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—Inténtalo tú —le dijo a Aviendha mientras sacudía la mano—. Una mujer tiene que ser capaz de tocar esa cosa sin sufrir daño. No sé cómo se suelta. —Parecía estar hecho de una pieza, unido de algún modo, como la cadena y el brazalete—. Pero si se cerró tiene que abrirse de una forma u otra. —Unos segundos no cambiarían nada en lo que quiera que ocurría en el acceso. ¿Sería Asmodean?

Aviendha sacudió la cabeza, pero empezó a manosear el collar de la otra mujer.

—Estáte quieta —gruñó, cuando la damane, una muchachita pálida de unos dieciséis o diecisiete años, intentó echarse hacia atrás. Si las dos mujeres encadenadas habían mirado a Rand como a una fiera salvaje, ahora contemplaban a Aviendha como si fuera una pesadilla hecha realidad.

—Es una marath’damane —gimió la muchacha—. ¡Salvad a Seri, señora! ¡Por favor, señora! ¡Salvad a Seri!

La otra damane, mayor, casi con aspecto de matrona, empezó a sollozar de manera incontrolable. Aviendha, por alguna razón, miraba a Rand casi con tanta intensidad como la muchacha mientras hurgaba el collar, sin dejar de rezongar entre dientes.

—Es él, lady Mersa —dijo de repente la sul’dam de la otra damane con un suave acento que arrastraba de un modo las palabras que Rand apenas logró entender—. He llevado el brazalete tiempo de sobra y, si la marath’damane hubiera hecho algo más que aislar a Jini, lo habría notado.

Mersa no pareció sorprendida. De hecho, en sus azules ojos había un brillo de aterrado reconocimiento cuando miraron a Rand. Sólo cabía una explicación.

—Estabais en Falme —dijo Rand, mientras barajaba posibilidades. Si cruzaba primero el acceso eso significaría dejar atrás a Aviendha aunque sólo fuera un segundo.

—En efecto. —La noble parecía estar a punto de desmayarse, pero su lenta y gangosa voz era fría e imperiosa—. Te vi, y también lo que hiciste.

—Pues tened cuidado no repita lo mismo aquí. No me ocasionéis problemas y os dejaré en paz. —Tampoco podía enviar a Aviendha por delante, hacia la Luz sabía qué. Si no hubiera estado aislado de las emociones por el vacío, habría torcido el gesto del mismo modo que lo estaba haciendo ella al mirar aquel collar. Tenían que cruzar juntos y estar preparados para hacer frente a cualquier cosa.

—Se ha guardado un gran secreto sobre lo que ocurrió en las tierras del gran Hawkwing, lady Mersa —dijo la mujer de rostro severo. Sus oscuros ojos contemplaban a la noble con igual dureza que a Rand—, pero corren rumores de que el Ejército Invencible ha saboreado la hiel de la derrota.

—¿Ahora buscas la verdad en simples rumores, Jalindin? —replicó Mersa en un tono cortante—. Una Buscadora debe saber guardar silencio por encima de todo. La emperatriz en persona ha prohibido hablar del Corenne hasta que vuelva a convocarlo. Si tú o yo pronunciamos siquiera el nombre de la ciudad donde desembarcó esa expedición, nos cortarán la lengua. ¿Es que te gustaría encontrarte sin lengua en la Torre de los Cuervos? Ni siquiera los Escuchadores te oirían gritar pidiendo clemencia ni te harían caso.

De esto último, Rand entendió dos de cada tres palabras únicamente, y no se debió al extraño acento. Habría querido tener tiempo para oír más. Corenne. El Retorno. Así era como los seanchan llamaban en Falme a su intento de apoderarse de las tierras situadas al otro lado del Océano Aricio —tierras donde él vivía— a las que consideraban su patrimonio legado por herencia. El resto —Buscadora, Escuchadores y la Torre de los Cuervos— era un misterio. No obstante, al parecer el Retorno había sido cancelado, al menos de momento. Ése era un dato muy valioso.

El acceso había encogido; era casi un dedo más estrecho que unos instantes antes. Únicamente su tejido de obstrucción lo mantenía abierto; había empezado a cerrarse en el mismo momento en que Aviendha soltó los flujos y todavía seguía intentándolo.

—Apresúrate —instó a la joven, que le lanzó una mirada sufrida.

