– No lo haría si tú empujaras más fuerte.
Michelle no le hizo caso; siguió empujando firmemente, tendiendo la mano derecha para dar un pequeño empujón a Annie cada vez que pasaba balanceándose.
Pero Annie se estaba impacientando. Quería que Michelle la empujara más fuerte. Tenía que haber una manera de obligarla. Entonces tuvo una idea. Ya al pensar en ella supo que era mezquina. Pero igual, si con eso iba a lograr que Michelle la empujara más fuerte…
– Lo que pasa es que no puedes empujarme más fuerte. ¡Eres lisiada, por eso no puedes empujarme!
¡Lisiada!
La palabra la golpeó como siempre lo hacía, igual que un martillo. Le dio vuelta el estómago y se sintió aturdida, aturdida y furiosa.
Esta vez la niebla le cayó encima de pronto, surgiendo del vacío. No podía ver nada… solo las brumas grises e impenetrables que giraban en torno a ella bloqueando su visión.
Y Amanda.
Amanda que iba hacia ella desde la gris penumbra, sonriéndole, alentándola.
– Tú puedes empujarla, Michelle -decía Amanda-. Muéstrale qué fuerte puedes empujarla.
De pronto el dolor que sentía Michelle en la cadera, el palpitar constante, casi insoportable, desapareció. Sintió que podía moverse fácilmente, sin ayuda de su bastón. Y si necesitaba ayuda, allí estaba Amanda… Amanda la ayudaría..
Pasó detrás del columpio y, la próxima vez que Annie llegó flotando hacia ella entre la niebla, Michelle estaba lista. Puso las manos en la espalda de Annie y cuando la niñita llegó a la cúspide de su arco y empezó de nuevo a retroceder, Michelle se dispuso a empujarla.
Annie lanzó un silbido de regocijo mientras arremetía de nuevo hacia adelante y se aferraba con más fuerza a las cadenas. Esto era mejor… nunca había estado tan alto antes. Valerosamente procuró mover las piernas, pero aún le faltaba maña para eso.
Llegó atrás y de nuevo sintió las manos de Michelle en sus hombros.
– ¡Más fuerte! -vociferó-. ¡Empuja más fuerte!
De nuevo se lanzó hacia adelante y agrandó los ojos al ver que el suelo se precipitaba hacia ella. Luego se niveló, inició el arco ascendente y el suelo fue reemplazado por el cielo. ¿Qué debía hacer ella? ¿Inclinarse hacia adelante? ¿Patear hacia atrás?
Continuó hacia atrás, y cuando el columpio llegó a la cima delantera, ella perdió de pronto él equilibrio… las cadenas, tan apretadas en sus manos un momento antes, se aflojaron bruscamente y Annie sintió que empezaba a caer.
Lanzó un grito, pero luego eso pasó… las cadenas volvieron a estar tensas, y ella iniciaba el trayecto hacia atrás, como las pesas en la punta del péndulo.
– No tan fuerte esta vez -dijo cuando sintió de nuevo la mano de Michelle en su espalda.
Pero si Michelle la oyó, no dio señales de ello. Annie se encontró abalanzándose de nuevo hacia adelante, más alto que nunca. Una vez más, cuando llegó arriba, se inclinó hacia donde no debía y las cadenas se aflojaron en sus manos.
– ¡Para! -gritó desesperada-. ¡Por favor, Michelle, para!
Pero era demasiado tarde. Volaba de un lado a otro, cada vez más alto, y en cada ocasión la cadena tardaba más en volver a estirarse.
Y luego, inevitablemente, ocurrió aquello. La cadena se soltó en las manos de Annie, quien se precipitó abajo en línea recta, con el cuerpo tendido sobre el asiento del columpio, los ojos cerrados, apretados de terror.
Y entonces se acabó la cadena.
Cuando el asiento del columpio llegó abajo y los duros eslabones de la cadena se tensaron de pronto, la espalda de Annie Whitmore se quebró.
Una estocada de dolor la atravesó, pero terminó casi antes de empezar… su cabeza se estrelló en el suelo, el ímpetu de su caída le aplastó el cráneo. Se retorció espasmódicamente y su destrozado cuerpo cayó en informe montón a los pies de Michelle.
– ¿Ves? -susurró Amanda-. Puedes empujar con toda la fuerza que quieras. Al cabo de un tiempo ellos aprenderán. Aprenderán y dejarán de reírse.
Tomó la mano de Michelle y la condujo fuera del campo de juego.
