– Lo hice -susurró Mandy-. Te dije que lo haría y lo hice.
Con estas palabras repercutiendo en su cabeza, Michelle echó a andar lentamente hacia su casa. Cuando llegó a la vieja morada, el sol brillaba otra vez desde un claro cielo otoñal, y el único ruido que oyó fue el de las gaviotas al chillar.
CAPITULO 17
En la Clínica había sido un día tranquilo. El último paciente se había marchado y ahora estaban los dos solos. Josiah Carson sacó una botella de whisky de un cajón del escritorio y llenó dos vasos. Este era uno de sus rituales favoritos… un trago a la tarde en días tranquilos.
– ¿Alguna novedad en casa? -preguntó como al descuido.
– No sé con seguridad a qué se refiere -respondió Cal Pendleton.
"Eres un hombre sereno", pensó para sí Carson. "Pero te está afectando. Puedo verlo en tus ojos". Cuando habló lo hizo con voz amistosa.
– Pensaba en Michelle. ¿Alguna idea nueva sobre lo que está causando esa cojera?
Antes de que Pendleton pudiera contestar, sonó el teléfono en la oficina exterior. Carson maldijo en voz baja.
– Lo de siempre… se va la enfermera y suena el telefono -comentó. Como no dio señales de atenderlo, Cal se estiró y levantó el auricular.
– Aquí la Clínica -dijo.
– ¿Está allí el doctor Carson? -inquirió una agitada voz. Cal tuvo la seguridad de reconocer a la que llamaba.
– Habla el doctor Pendleton, señora Benson. ¿Puedo serle útil?
– Pregunté por el doctor Carson -respondió secamente Constance Benson, con voz amplificada por la irritación-. ¿Se encuentra allí?
Tapando la bocina, Cal entregó el teléfono a Josinh.
– Es Constance Benson, está alterada y solo quiere hablar con usted.
Josiah recibió el teléfono.
– Constance, ¿cuál es el problema?
Mientras el anciano doctor escuchaba a la señora Benson, Cal observaba su rostro. Al verlo palidecer, el miedo empezó a dominar a Cal.
– Llegaremos enseguida -oyó decir a Carson-. No haga usted nada… cualquier cosa que intentara hacer podría empeorar más las cosas.
Colgó el teléfono y se incorporó.
– ¿Le pasa algo a Jeff?
Carson sacudió la cabeza al responder.
– Susan Peterson. Llama una ambulancia y partamos. Te lo contaré en el camino.
– Ruego a Dios que la ambulancia llegue aquí a tiempo -dijo sombríamente Cal Pendleton.
Salieron velozmente de la aldea; los neumáticos de su automóvil chirriaron al tomar al sur por el camino de la caleta.
– Dudo de que la necesitemos -replicó Carson con el rostro inmovilizado en torvas arrugas-. Si es cierto lo que dijo Constance, no habrá mucho que podamos hacer.
– Pero ¿qué ocurrió? -quiso saber Pendleton.
– Susan cayó del risco. Salvo que, por lo que dijo Constance, no cayó exactamente. Según Constance, cruzó corriendo el borde.
– ¿Corriendo? ¿Quiere usted decir… corriendo? -tartamudeó Cal. ¿Qué podía haber querido decir esa mujer?
– En efecto. A menos que yo no le haya entendido bien. Es posible… Está muy alterada.
Antes de que Carson pudiera decir a Pendleton todo lo que había dicho Constance, llegaron a casa de los Benson. Constance los esperaba en la galería, pálida, retorciendo nerviosamente su delantal con las manos.
– Está en la playa -gritó mientras ellos bajaban del automóvil-. Por favor… jdense prisa! No sé si… si…
Su voz, desvalida, se apagó. Josiah Carson se acercó a ella diciendo a Cal que fuese a la playa y viese qué podía hacer por Susan Peterson.
– Detrás de la casa hay un sendero. Es el camino más rápido para bajar, y Susan debe de estar unos cien metros al sur.
Automáticamente los ojos de Cal escudriñaron el risco hacia el sur.
– ¿Quiere usted decir por el cementerio? -preguntó. Josiah asintió con la cabeza.
– No se sorprenda por lo que encuentre… el risco baja en línea recta por allí.