—Eso intento, Rand al’Thor —repuso, sin dejar de manipular el collar. Las lágrimas corrían por las mejillas de Seri, de cuya garganta salía un constante gemido, como si la Aiel estuviera tratando de degollarla—. Estuviste a punto de matar a las otras dos y puede que a ti mismo. Noté el caudal de Poder que penetró violentamente en ellas cuando tocaste el otro collar, de modo que deja que me encargue yo, que si puedo, lo haré. —Mascullando una maldición, la joven lo intentó por un lateral.

Rand pensó en pedir a las sul’dam que abrieran los collares —si había alguien que sabía cómo se quitaban, eran ellas— pero por la expresión ceñuda de sus semblantes supo que tendría que obligarlas a hacerlo. Si era incapaz de matar a una mujer, tampoco estaba en disposición de torturar a ninguna.

Soltó un suspiro y escudriñó el gris vacío que se veía en la abertura del acceso. Los flujos parecían estar entretejidos con los suyos; no podía romper unos sin hacer lo mismo con los otros. Tal vez la trampa saltara al cruzarlos, pero hender el tejido de esa cortina plomiza, aun en el caso de que el acto en sí no la pusiera en funcionamiento, sí que podía ocasionar que el acceso se cerrara de golpe, antes de que tuvieran oportunidad de cruzarlo. Tendría que ser un salto a ciegas hacia la Luz sabía qué o dónde.

Mersa había escuchado atentamente cada palabra que Aviendha y él habían intercambiado, y ahora estaba contemplando pensativamente a las dos sul’dam, sin embargo, Jalindin no había apartado los ojos un solo momento del semblante de la noble.

—Se han mantenido en secreto muchas cosas que no debieron ocultarse a los Buscadores, lady Mersa —dijo la severa mujer—. Los Buscadores deben saberlo todo.

—Estás excediéndote en tus atribuciones, Jalindin —espetó Mersa, cuyas manos enguantadas se crisparon; de no haber tenido los brazos inmovilizados contra los costados, habría partido las riendas. En su situación, se las ingenió para ladear la cabeza a fin de mirar con arrogancia a la otra mujer—. Te enviaron conmigo porque Sarek se tiene en más de lo que es y abriga planes para Serengada Dai y Tuel, no para que cuestiones lo que la emperatriz ha de…

—Sois vos quien se está excediendo, lady Mersa —la interrumpió con brusquedad Jalindin—, si pensáis que vuestra posición os da inmunidad con los Buscadores de la Verdad. Yo misma he sometido a una hija y un hijo de la emperatriz, que la Luz bendiga, a interrogatorio. Y, como muestra de gratitud por las confesiones que les arranqué, me permitió alzar la cabeza para mirarla. ¿Pensáis que vuestra casa de baja nobleza tiene más peso que los propios hijos de la emperatriz?

Mersa se mantuvo erguida, aunque tampoco tenía otra opción, pero su semblante se tornó ceniciento y tuvo que humedecerse los labios con la lengua.

—La emperatriz, que la Luz ilumine para siempre, ya sabe mucho más de lo que yo pueda contar. Mi intención no era insinuar que…

La Buscadora volvió a interrumpirla al volver la cabeza hacia los soldados, como si la noble no existiera.

—La mujer llamada Mersa está bajo la custodia de los Buscadores de la Verdad. Será sometida a interrogatorio tan pronto como estemos de regreso en Merinloe. Y también las sul’dam y las damane. Al parecer todas ellas han ocultado lo que no debieron ocultar. —El terror se hizo patente en los rostros de las mujeres nombradas, pero el de Mersa superaba al de todas las otras. Con los ojos desorbitados y ojerosos, se encorvó tanto como se lo permitían las invisibles ataduras, sin pronunciar una sola palabra de protesta. Parecía como si quisiera gritar, y, aun así… acataba. La mirada de Jalindin se volvió hacia Rand—. Te llamó Rand al’Thor. Se te tratará bien si te rindes a mí, Rand al’Thor. Sea como fuere que hayáis venido hasta aquí, no puedes esperar escapar aunque nos mates. Hay un amplio rastreo buscando a una marath’damane que encauzó durante la noche. —Sus ojos se clavaron brevemente en Aviendha—. Inevitablemente, también se te encontrará a ti, y podrías morir de manera accidental. Hay sedición en esta comarca. Ignoro qué trato se da a los hombres como tú en tu tierra, pero en Seanchan tus sufrimientos pueden aliviarse. Aquí puedes alcanzar un gran honor utilizando tu poder.