Cuando encontraba alguno de ellos, invariablemente recordaba la imagen, o por lo menos la reconocía como propia: por su técnica o por un tema que le interesaba. Pero este cuadro era diferente. Los trazos eran audaces, más audaces que los suyos y más primitivos. Y sin embargo las figuras estaban bien… las proporciones eran correctas; casi parecían moverse sobre la tela. Pero ¿quién podía haberlas hecho?
La obra tenía que ser de ella. ¡Tenía que ser! Y sin embargo no podía recordarla en absoluto. Estaba por limpiar la tela cuando cambió de idea. Sintiendo una extraña inquietud, la volvió a guardar en el armario.
Michelle empezó a juntar sus libros, sin quitar los ojos del suelo mientras el resto de la clase salía de prisa al corredor. La tarde había sido desdichada para ella: itormcntada, ella había esperado el recreo. Estaba segura ie que la señorita Hatcher querría hablar con ella. Pero recreo había pasado sin que la señorita Hatcher dijera lada. Ahora había terminado el día. Se puso de pie, tomó el bastón y se dirigió a la puerta.
– Michelle… ¿quieres aguardar un minuto, por favor?
Lentamente se volvió hacia la maestra. La señorita Hatcher la estaba mirando. Pero en vez de enojada parecía preocupada.
– Michelle, ¿qué pasó hoy a la hora de la merienda?
– ¿Se… se refiere usted a Annie?
Corinne Hatcher asintió con la cabeza.
– Tengo entendido que hubo un accidente -dijo en un tono que expresaba inquietud, pero no enojo.
Michelle se permitió tranquilizarse un poco.
– Parece que hice girar la soga un poco rápido. Annie tropezó y la soga le golpeó la pierna. Pero dice que se siente bien.
– Pero ¿cómo ocurrió eso? -insistió la señorita Hatcher.
Michelle habría deseado saber qué le había dicho Susan Peterson.
– Pues… pues sucedió, simplemente -respondió Michelle, desvalida -. Creo que no estaba prestando atención -hizo una pausa, luego, vacilando preguntó:- ¿Qué dijo Susan?
– Poca cosa, solo que vio que la cuerda golpeaba a Annie.
– Dijo que yo lo hice de intento, ¿verdad?
– ¿Por qué iba a decir eso? -replicó la maestra. Eso era exactamente lo que había dicho Susan.
– Dijo que me iban a expulsar por eso -contestó Michelle, le temblaba la voz y luchaba por contener las lágrimas.
– Bueno, aunque lo hubieras hecho de intento, no creo que te echaríamos por eso. Tal vez te haríamos escribir "No haré caer a Annie Whitmore" en la pizarra cien veces. Pero ya que fue un accidente no parece merecer castigo, ¿verdad?
– ¿Quiere decir que me cree? -respiró Michelle.
– Por supuesto que sí.
Toda la tensión abandonó a Michelle, Después de todo, las cosas iban a estar bien. Entonces miró a la señorita Hatcher con expresión implorante.
– Señorita Hatcher, ¿por qué diría Susan que yo hice eso de intento?
"Porque es una mentirosilla maligna y detestable" pensó para sí Corinne.
– A veces algunas personas ven las cosas de modo diferente a otras -respondió con serenidad-. Por eso es importante averiguar lo que otras personas dicen sobre esas cosas. Por ejemplo, Sally Carstairs dijo que tú no hiciste nada deliberadamente. También ella dijo que fue un accidente.
– Sí, fue un accidente -asintió Michelle-. Yo no haría daño a Annie. Me agrada y yo le agrado a ella.
– Agradas a todos, Michelle -respondió Corinne palmeándole el hombro afectuosamente-. Solo dales una oportunidad y ya verás.
Eludiendo su mirada, Michelle preguntó:
– ¿Puedo irme ya?
– Por supuesto. ¿Vendrá a buscarte tu madre?
– Puedo caminar.
El modo en que lo dijo Michelle hizo pensar a Corinne que era casi un desafío.
– Estoy segura de que puedes -admitió con dulzura. Michelle se dirigió hacia la puerta pero la maestra volvió a detenerla-. Michelle… -La niña se detuvo, pero no se volvió, obligando a Corinne a hablarle a su espalda-. Michelle, lo que te ocurrió también fue un accidente, no debes estar encolerizada por ello ni culpar a nadie, fue un accidente, tal como lo sucedido hoy a Annie.