Cuando llegaron a la calle, la niebla se había despejado.
Pero Michelle no miró atrás.
Corinne Hatcher abrió la puerta de Tim Hartwick" sin llamar y entró.
– ¿Tim? ¡Tim!
– En la cocina -gritó Tim.
Corinne cruzó la casa con rapidez y encontró a Tim junto al fregadero, con los brazos metidos hasta los codos en agua de lavar los platos.
– ¿Adivina que?
Tim la miró con curiosidad.
– Bueno, debe de ser algo especial, o no estarías aquí. Y debe tener algo que ver con Michelle Pendleton, dado que fue por eso que disputamos. No se te nota especialmente alterada, de modo que no puede ser nada malo. Así que debes de haber visto a Michelle y ella debe de estar mejor;
Desinflada, Corinne se sirvió una taza de café y se sentó.
– ¿Sabes una cosa? Me conoces dmasiado bien.
– ¿Entonces acerté?
– Sí… Hoy vi a Michelle, estaba en el patio de la escuela, jugando con Annie Whitmore. ¡Y se estaba burlando de su propia cojera! Deberías haberla visto, Tim. Arrastraba la pierna, agitaba los brazos, jadeaba como loca y todo nada más que para hacer reír a Annie Whitmore. ¿Qué opinas de eso?
– Me parece magnífico -repuso el psicólogo-. Pero no comprendo por qué tanto alboroto… tenía que empezar tarde o temprano.
– ¡Pero yo creí… anoche dijiste…
Secándose las manos, Tim fue a sentarse con ella.
– Anoche estuve formulando muchas teorías arriegadas y tal vez haya dicho cosas no quise decir. Y es posible que tú también. Por eso, ¿qué tal si hacemos una tregua?
Corinne lo abrazó.
– Oh, Tim, te amo. -Lo besó minuciosamente; luego sonrió-. Pero ¿no te parece emocionante? ¿Me refiero a lo de Michelle? Es la primera vez que la he visto hacer algo parecido. Habitualmente su cojera la avergüenza mucho, y si alguien trata de hablarle al respecto, se encierra en sí misma. ¡Pero se estaba burlando de eso!
– Bueno, antes de que la declares una niña perfectamente adaptada, veamos qué ocurre, ¿te parece? -le aconsejó Tim-. Tal vez no haya sido lo que tu creíste que era, y tal vez haya sido tan solo algo momentáneo. -Luego sonrió con picardía.- Y ¿qué me dices de Amanda? ¿Has olvidado todo acerca de la famosa Amanda?
– No. Bueno, en realidad no. Oh, no hablemos de ella -gimió Corinne-. Solo conseguiré alterarme otra vez. Es problable que yo también exagerara anoche y que tú tengas razón… lo más probable es que solo sea un invento de mi imaginación.
– Pues en tal caso, Lisa se inquietará mucho.
– ¿Lisa?
Tim asintió con la cabeza.
– Temo que cambié de idea. Después de todo tuvimos una disputa. Por eso esta mañana, cuando Lisa insistió, acepté. Salió a cazar fantasmas.
Corinne lo miró con fijeza.
– ¡Oh, Tim, por qué hiciste eso!
La sonrisa de Hartwick se borró ante su expresión consternada.
– Bueno, ¿y por qué no? -dijo con irritación-. Está con Alison y Sally. ¿Qué puede suceder?
Fue en ese momento que Billy Evans murió en la clínica de Paradise Point, ante la presencia impotente de Cal Peadleton, Josiah Carson y el neurólogo de Boston.
Si alguno de ellos hubiera mirado por la ventana, habría visto a Michelle afuera, inmóvil, espiando dentro del cuarto donde yacía Billy, mientras una lágrima le corría lentamente por una mejilla.
La voz de Amanda susurraba en sus oídos.
– Hecho está -canturreaba la extraña voz.
Sabiendo lo que acababa de ocurrir adentro, Michelli se apartó y reanudó su larga caminata a casa.
CAPITULO 26
– Sigo pensando que no deberíamos estar aquí -dijo Jeff Benson.
Miró por sobre el hombro hacia su casa, casi esperando que su madre apareciera en la ventana de la cocina, llamándolo para que volviera a casa. De haberse salido con la suya, no habría entrado nunca en el cementerio, pero esta mañana, cuando se presentaron Sally Carstairs, Alison Adams y Lisa Hartwick, las había acompañado, creyendo que ellas querían bajar a la caleta.