Ahora podría escoger alguno de los más próximos y decir quién era el soñador. En un sentido aquellos centelleos eran muy semejantes a las luciérnagas —tal era la razón de que tuviera tantos problemas al principio— pero en otro, de algún modo, ahora parecían tan individuales como rostros. Los sueños de Rand y los de Moraine aparecían opacos, borrosos por las salvaguardas que habían tejido a su alrededor. Los de Amys y Bair eran brillantes y titilaban a un ritmo regular; habían seguido su propio consejo, por lo visto. Si no hubiera visto ésos, habría regresado a su cuerpo de inmediato. Esas dos podían vagar por esta oscuridad con mucha más destreza que ella; no se habría dado cuenta de que estaban allí hasta que hubieran saltado sobre ella. Si alguna vez llegaba a reconocer a Elayne y a Nynaeve del mismo modo, entonces sería capaz de encontrarlas en aquella gran constelación, dondequiera que estuvieran en el mundo. Pero esta noche no tenía intención de observar el sueño de nadie.
Con cuidado, evocó en su mente una imagen muy bien recordada, y regresó al Tel’aran’rhiod, dentro del pequeño cuarto sin ventana de la Torre donde había vivido como novicia. Había una cama estrecha pegada a una de las blancas paredes. Enfrente de la puerta se encontraba un palanganero y una banqueta de tres patas, y el vestido de la actual ocupante, así como ropas interiores de lana blanca, colgaban junto con una capa blanca en las perchas. No habría sido extraño que hubiera encontrado desocupada la habitación; la Torre no había conseguido llenar los aposentos de las novicias desde hacía muchos años. El suelo era casi tan blanco como las paredes y las ropas. Todos los días, la novicia que vivía allí fregaría de rodillas ese suelo; Egwene lo había hecho así, y también Elayne, en el cuarto de al lado. Si una reina acudiera a instruirse a la Torre empezaría en una habitación como aquélla y fregando el suelo.
Las ropas estaban colocadas de forma distinta cuando volvió a mirarlas, pero hizo caso omiso de ello. Preparada para abrazar el saidar en un instante, abrió la puerta justo lo suficiente para asomarse al pasillo. Y exhaló con alivio cuando vio la cabeza de Elayne asomando con idéntica lentitud y precaución por la puerta de al lado. Egwene esperaba que su expresión no fuera tan insegura como la de su amiga. La llamó precipitadamente con un gesto, y Elayne corrió hacia ella, vestida con el blanco atuendo de novicia, que se transformó en un vestido de montar de seda gris nada más entrar en el cuarto. Egwene detestaba los vestidos grises; eran los que llevaban las damane.
Se quedó un momento más asomada a la puerta, escudriñando las galerías de los aposentos de las novicias. Los pisos subían y subían, y otros tantos bajaban hacia el Patio de las Novicias, allá al fondo. No es que esperara en realidad encontrar a Liandrin o a alguien peor ahí fuera, pero nunca estaba de más ser precavida.
—Supuse que era esto a lo que te referías —dijo Elayne cuando cerró la puerta—. ¿Tienes idea de lo difícil que es recordar qué puedo decir delante de quién? A veces me dan ganas de contarles todo a las Sabias. Que se enteren que sólo somos Aceptadas y así acabaríamos de una vez.
—Tú acabarías de una vez —replicó firmemente Egwene—, pero resulta que duermo a menos de veinte pasos de ellas.
—Esa Bair… —Elayne se estremeció—. Me recuerda a Lini cuando me regañaba por haber roto algo que no debía tocar.
—Pues espera a que te presente a Sorilea. —Elayne la miró con incredulidad; claro que la propia Egwene no hubiera creído cómo era Sorilea hasta que la conoció. No había forma de suavizar lo que tenía que decir, así que se ajustó el chal y fue directa al grano—. Cuéntame lo de los encuentros con Birgitte. Porque era Birgitte, ¿verdad?
Elayne se tambaleó como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Sus azules ojos se cerraron un instante e hizo una inhalación que debió llenarle de aire hasta los dedos de los pies.
—No puedo hablarte de eso.
—¿Qué quieres decir con que no puedes? Tienes lengua, ¿no? ¿Era Birgitte?
