Pero mientras él hablaba, June meditaba. Su voz temblaba, aunque ella sabía que trataba de controlarla. No mucho, pero sí lo suficiente como para que ella supiera que mentía. Sus preocupaciones volvieron a dominarla: tal vez Michelle estuviera mejorando. Pero ¿y su esposo?
Michelle daba vueltas dormida, inquieta. Gimió un poco; luego despertó.
No fue un despertar lento, como el que hace que uno se pregunte por unos instantes si está todavía dormido. Fue, en cambio, el despertar instantáneo que es provocado por un tumulto, un sonido insólito en la noche.
Y sin embargo, no se había oído ningún sonido. La niña permaneció inmóvil, escuchando. Podía oír solamente el constante retumbo del mar contra el risco, y uno que otro susurro cuando los vientos otoñales hacían rozar las ramas contra las casas. Y la voz de Amanda.
Ese sonido fue consolador para Michelle, que se arropó más en la cama, escuchando.
– Ven conmigo -susurraba Mandy. Después, en tono más urgente:- Ven conmigo afuera.
Apartando las cobijas, Michelle salió de la cama. Se acercó a la ventana y miró afuera.
La luna, casi llena, arrojaba sobre el mar un resplandor etéreo. Michelle dejó que sus ojos se pasearan por la escena. Finalmente fueron a fijarse en el estudio, pequeño y solitario al borde del risco. Entonces, mientras sus ojos seguían fijos en el estudio, una nube pareció pasar sobre la luna, impidiéndole ver.
– Ven -susurró Mandy -. Tenemos que ir afuera.
Michelle sintió que Mandy tironeaba de ella. Se puso la bata ajustándola en la cintura, calzó sus chinelas, luego salió de su cuarto, caminando lenta, cuidadosamente, escuchando la voz de Amanda.
En su habitación, su bastón estaba todavía apoyado junto a su cama.
Atravesando la casa a oscuras, salió por la puerta trasera. Firmemente guiada por la voz de Mandy, cruzó el césped y entró en el estudio de su madre.
En el caballete había una tela, el paisaje marino en que su madre había estado trabajando tanto tiempo. Michelle lo contempló en la penumbra; sus colores se presentaban atenuados en tonos grises, las burbujas aparecían como extraños puntos luminosos en el sugestivo cuadro.
Sintiéndose atraer lejos del caballete, se acercó al armario.
– ¿De qué se trata? -preguntó con voz apenas audible. Abrió la puerta del armario y penetró en él.
– Hazme un retrato -le susurró Amanda.
Obediente, Michelle tomó una tela y la llevó hasta el caballete. Depositando en el suelo el cuadro de su madre, lo reemplazó por la tela que acababa de sacar del armario.
– ¿Un retrato de qué? -preguntó.
En la oscuridad hubo un silencio: después la voz de Amanda, de pronto más clara, le habló de nuevo.
– Lo que me mostraste. Hazme un retrato de lo que me mostraste.
Michelle tomó un carboncillo de dibujo y comenzó a bosquejar.
Detrás de sí podía sentir la presencia de Amanda, mirándola trabajar por sobre su hombro.
Dibujaba con rapidez, como si alguna fuerza invisible guiara su mano.
Como si alguna fuerza invisible guiara su mano.
Las figuras surgían en la tela.
Primero la mujer: apenas los contornos escuetos, sus piernas lánguidamente estiradas sobre un diván de estudio.
Después el hombre, encima de ella, acariciándola.
Mientras dibujaba, Michelle empezó a sentir cierto entusiasmo, una energía que fluía a ella desde fuera de sí.
– Sí -susurró Amanda-. Así es como fue. Ahora puedo verlo. Por primera vez, puedo realmente verlo…
Una hora más tarde Michelle retiró la tela del caballete, la puso de nuevo en el armario y volvió a colocar el cuadro de su madre exactamente como había estado antes.
Cuando salió del estudio, no quedaban señales de que ella hubiese estado alguna vez allí. Ninguna señal, salvo el boceto al carboncillo sepultado en el revoltijo al fondo del armario.
Cuando se despertó a la mañana siguiente Michelle se preguntó por que todavía se sentía cansada.
Había dormido bien esa noche.
