– ¡No estoy haciéndo nada! -exclamó Cal con desesperación-. Solo que… solo que…
– Solo que no puedes hacerle frente. Pues tendrás que hacerlo, Cal. Lo que hiciste allá abajo fue cruel. Ella solo quería jugar una partida contigo. Tan solo una simple partidita. Dios mío, si tanto te pesa tu culpa, yo habría creído que estarías ansioso de jugar con ella, aunque solo fuese para dejarle ganar. Y luego llamar princesa a Jenny. ¿No te diste cuenta de lo que eso le haría a Michelle? ¡Siempre la llamaste con ese apodo!
– Ni siquiera se dio cuenta -respondió Cal.
– ¿Cómo puedes saberlo? Ya ni siquiera. Pues déjame decirte que sí se dio cuenta, Cal. Casi se puso a llorar. Creo que el único motivo por el cual no lo hizo fue el temor de que a nadie le importara. Dios mío, ¿no puedes entender lo que le estás haciendo?
Súbitamente su cólera se disolvió en frustración. Estalló lágrimas y se desplomó en la cama. Cal la tomó en sus brazos, meciéndola suavemente mientras el cerebro le d;iba vueltas por sus acusaciones.
– No llores, querida -susurró-. Por favor, no llores.
Con un esfuerzo, June se abandonó en sus brazos. Era su marido y lo amaba. En realidad, lo que estaba ocurriendo no era más culpa suya que de Michelle. Era algo que había sucedido, nada más. Algo que tendrían que superar.
Juntos.
Sentándose, se enjugó los ojos con un kleenex que tomó de la mesa de noche.
– He hecho algo -anunció-. No te va a gustar, pero debemos hacerlo.
– ¿Dices que has hecho algo? ¿Qué cosa?
– Pedí a Corinne Hatcher que nos fijara una entrevista con su amigo, el psicólogo de la escuela.
– ¿Para todos nosotros?
– Sí -asintió June.
– Comprendo.
La preocupación que June había visto en sus ojos pocos minutos atrás se esfumó bruscamente, igual que un telón al correrse. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz helada.
– ¿Estás segura de que todos necesitamos ir? -preguntó mientras se estiraba las cobijas.
– ¿A qué te refieres? -La voz de June fue cautelosa; sentía que algo se avecinaba, pero no sabía con seguridad qué era.
– Ojalá hubieras podido escucharte hace algunos minutos -dijo Cal con soltura -. No sonabas del todo… bueno, creo que la palabra es "racional".
June quedó boquiabierta de asombro. Por un momento solo pudo mirarlo con fijeza. ¿Estaba diciendo él realmente lo que ella creía? No parecía posible.
– Cal, no puedes hacer esto -le dijo. Tenía la sensación de perder el control. De nuevo le brotaban lágrimas y la cólera que ella había creído disipada la estaba dominando otra vez.
– No dije nada, June -contestó razonablemente Cal-. Lo único que hice fue traer aquí a Jenny, acostarla y luego acostarme yo. Y de pronto entras tú, desvariando como una demente, insistiendo en que soy no se que monstruo y diciéndome que necesito una terapia ¿Eso te parece racional?
Con los ojos llameantes, June se levantó de la cama.
– ¿Cómo te atreves? -gritó-. Has perdido totalmente la razón. ¿Realmente vas a hacer eso? ¿Realmente piensas seguir defendiéndote, tratando de simularque todo va bien? Pues escúchame, Calvin Pendleton. No lo toleraré. O aceptas ahora mismo ir conmigo a ver a Tim Hartwick o, lo juro, me llevaré a Michelle y Jennifer y te abandonaré. Ahora mismo. ¡Esta noche!
Se quedó inmóvil en medio de la habitación, aguardando a que él hablara. Durante largo rato, los ojos de ambos permanecieron clavados en furioso desafío. Cuando por fin llegó el momento en que uno de ellos tendría que rendirse, fue Cal.
Sus ojos parpadearon. Luego se alejaron de ella. Pareció hundirse en la cama, al liberarse de pronto la tensión de su cuerpo.
– Está bien -dijo suavemente-. No puedo perderte. No puedo perder a Jennifer. Iré.
Michelle emprendió el regreso a su habitación. Le dolía mucho la cadera: apenas lograba que funcionara su pierna lisiada.
