Breane se sacudió las pajas pegadas a la falda y le asestó una mirada áspera, pero no tanto como la que le dedicó Lini.
—He vivido tiempos difíciles —dijo la mujer con acento cairhienino. De noble cuna, si no se equivocaba Morgase; una refugiada probablemente—. Y jamás conocí a un hombre bueno hasta que encontré a Lamgwin. O hasta que él me encontró a mí. La lealtad y el amor que os profesa, se los profeso yo a él pero multiplicados por diez. Él os sigue, pero yo lo sigo a él. No me quedaré atrás.
Morgase inhaló hondo y después asintió con la cabeza. De todos modos, la mujer ya lo daba por hecho. Buenos cimientos para el ejército que precisaba a fin de recuperar el trono: un joven soldado que la miraba ceñudo las más de las veces; un posadero calvo que, por su aspecto, no debía de haber montado a caballo hacía veinte años; un camorrista que tenía pinta de estar medio dormido; y una noble refugiada cairhienina que había dejado muy claro que su lealtad llegaba sólo hasta donde llegara la de su hombre. Y Lini, por supuesto, que la trataba como si todavía estuviera a su cuidado. Oh, sí, unos estupendos cimientos.
—¿Adónde vamos, mi reina? —preguntó Gill mientras conducía a los caballos, ya ensillados, hacia las puertas del establo.
Lamgwin se movió con una rapidez inusitada para ensillar otra montura para la vieja niñera.
Morgase cayó en la cuenta de que no había pensado en esto. «Luz, es posible que Gaebril todavía me tenga ofuscada la mente». Empero, todavía notaba aquel imperioso impulso de regresar a sus aposentos. No era por él. Había estado concentrada en la idea de salir de palacio y llegar aquí. En otros tiempos habría acudido primero a Ellorien, pero Pelivar o Arathelle servirían. Una vez que hubiera discurrido cómo explicar el haberlos exiliado, se entiende.
Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de abrir la boca, Tallanvor dijo:
—Habrá que buscar a Gareth Bryne. Alienta una gran hostilidad hacia vos en las casas poderosas, mi reina; pero, si Bryne os apoya, renovarán su juramento de adhesión, aunque sólo sea porque saben que él ganará todas las batallas.
Morgase apretó los dientes para contener la inmediata negativa que pugnaba por salir de su boca. Gareth Bryne era un traidor, pero también uno de los generales vivos más brillantes. Su presencia sería un argumento convincente cuando tuviera que hacer olvidar a Pelivar y a los demás que los había exiliado. De acuerdo. Sin duda estaría más que dispuesto a aprovechar la ocasión de volver a ocupar el puesto de capitán general de la Guardia de la Reina. Y si no, se las arreglaría bien sin él.
Cuando el sol rozó el horizonte, el grupo se encontraba a ocho kilómetros de Caemlyn y cabalgaba a galope tendido hacia Hontanares de Kore.
Era por la noche cuando Padan Fain se sentía más a gusto. Mientras caminaba silenciosamente por los pasillos adornados con tapices de la Torre Blanca sintió como si la oscuridad exterior extendiera una capa que lo ocultara de sus enemigos a despecho de las lámparas de pie, doradas y con espejos, que ardían a lo largo de los corredores. Sabía que era una sensación errónea; sus enemigos eran muchos y estaban en todas partes. Justo en ese momento, como en todas las horas del día, podía percibir a Rand al’Thor. No dónde estaba, pero sí que aún seguía vivo, en alguna parte. Todavía vivo. En Shayol Ghul, en la Fosa de la Perdición, aquella percepción de al’Thor con vida era recibida como un regalo.
Su mente esquivó los recuerdos de lo que le habían hecho en la Fosa. Allí había sido destilado, reconstruido. Pero después, en Aridhol, había renacido. Renacido para castigar a antiguos y nuevos enemigos.
Percibía algo más mientras recorría los vacíos pasillos de la Torre, algo que era suyo, algo que le habían robado. Un deseo más intenso que su anhelo de ver muerto a Rand al’Thor o la destrucción de la Torre o incluso la venganza contra su ancestral enemigo, lo había empujado a este momento: el ansia de estar completo.