– Ya lo sé -replicó Michelle. Su voz fue apagada; las palabras sonaron como una réplica automática.
– Y los niños se acostumbrarán a ti. Con los de más edad llevará un poco de tiempo, nada más. Pronto dejarán de burlarse.
– ¿Dejarán? -preguntó Michelle. Pero no esperó una respuesta.
Cuando salió de la escuela, los alrededores estaban desiertos. Michelle cojeaba lentamente, entre contenta de que no hubiera nadie viéndola y desilusionada de que no hubiera nadie con quien hablar. Casi había esperado que Sally la estuviera esperando. Pero ¿por qué iba a hacerlo?, reflexionó Michelle. ¿Por qué iba a desperdiciar Sally su tiempo con una lisiada?
Procuró convencerse de que lo dicho por la señorita Hatcher era lo cierto, que pronto sus condiscípulos se acostumbrarían a su cojera y encontrarían otra cosa de que hablar, otra persona de quien reírse. Pero al andar, con la cadera más dolorida a cada paso, supo que no era verdad. Ella no mejoraría… iba a empeorar.
Cuando llegó al camino del risco se detuvo y se apoyó un rato en su bastón, contemplando el mar, observando las gaviotas que se remontaban fácilmente sobre el viento.
Deseó ser un pájaro para poder volar también, volar en alto sobro el mar, volar lejos y nunca volver a ver a nadie. Pero no podía volar, ni siquiera podría correr jamás otra vez. Echó a andar con una cojera más pronunciada que nunca.
Al pasar por el cementerio, oyó una voz:
– ¡ Lisiada… lisiada… lisiada!
Antes ya de mirar, supo quién era. Se quedó inmóvil, luego finalmente se volvió para enfrentar a Susan Peterson.
– Termina con eso.
– ¿Por qué? -gritó Susan con voz burlona-. ¿Qué harás para evitarlo? ¡Lisiada!
– No tendrías que estar en el cementerio -comentó Michelle, procurando contener la furia que crecía en ella.
– Puedo ir adonde quiera y hacer lo que quiera -se mofó Susan-. ¡Yo no soy renga como algunas personas!
Las palabras resonaron en los oídos de Michelle, aguijoneándola, lastimándola, penetrando en ella. En su interior creció la furia, y de nuevo la niebla empezó a cerrarse alrededor de ella. Pero entonces con la niebla llegó Amanda. Pudo sentir a Amanda antes de oírla, pudo sentir su presencia junto a ella, sosteniéndola. Y luego Mandy empezó a susurrarle.
– No le permitas decir cosas como esas -decía Mandy-. Hazla callar. ¡Haz que tenga la boca cerrada!
Michelle penetró en el cementerio, enredándose los pies en la maleza, con su bastón más de estorbo que de ayuda. Pero a su lado podía sentir a Mandy, fortaleciéndola, dándole bríos.
Y a través de la niebla podía ver la cara de Susan Peterson que ya no sonreía, muerta en sus labios la risa.
– ¿Qué estás haciéndo -susurró-. No te me acerques.
Michelle siguió andando, arrastrando su pierna coja, olvidando su dolor, golpeando con su bastón las zarzas y piedras a su paso, sin hacer caso de lo que decía Susan, escuchando solamente las palabras de aliento de Mandy.
Al acercarse Michelle, Susan empezó a retroceder.
– Apártate de mí -clamó-. Déjame tranquila. ¡Déjame tranquila!
Con el rostro contraído en una máscara de miedo, se volvió de nievo y echó a correr a través del camposanto, huyendo hacia la arremolinada niebla gris. Implacable, Michelle se lanzó tras ella.
– Quédate aquí -le susurró Amanda-. Tú quédate aquí y déjame hacerlo. Quiero hacerlo…
Entonces también ella desapareció y Michelle quedó repentinamente sola, inmóvil en el abandonado cementerio, apoyada en su bastón mientras la gris humedad de la bruma flotaba a su alrededor.
Cuando se lo oyó, el grito fue apagado, flotando casi suavemente a través de la niebla, después, de nuevo, solo hubo silencio.
Michelle permaneció quieta, escuchando, aguardando. Cuando de nuevo oyó la voz de Amanda, pudo sentir a la extraña niña otra vez cerca de ella, casi dentro de ella.