijo por sobre el hombro.
Al llegar al pie de la escalera, se colgó del hombro su cartapacio y cojeó hacia la acera.
Corinne Hatcher la observó hasta verla desaparecer al doblar la esquina; luego se encaminó hacia su automóvil.
"El habría podido esperarme", pensó amargamente Michelle.
Caminaba lo más rápido posible, pero no tardó en dolerle la cadera, obligándola a disminuir el paso.
Trató de no pensar en Jeff Benson, pero mientras caminaba, cada cosa que veía le recordaba los días en que habían vuelto a casa caminando juntos. Ahora, pensó, probablemente haya acompañado a casa a Susan Peterson.
Dejando atrás el poblado, tomó por el camino, permaneciendo bien lejos del empedrado. Aunque el sendero era áspero y resultaba más fácil caminar por el pavimento, sabía que no podría apartarse si llegara un automóvil… el sendero era mucho más seguro.
Se detenía cada pocos metros, en parte para descansar, pero también para mirar alrededor, para examinar todo cuidadosamente, como si lo estuviera viendo por primera vez, o quizá por última vez. Una o dos veces se quedó totalmente inmóvil, cerró bien los ojos y procuró imaginarse cómo sería estar ciega. Con el bastón hurgaba los objetos en torno a ella, viendo si podía identificarlos por el contacto.
Casi nunca lo conseguía.
"Sería espantoso", pensó. Ser ciego sería la cosa más espantosa del mundo.
Estaba casi a mitad del trayecto cuando oyó una voz que la llamaba.
– Michelle… ¡oye, Michelle, espérame!
Estoicamente, sin hacer caso de aquella voz, Michelle siguió andando. Un minuto más tarde, Jeff Benson la alcanzo.
– ¿Por qué no esperaste? -la interrogó-. ¿No me oíste acaso?
– Te oí.
– Pues ¿por qué no te detuviste?
– ¿Por que tú no me esperaste después de la escuela? -replicó a su vez Michelle.
– Prometí a Susan que la acompañaría.
– ¿Y sabías que podías alcanzarme?
Jeff enrojeció al responder:
– No dije eso.
– No era necesario -hubo un silencio y Michelle prosiguió su camino, mientras Jeff le seguía el paso-; si quieres irte a casa no hace falta que me esperes – agregó ella.
– No tengo inconveniente.
Siguieron caminando. Michelle deseaba que Jeff se marchase, finalmente se lo dijo.
– iMe haces sentir como si fuera un fenómeno! exclamó-. ¿Por que no te vas a casa y me dejas tranquila?
Jeff se detuvo de pronto, mirándola extrañado. Abrió la boca, luego la volvió a cerrar. Se le enrojeció la cara y se le crisparon los puños.
– Bueno, si eso es lo que piensas, tal vez lo haga -dijo por fin.
– ¡Me alegro!
Michelle sintió que las lágrimas le brotaban en los ojos y por un momento temió llorar. Pero entonces Jeff se apartó de ella y se alejó rápidamente. Cuando estaba a pocos metros de distancia, de pronto miró atrás, saludó con la mano y echó a correr. Para Michelle fue como una bofetada.
Jeff entró ruidosamente en su casa, gritando para comunicar a su madre que había vuelto. Arrojó los libros sobre una mesa y entró en la sala de recibo donde se dejó caer en el sofá, apoyando los pies en la mesita baja. ¡Esas niñas! ¡Que fastidiosas eran!
Primero Susan Peterson diciéndole que no debía hablar más con Michelle: luego Michelle diciéndole que no quería que la acompañara más. Era una locura simplemente. Miró por la ventana.
Allí estaba ella, totalmente sola. Jeff vio que Michelle pasaba frente a su casa y se disponía a pasar frente al cementerio. De pronto se detuvo y clavó la vista en el camposanto. Como si estuviese observando algo. Pero no había nada que observar. Para Jeff el cementerio tenía el mismo aspecto de siempre… tapado por las malezas, con las lápidas cayéndose, abandonadas. ¿Qué estaba mirando Michelle?
Cuando Michelle llegó frente al cementerio, el luminoso sol de la tarde se desvaneció. En torno a ella comenzó a formarse la niebla. Ya se había habituado a eso y no se sorprendió cuando la fría humedad se cerró de pronto alrededor de ella, borrando el resto del mundo, dejándola sola entre la bruma. Sabía que no estaría mucho tiempo sola. Cuando venía la niebla, también venía Amanda. Michelle empezaba a esperar, la niebla con ansia, anhelando ver a su amiga.
Allí estaba ella, acercándose desde el cementerio, sonriéndole y saludándola con la mano.
– Hola -dijo Michelle en voz alta.
– Estuve esperándote -respondió Amanda al atravesar la cerca rota-. ¿Fue tan malo como yo pensaba?
– Sí. Se rieron de mí y no dejaron de cuchichear unos con otros.
– No importa -dijo Amanda -. Caminaré contigo y podrás mostrarme cosas.
– ¿No puedes ver cosas tú misma?
Los blancos ojos lechosos de Amanda se clavaron en el rostro de Michelle.
– No puedo ver nada a menos que estes conmigo -dijo.