La pesada puerta de paneles tenía sólidos goznes y refuerzos de hierro, además de una enorme cerradura negra de hierro. Pocas puertas se cerraban en la Torre, porque ¿quién osaría robar nada estando rodeado de Aes Sedai? Empero, allí se guardaban algunas cosas consideradas demasiado peligrosas para que hubiera un fácil acceso a ellas. Y la más peligrosa de todas la guardaban detrás de esta puerta, custodiada por una sólida cerradura.
Soltó una queda risita mientras sacaba de un bolsillo de la chaqueta un par de ganzúas finas y curvas que introdujo en el mecanismo por el ojo de la cerradura; tanteó, empujó, giró, y, con un seco chasquido, el pestillo se descorrió. Durante unos instantes se quedó recostado contra la puerta, riendo roncamente. Así que custodiada por una sólida cerradura. Rodeada por el poder de las Aes Sedai, y estaba guardada por un simple objeto de metal. Todos, incluso la servidumbre y las novicias, debían de haber terminado sus tareas del día a esa hora, pero aun así cabía la posibilidad de que alguien estuviera despierto y pasara por allí. Alguna que otra carcajada lo siguió sacudiendo de vez en cuando mientras guardaba las ganzúas en el bolsillo y sacaba una gruesa vela, cuyo pabilo encendió en una de las lámparas de pie que había cerca.
Sostuvo en alto la vela mientras cerraba la puerta tras de sí y miraba en derredor. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que contenían cajas sencillas y cofres taraceados de diversos tamaños y formas, pequeñas figurillas en hueso o marfil o un material más oscuro, objetos de metal y cristal que centelleaban con la luz. Nada que tuviera aspecto peligroso. El polvo lo cubría todo; incluso las Aes Sedai iban allí en raras ocasiones, y no permitían que entrara nadie más. Lo que buscaba lo atrajo hacia sí.
En una estantería que había a la altura de su cintura se encontraba una oscura caja metálica. La abrió, dejando a la vista las paredes de plomo de cinco centímetros de grosor, con lo que quedaba el espacio justo para una daga curva enfundada en su vaina dorada, con un gran rubí engastado en la empuñadura. Ni el oro ni el rubí, de un reluciente rojo intenso como la sangre, tenían interés para él. Rápidamente, dejó escurrir un poco de cera líquida para sostener la vela junto a la caja y se apoderó de la daga.
Suspiró tan pronto como la tocó y se estiró lánguidamente. De nuevo estaba completo, era uno con lo que lo había atado tanto tiempo atrás, uno con lo que, de un modo muy literal, le había dado vida.
Los goznes de hierro chirriaron débilmente, y Padan corrió hacia la puerta al tiempo que desenvainaba la daga. La pálida joven que abrió la hoja sólo tuvo tiempo de dar un respingo, de intentar recular de un salto, antes de que le hiciera un corte en la mejilla; en el mismo movimiento, dejó caer la funda, la agarró por el brazo y la introdujo de un tirón en el almacén. Asomó la cabeza y escudriñó a un lado y al otro del pasillo. Vacío.
No se apresuró a meter la cabeza y cerrar de nuevo la puerta; sabía lo que encontraría dentro del cuarto.
La joven sufría convulsiones, tirada en el suelo, haciendo vanos esfuerzos por gritar. Sus manos arañaban su cara, ya negra e hinchada hasta ser irreconocible, mientras la oscura tumefacción se extendía hacia los hombros como un espeso aceite. Las blancas faldas, con las bandas de colores en el repulgo, se agitaron cuando sus pies patearon inútilmente. Padan lamió unas gotas de sangre que le habían salpicado en la mano y rió bajito al tiempo que recogía la funda.
—Sois un necio.
Giró velozmente sobre sus talones, asestando una cuchillada al mismo tiempo, pero el aire a su alrededor pareció volverse sólido y lo inmovilizó desde el cuello hasta las plantas de los pies; se quedó petrificado en esa postura, de puntillas, con el brazo extendido para apuñalar, y los ojos prendidos en Alviarin mientras ésta cerraba la puerta tras de sí y se apoyaba en ella para observarlo con atención. Esta vez los goznes no habían chirriado. El suave roce de los escarpines de la moribunda joven contra las baldosas del suelo no podían haber disimulado el ruido. Parpadeó para librarse del sudor que de repente le había brotado y le escocía en los ojos.