—No puedo, Egwene. Tienes que creerme. Lo haría si pudiera, pero no puedo. Quizás… si pido permiso… —Si Elayne hubiera sido una mujer de las que se retuercen las manos, habría estado haciendo eso en ese momento. Abrió y cerró la boca sin que saliera de ella un solo sonido; sus ojos fueron rápidamente de un lado a otro de la habitación, como si estuviera buscando inspiración o ayuda. Volvió a inhalar hondo y clavó su mirada en Egwene con una expresión de apremio—. Cualquier cosa que diga violaría los secretos que prometí guardar. Incluso esto. Por favor, Egwene, tienes que confiar en mí. Y no debes decirle a nadie lo que… creíste ver.
Egwene se obligó a borrar el gesto ceñudo de su cara.
—Bien, confiaré en ti. —Al menos ahora sabía con certeza que no había estado imaginando cosas. «¿Birgitte? ¡Luz!»—. Espero que algún día confíes en mí lo bastante para contármelo.
—Pues claro que confío en ti, pero… —Elayne sacudió la cabeza y tomó asiento en el borde de la cama perfectamente hecha—. Guardamos secretos con demasiada frecuencia, Egwene, pero a veces es por un motivo.
Un instante después Egwene asintió con la cabeza y se sentó a su lado.
—Bien, cuando puedas —fue todo cuanto dijo, pero su amiga le dio un abrazo, aliviada.
—Me dije que no te preguntaría esto, Egwene. Por una vez no iba a estar pensando sólo en él. —El vestido de montar gris se convirtió en otro de brillante satén verde; imposible que Elayne tuviera conciencia de lo bajo que era el escote—. Pero ¿está bien Rand?
—Está vivo e indemne, si es a eso a lo que te refieres. Creí que era duro en Tear, pero hoy lo oí amenazar con ahorcar hombres si desobedecen sus órdenes. No es que sean unas órdenes malas… No permitirá que nadie coja comida sin pagarla ni que se mate a la gente. Pero, aun así… Fueron los primeros en aclamarlo como El que Viene con el Alba, y abandonaron el Yermo para seguirlo sin vacilar. Y ahora él los amenaza, frío y duro como el acero.
—No son amenazas, Egwene. Él es un rey, por mucho que tú o él o cualquiera diga lo contrario, y un rey o una reina debe impartir justicia sin temer a enemigos ni favorecer a amigos. Cualquiera que haga eso ha de ser duro. Hay veces que madre puede hacer que las murallas de la ciudad parezcan blandas a su lado.
—Pero no tiene que ser tan arrogante —comentó Egwene con voz ecuánime—. Nynaeve dice que debería recordarle que sólo es un hombre, pero todavía no he discurrido cómo hacerlo.
—Pues claro que ha de recordar que sólo es un hombre, pero tiene derecho a esperar que se le obedezca. —Había cierto deje altanero en la voz de Elayne; pero entonces se fijó en el escote de su vestido. Sus mejillas enrojecieron, y el vestido verde de repente tuvo un cuello de encaje alto que le llegaba a la barbilla—. ¿Estás segura de que no has confundido eso con arrogancia? —terminó con voz estrangulada.
—Es tan altanero como un cerdo en un campo de guisantes. —Egwene rebulló en la cama; seguía siendo tan dura como la recordaba, pero la fina colcha tenía un tacto más suave que las mantas en las que dormía en la tienda. No quería hablar más de Rand—. ¿Estás segura de que esa pelea no causará más problemas? —Tener un pleito con la tal Latelle no haría más fácil el viaje, precisamente.
—No lo creo. Lo único que Latelle tenía contra Nynaeve era que todos los hombres sin compromiso de la compañía habían dejado de estar a su disposición exclusivamente para elegir entre ellos. Algunas mujeres son así, supongo. Aludra es muy reservada y no tiene trato con nadie, Cerandin no habría espantado a una mosca hasta que empecé a enseñarle a valerse por sí misma, y Clarine está casada con Petro. Pero Nynaeve ha dejado muy claro que le dará de bofetadas a cualquier hombre al que se le ocurra pensar siquiera que puede coquetear con ella y se disculpó con Latelle, así que espero que eso deje zanjado el problema.