Estaba segura de ello.
Y sin embargo sentíase fatigada, y la cadera le palpitaba de dolor.
CAPITULO 16
Cuando Michelle entró en la cocina, los ojos de June se llenaron de preocupación. En silencio advirtió el marcado aumento en la cojera de su hija. En los ojos de la niña había un cansancio que la inquietó.
– ¿Te sientes bien esta mañana?
– Estoy muy bien. Me duele la cadera.
– Tal vez no deberías ir a la escuela sugirió June.
– Puedo ir. Viajaré de nuevo con papá. Y si esta tarde mi cadera no está mejor te llamare. ¿De acuerdo?
– Pero si estás demasiado fatigada…
– Estoy bien -insistió Michelle.
Apartando la vista del diario que estaba leyendo, Cal Pendleton lanzó una mirada de advertencia a June, como diciendo: "Si ella dice que está bien, está bien… no insistas''. Interpretando la mirada, June volvió su atención a los huevos que estaba revolviendo. Michelle se acomodó en un sillón, frente a su padre.
– ¿Cuándo vas a terminar la despensa?
– Cuando pueda ocuparme. No hay ninguna prisa.
– Yo podría ayudarte -ofreció Michelle.
– Ya veremos.
Aunque el tono de Cal fue evasivo, Michelle sintió que rechazaba su ofrecimiento. Abrió la boca para protestar; luego lo pensó mejor y decidió abandonar el tema. Arriba Jenny empezó a llorar. Desde el fogón, June miró hacia lo alto; después se volvió hacia su esposo y su hija.
– Michelle ¿crees que podrías…?
Pero Cal ya estaba de pie, encaminándose hacia la escalera.
– Yo me ocuparé de ella. Volveré en un minuto.
June vio que los ojos de Michelle seguían a su padre al salir de la cocina. Pero cuando su hija desvió la mirada y pareció disponerse a hablar, June se apresuró a ocuparse de los huevos. Simplemente no había nada que ella pudiera hacer. Se sentía impotente, ineficaz y furiosa… consigo misma y con Cal.
– Aquí está mi pequeña -dijo Cal cuando regresó a la cocina, sosteniendo en un brazo a Jenny. Sentándose frente a la mesa, se puso a hacer saltar suavemente a la niñita, haciéndola sonreír y gorgotear de placer.
– ¿Puedo tenerla yo? -preguntó Michelle. Después de mirarla, Cal sacudió la cabeza.
– Está contenta donde está. ¿No es hermosa?
Sin contestar, Michelle se levantó repentinamente de la mesa.
– Olvidé algo arriba. Llámame cuando sea hora de salir, ¿de acuerdo?
Cal asintió distraídamente, todavía absorto en Jenny.
– Eso fue cruel -dijo June cuando Michelle hubo salido de la cocina.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Cal, sorprendido por la expresión en el rostro de June. ¿Qué había hecho él?
– ¿Al menos no habrías podido dejarla tener a Jenny?
– No te entiendo -replicó Cal. Su expresión perpleja indicó a June que no tenía la más vaga idea de lo que ella quería decir.
– Oh, no importa -dijo June mientras empezaba a servir los huevos.
Mientras viajaban por Paradisc Point es¿i mañana, ni Cal ni Michelle hablaron. No era un silencio cómodo, no era el tipo de silencio íntimo, cordial, que ambos habían disfrutado allá en Boston; en cambio era como si entre los dos hubiese un abismo, un abismo que se estaba ensanchando y que ninguno de ellos sabía trasponer.
Sally Carstairs trataba de no escuchar la monótona voz de Susan Peterson.
Estaban sentadas bajo el árbol, comiendo su merienda, y a Sally le parecía que Susan no callaría jamás. Ya hacía casi quince minutos que hablaba sin parar.
– Bien podría irse a otra escuela -había empezado Susan. Todos habían comprendido de quién hablaba, ya que tenía los ojos fijos en Michelle que estaba sola sentada en lo alto de los escalones. – Quiero decir, ¿realmente tenemos que mirarla renquear de un lado a otro como un fenómeno cualquiera? ¿Por qué no la envían a una de esas escuelas para niños especiales? Si es que se puede llamar especial a una retardada.