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Rand supuso que Moraine tendría que buscar nuevos conductores una vez que hubieran cruzado el paso, ya que Kadere y sus hombres seguramente huirían tan pronto como se les presentara la ocasión. Y él los dejaría marchar. No estaba bien —no era justo—, pero debía hacerlo para proteger a Asmodean. ¿Cuánto tiempo llevaba haciendo lo que era necesario en lugar de lo que era correcto? En un mundo justo ambas cosas habrían sido lo mismo. Aquello lo hizo reír; fue una risa ronca y jadeante. Qué lejos estaba del muchacho pueblerino que había sido; no obstante, de vez en cuando ese muchacho se colaba de rondón dentro de él y reaparecía. Los otros lo miraron, y tuvo que reprimir el impulso de decirles que todavía no estaba loco.

Pasaron largos minutos antes de que dos hombres sin chaqueta y una mujer emergieran entre las rocas, los tres vestidos con harapos, sucios y descalzos. Se acercaron vacilantes, las cabezas ladeadas con inquietud; pasaron la mirada de jinete a jinete, de éstos a las carretas y de nuevo hacia los primeros, como si fueran a salir corriendo al primer grito. Las mejillas demacradas y los pasos vacilantes revelaban su hambre.

—Gracias a la Luz —dijo finalmente uno de los hombres. Tenía el cabello canoso y el rostro surcado por profundas arrugas. Ninguno de los tres era joven. Sus ojos se detuvieron unos segundos en Asmodean, que lucía chorreras de encaje en cuello y puños, pero el cabecilla de esa caravana no habría ido montado en una mula ni portado un estandarte. Fue al estribo de Rand al que se aferró con ansiedad—. Gracias le sean dadas a la Luz porque habéis salido vivo de esas tierras terribles, mi señor. —Aquello debía de ser por la chaqueta de seda azul de Rand, con bordados dorados en los hombros, o por el estandarte o simplemente una lisonja. Ciertamente el hombre no tenía razón para tomarlos por algo más que unos mercaderes, aunque fueran demasiado bien vestidos para serlo—. Esos salvajes asesinos se han puesto en pie de guerra otra vez. Es otra Guerra de Aiel. Escalaron la muralla durante la noche antes de que alguien lo advirtiera, mataron a todos los que intentaron defenderse y robaron todo lo que no estaba sujeto con mortero al suelo.

—¿Por la noche? —inquirió inesperadamente Mat. Con el sombrero bien calado sobre los ojos, seguía observando atentamente la ciudad en ruinas—. ¿Estaban dormidos vuestros centinelas? Porque imagino que tendríais centinelas, estando tan cerca de vuestros enemigos, ¿no? Hasta a los Aiel les habría costado mucho caer sobre vosotros si hubierais contado con una buena vigilancia.

Lan le lanzó una mirada evaluadora.

—No, mi señor. —El hombre canoso parpadeó al mirar a Mat, y luego dio la respuesta a Rand. La chaqueta verde de Mat era lo bastante buena para cualquier lord, pero iba desabrochada y tan arrugada como si hubiera dormido con ella—. Nosotros… Sólo teníamos un centinela en cada puerta. Hacía mucho tiempo que no habíamos visto un solo salvaje. Pero esta vez… Todo lo que no robaron, lo incendiaron, y nos expulsaron de la ciudad para que muriéramos de hambre. ¡Sucias bestias! Gracias a la Luz que habéis venido a salvarnos, mi señor, o en caso contrario habríamos muerto todos aquí. Me llamo Tel Nethin y soy… era guarnicionero y hacía unas buenas sillas de montar. Ésta es mi hermana, Aril, y su esposo, Ander Corl. Hace botas estupendas.

—También robaron personas, mi señor —intervino la mujer, con voz enronquecida. Algo más joven que su hermano, quizás hubo un tiempo en que había sido guapa, pero las preocupaciones y la zozobra habían dejado huellas en su rostro que Rand imaginó que ya no desaparecerían. Su marido tenía una expresión perdida en los ojos, como si no supiera muy bien dónde estaba—. Se llevaron a mi hija, milord, y a mi hijo. Se llevaron a todos los jóvenes, de dieciséis años para arriba, y algunos con el doble de edad o más. Dijeron que serían «gasan» o algo así; los dejaron completamente desnudos en mitad de la calle y los sacaron de la ciudad conduciéndolos como ganado. Mi señor, ¿podríais…? —Dejó la frase en el aire y apretó los párpados, tambaleándose cuando la imposibilidad de su esperanza caló en su ofuscada mente. No había muchas probabilidades de que volviera a ver a sus hijos.