Echando mano a su maletín, Cal se puso en marcha. Ya podía sentir que el pánico lo dominaba. Se defendió de él, repitiéndose una y otra vez: "Ella ya está muerta. No puedo hacerle daño. No puedo hacerle nada. Ya está muerta". A medida que introducía estas palabras en su conciencia, el pánico comenzó a disminuir. El sendero, muy parecido al que había en su propia vivienda, era empinado y áspero, describiendo varias curvas cerradas, al pasar serpenteando a la playa. Medio corriendo, medio resbalando Cal bajó por el sendero, mientras involuntariamente sus pensamientos evocaron otra tarde, apenas cinco semanas atrás, cuando también había pasado corriendo una senda hacia la playa.
Este día no cometería los mismos errores que entonces había cometido.
Este día haría lo que era necesario hacer y lo haría bien.
Salvo que ese día no había nada que hacer. Llegó a la playa y finalmente pudo echar a correr. Habia recorrido cincuenta metros cuando la vio, inerte e inmóvil.
Sabiendo que era inútil apresurarse, comenzó a trotar; los últimos pasos los dio caminando.
Susan Peterson, con el cuello roto, la'cabeza retorcida en un ángulo violentamente forzado, tenía la mirada fija en el cielo, los ojos abiertos, los rasgos aún contraidos por una expresión de terror. Sus brazos y piernas flojamente extendidos en torno a ella, parecían grotescos en su inutilidad. La marea entrante la estaba lamiendo ávidamente, como si el mar estuviese ansioso por devorar esos extraños restos que poco tiempo atrás habían sido una niña de doce años.
Arrodillándose junto a ella, Cal le tomó la muñeca, apretó su estetoscopio junto a su pecho. Era un gesto inútil, que verificaba simplemente lo que él ya sabía.
Estaba por alzarla cuando algo lo detuvo. Sus músculos quedaron paralizados, negándose a obedecer las órdenes que su cerebro les enviaba. Lentamente se incorporó, con los ojos fijos en la cara de Susan, pero viendo con la mente el rostro de Michelle. “No puedo moverla", pensó. "Si la muevo podría hacerle daño". Este pensamiento era irracional, y Cal sabía que era irracional. Y sin embargo, allí inmóvil en la playa, solo con los despojos de Susan Peterson, no logró obligarse a levantarla, a llevarla alzada por el sendero como había llevado a su propia hija tan poco tiempo atrás. Con la mente entumecida por la vergüenza, Cal emprendió el regreso, dejando sola a Susan con la ondulante marea.
– Está muerta.
Cal Pendleton pronunció esas palabras en un tono positivo, tal como el que habría podido emplear para anunciar la muerte de un gato a sus dueños que se lo hubieran llevado para eliminarlo.
– Dios querido -murmuró Constance Benson, desplomándose en un sillón de su sala de recibo-. ¿Quién se lo dirá a Estelle?
– Yo lo haré -fue la respuesta automática de Josiah Carson, aunque tenía los ojos fijos en Cal Pendleton-. ¿No la trajo?
– Me pareció mejor que esperáramos a la ambulancia -mintió éste, sabiendo que no engañaba al viejo doctor-. Tiene el cuello roto, y parece que algunas otras cosas también. -Desvió su atención hacia Constance Benson-. ¿Qué ocurrió? Josiah dijo que al correr cayó del risco.
Vaciló un poco en la palabra "correr", como si aún le costase creer que semejante cosa pudiese haber sucedido.
En vez de responder, Constance miró a Josiah Carson, quien asintió levemente con la cabeza.
– Creo que será mejor que se lo diga -sugirió.
Cal sintió que una punzada de miedo lo atravesaba. Antes de que la señora Benson empezara, supo que en el relato había algo más, algo terrible. Pese a ello, no estaba preparado para lo que oyó.
– Yo estaba junto al fregadero, pelando unas manzanas -dijo Constance Benson. Mantenía los ojos fijos en un lugar del suelo como si el mirar a cualquiera de los dos médicos le hiciera imposible repetir el relato-. Miré por la ventana y vi a Susan Peterson en el cementerio. No sé qué estaría haciendo… he dicho a Estelle que debía mantener a Susan alejada de allí, tal como dije a su esposa, doctor Pendleton, que debía mantener alejada a Michelle, pero supongo que simplemente no me escuchan. Bueno, tal vez ahora lo hagan. Como sea, yo estaba medio vigilando mis manzanas y medio vigilando a Susan, sin prestar demasiada atención. Entonces, de pronto, apareció Michelle por el camino. Susan debe de haberle dicho algo, porque se detuvo y miró fijo a Susan.