Había oído que su madre le gritaba a su padre. Al principio había procurado no escuchar, pero luego, al interrumpirse de pronto los gritos de su madre, se había levantado saliendo sigilosamente al pasillo. Como seguía no oyendo nada, había recorrido penosamente el pasillo, hasta detenerse solo cuando estuvo junto a la puerta de ellos.
Y había escuchado.
Al principio había oído solamente un bajo murmurar (Ir voces, pero no pudo distinguir las palabras.
Luego su madre empezó a gritar, amenazando con irse, diciendo a su padre que se las llevaría lejos.
Desde el pasillo, Michelle no había oído entonces nada, salvo el fuerte latir de su propio corazón; no había sentido nada, salvo el agudísimo dolor en su cadera.
Finalmente había oído a su padre, cuyas palabras resonaron en sus oídos: uNo puedo perderte. No puedo perder a Jennifer".
Sobre ella, nada.
Se arrastró de nuevo a su cuarto y se acostó. Ajustó las cobijas en torno a su cuello y allí se quedó tendida, mientras su pequeño cuerpo temblaba y su mente daba vueltas.
Era cierto. El ya no la quería.
No la quería desde ese día en que ella se había caído del risco.
Ese era el día en que las buenas cosas habían terminado, y las malas cosas habían empezado.
Lo único que le quedaba era Amanda.
En el mundo entero estaba solamente Amanda.
Deseó que Amanda llegara a ella, le hablara, le dijera que todo iría bien.
Y Amanda llegó.
Su tenebrosa figura, como una sombra en la noche, surgió desde un rincón del cuarto, flotó hacia Michelle, tendiendo la mano, buscándola, tocándola.
El contacto hacía bien. Michelle sintió que su amiga la atraía hacia sí.
– Estaban peleando, Mandy -susurró-. Estaban peleándose por mí.
– No -respondió Amanda-. No se estaban peleando por ti. No les importa nada, ahora solo quieren a Jennifer.
– No -protestó Michelle.
– Es verdad -susurró la voz de Amanda, suave, pero insistente-. Todo esto sucede a causa de Jennifer. Si no fuese por Jennifer, ellos te querrían. Si no fuese por Jennifer, tú no habrías caído. ¿Recuerdas cómo se burlaban de ti? Fue por Jennifer. Todo es culpa de Jennifer.
– ¿Culpa de Jennifer? Pero… es tan pequeña…
– Eso no importa -susurró Amanda-. Así será más fácil. Michelle, será tan fácil, y cuando ella ya no exista… cuando Jennifer no exista… todo será como solía ser. ¿No te das cuenta?
Mentalmente, Michelle dio vueltas a las palabras, mientras escuchaba la suave voz de Amanda, susurrándole, tranquilizándola. Todo empezó a cobrar sentido.
Sí, era culpa de Jennifer.
Si no existiera Jennifer…
Michelle se quedó dormida con Amanda junto a ella, canturreándole, susurrándole.
Y cuando estuvo dormida, Amanda le mostró lo que tenía que hacer.
Entonces, todo tuvo sentido para Michelle.
Todo…
CAPITULO 22
A medida que la semana transcurría lentamente, June se sintió cada vez más alterada. Varias veces estuvo tentada de pedir a Tim Hartwick que cambiara sus horarios para recibir antes a la familia. Pero resistió esta tentación, diciéndose que se estaba poniendo histérica.
Cuando llegó el viernes, se preguntó si sería demasiado tarde. Ya casi no se podía llamar familia a los Pendleton. Michelle se había replegado más aún; cada día se iba a la escuela en silencio y luego regresaba a casa solo para desaparecer en su habitación.
June se encontró deteniéndose con demasiada frecuencia en el pasillo de arriba, frente a la puerta de Michelle, escuchando.
Solía oír la voz de Michelle, suave, apenas audible, las palabras indescifrables. Luego había pausas, como si Michelle estuviera escuchando a otra persona, aunque June sabía que estaba sola en su cuarto.
Sola, salvo por Amanda.
En varias ocasiones, durante esos días, June trató de franquear el abismo que se ensanchaba entre ella y su marido, pero Cal parecía impermeable a sus insinuaciones. Todas las mañanas salía rumbo a la clínica temprano, y todas las noches se quedaba hasta tarde, llegando a casa apenas a tiempo para jugar unos minutos con Jennifer, para luego acostarse temprano.