Moraine bajó de la yegua al instante y llegó al punto junto a Aril. La harapienta mujer dio un respingo tan pronto como las manos de la Aes Sedai la tocaron y tembló de la cabeza a los pies. Su mirada sorprendida se volvió hacia Moraine, interrogante, pero ésta se limitó a sujetarla como si la estuviera sosteniendo.

El esposo de la mujer se quedó boquiabierto de repente, con los ojos prendidos en la hebilla dorada del cinturón de Rand, el regalo hecho por Aviendha.

—Sus brazos estaban marcados con eso. Igual. Enroscados, como la serpiente del risco.

Tel alzó la vista hacia Rand con inseguridad.

—Se refiere al cabecilla de los salvajes, mi señor. Tenía… marcas como ésa en los brazos. Llevaba las mismas ropas extrañas que todos los otros, pero se había cortado las mangas para asegurarse de que todo el mundo las viera.

—Esto es un regalo que me hicieron en el Yermo —dijo Rand. Tuvo buen cuidado en mantener las manos sobre la perilla de la silla; las mangas de la chaqueta ocultaban sus propios dragones, excepto las cabezas, que serían obvias sobre el envés de sus manos para cualquiera que observara con atención. Aril había olvidado por completo su extrañeza por lo que Moraine había hecho, y los tres parecían estar a punto de salir corriendo—. ¿Cuánto hace que se marcharon?

—Seis días, mi señor —respondió, inquieto, Tel—. Hicieron lo que hicieron en una noche y un día, y después se marcharon. También nosotros nos habríamos ido, pero temíamos toparnos con ellos si regresaban. Seguramente los habrán rechazado en Selean.

Selean era la ciudad situada al otro extremo del paso, y Rand dudaba que estuviera en mejores condiciones que Taien a estas alturas.

—¿Cuántos supervivientes más hay aparte de vosotros tres?

—Puede que un centenar, milord. Tal vez más. Nadie los ha contado.

De repente la ira se apoderó de Rand a pesar de que intentó contenerla.

—¿Un centenar, dices? —Su voz sonó dura y fría—. ¿Y hace seis días? Entonces ¿por qué están vuestros muertos abandonados a las aves carroñeras? ¿Por qué los cadáveres ahorcados siguen decorando las murallas de vuestra ciudad? ¡Ésa es vuestra gente, cuya carne putrefacta impregna vuestras narices con su hedor!

Los tres se apiñaron y retrocedieron, apartándose del caballo.

—Teníamos miedo, mi señor —repuso Tel roncamente—. Se marcharon, pero podían regresar. Y él nos dijo… Me refiero al de las marcas en los brazos. Nos dijo que no tocáramos nada.

—Un mensaje —intervino Ander con voz apagada—. Los fue escogiendo al azar para ahorcarlos, hasta que tuvo suficiente para jalonar toda la muralla, hombres, mujeres, le daba igual. —Sus ojos se quedaron prendidos en la hebilla de Rand—. Dijo que era un mensaje para un hombre que vendría siguiéndolo. Dijo que quería que este hombre supiera… lo que iban a hacer al otro lado de la Columna. Dijo… dijo que le haría algo peor a ese hombre.

Los ojos de Aril se desorbitaron de repente, y los tres miraron de hito en hito a espaldas de Rand antes de gritar y dar media vuelta para salir corriendo. Aiel con los rostros velados salieron de las rocas de donde habían venido, de modo que huyeron hacia el lado contrario. Más Aiel velados aparecieron también allí, y los tres cayeron al suelo, sollozando y aferrándose entre sí mientras los rodeaban. El semblante de Moraine se mantenía impasible y frío, pero en sus ojos no había serenidad.

Rand se giró sobre la silla. Rhuarc y Dhearic subían la empinada ladera mientras se quitaban los velos y desenvolvían los shoufa que les ceñían la cabeza. Dhearic era más corpulento que Rhuarc, y tenía una nariz prominente y el cabello rubio, con algunos mechones más claros. Había traído a los Reyn como Rhuarc había dicho que haría.