—Intento dominar mi mal genio —rezongó Nynaeve. Todos protestaban por su carácter seco y, ahora que procuraba controlarlo, Elayne protestaba por ello. No actuaba así porque fuera tan estúpida como para dejarse engañar por los halagos de Luca. No lo era, ni mucho menos. Elayne se rió, y ella la miró ceñuda.
—Oh, Nynaeve. «No puedes impedir que el sol salga al amanecer». Es lo que Lini te habría dicho.
Con gran esfuerzo, la antigua Zahorí consiguió borrar el gesto mohíno. Podía contener el genio. «¿Acaso no lo he demostrado ahí fuera?»
—Dame el anillo —pidió, tendiendo la mano—. Luca querrá cruzar el río a primera hora, de eso no me cabe duda, y quiero disfrutar de un sueño de verdad cuando haya terminado.
—Creí que esta noche me tocaba a mí. —En la voz de Elayne se advertía un tono de preocupación—. Nynaeve, has estado entrando en el Tel’aran’rhiod prácticamente todas las noches excepto en los encuentros con Egwene. Esa Bair tiene ganas de ajustar cuentas contigo, por cierto. No me quedó más remedio que decirles por qué no habías acudido a las citas, y me contestó que no tendrías que descansar por muy a menudo que entraras en el Mundo de los Sueños, a menos que estés haciendo algo mal. —La preocupación dio paso a la firmeza, y fue la mujer más joven quien se puso en jarras—. Tuve que aguantar una regañina que era para ti, y no resultó agradable, con Egwene delante asintiendo con la cabeza a cada palabra dicha. En fin, de verdad creo que esta noche debería…
—Por favor, Elayne. —Nynaeve no retiró la mano tendida—. Tengo que hacer unas preguntas a Birgitte, y sus respuestas podrían dar lugar a otras cuestiones. —Las tenía, más o menos; no le sería difícil encontrar preguntas para Birgitte. Su insistencia no tenía nada que ver con evitar a Egwene y a las Sabias. Si visitaba el Tel’aran’rhiod tan a menudo que Elayne debía acudir siempre a las citas con Egwene, era porque las cosas salían así, nada más.
Elayne suspiró, pero sacó el anillo de piedra por el escote de su vestido.
—Vuelve a pedirle permiso para contarlo, Nynaeve. Cada vez me resulta más difícil enfrentarme a Egwene. Vio a Birgitte. No dice nada, pero no deja de mirarme fijamente. Y la cosa empeora aun más cuando nos vemos después de haberse ido las Sabias. Entonces podría preguntar, pero no lo hace, y con ello sólo consigue que me sienta peor. —Frunció el entrecejo mientras Nynaeve se colgaba el pequeño ter’angreal en el cordón de cuero que llevaba al cuello, con el pesado sello de Lan y el anillo de la Gran Serpiente—. ¿Por qué crees tú que ninguna de las Sabias ha ido nunca con ella allí? No descubrimos gran cosa en el estudio de Elaida, pero lo lógico sería que les gustara conocer la Torre. Egwene ni siquiera desea referirse a ello cuando están ellas. Si cualquier cosa que digo apunta en esa dirección, me asesta una mirada que pensarías que desea golpearme.
—Supongo que querrán evitar la Torre todo lo posible. —Y con ello demostraban ser muy listas. Si no fuera por la Curación, ella eludiría ese lugar, y también a las Aes Sedai. Por supuesto, ella no se estaba convirtiendo en Aes Sedai; sólo lo aguantaba para aprender más sobre la Curación. Y, naturalmente, para ayudar a Rand—. Son mujeres libres, Elayne. Aun en el caso de que la Torre no se encontrara en el caos actual, ¿crees que querrían que las Aes Sedai deambularan por el Yermo para cogerlas y llevarlas a Tar Valon?
—Imagino que ése es el motivo. —Empero, el tono de la joven dejaba muy claro que no lo entendía. Para ella, la Torre era algo maravilloso, y no comprendía que ninguna mujer deseara evitar a las Aes Sedai. Coligada a la Torre Blanca para siempre, decían cuando le ponían a una ese anillo en el dedo. Y lo decían totalmente en serio. Sin embargo, esta estúpida muchacha no lo veía en absoluto tan oneroso.
Elayne la ayudó a desvestirse, y a continuación Nynaeve se tumbó en el estrecho catre, sólo con la camisola, y bostezó. Había sido un día muy largo, y resultaba sorprendente lo agotador que podía ser permanecer plantada, completamente inmóvil, mientras alguien a quien no veías te lanzaba cuchillos. Los ojos se le cerraron y unas ideas extrañas pasaron por su cabeza. Elayne aseguraba que sólo estaba practicando cuando había tonteado con Thom, aunque tampoco el numerito del «querido padre e hija favorita» resultaba menos ridículo que el otro. A lo mejor también ella debería practicar, sólo un poco, con Valan. Vaya, eso sí que era una estupidez. Puede que a los hombres los ojos se les fueran hacia otras mujeres —¡más le valía a Lan que no!—, pero ella sabía ser constante. No pensaba ponerse aquel condenado vestido. Dejaba demasiado al descubierto los senos.
—No olvides pedírselo otra vez —oyó decir vagamente a Elayne.
Se quedó dormida.
Estaba fuera del carromato, en medio de la noche. La luna lucía en lo alto, y unas nubes arrastradas por la brisa arrojaban sombras sobre el campamento. Los grillos cantaban y los pájaros nocturnos emitían sus llamadas. Los ojos de los leones brillaron al observarla desde las jaulas. Los osos de hocico blanco eran oscuros bultos durmientes tras los barrotes de hierro. La larga hilera de estacas donde se ataba a los caballos aparecía vacía, los perros de Clarine no estaban en las correas sujetas en la parte inferior del carromato de la pareja, y el espacio ocupado por los s’redit en el mundo de vigilia también se encontraba vacío. Con la práctica había descubierto que sólo los animales salvajes tenían su reflejo allí; pero, dijera lo que dijera la seanchan, costaba creer que esos inmensos animales grises llevaban domesticados tanto tiempo que habían dejado de ser salvajes.
De repente se dio cuenta de que llevaba el maldito vestido, de un intenso color rojo, demasiado ajustado a las caderas para resultar decente, y con un escote cuadrado tan bajo que temió salirse por él. Excepto Berelain, no imaginaba a ninguna mujer que accediera e ponérselo. Bueno, quizás ella lo llevaría para Lan, siempre y cuando estuvieran solos. Cuando se quedó dormida estaba pensando en él. «Sí, claro que pensaba en él, ¿no?»
En cualquier caso, no estaba dispuesta a que Birgitte la viera de esa guisa. La mujer afirmaba ser una guerrera, y cuanto más tiempo pasaba con ella, más se daba cuenta de que algunas de sus actitudes —y opiniones— eran tan malas como las de cualquier hombre. O peor. Una combinación de Berelain y un camorrista de taberna. No siempre hacía ese tipo de comentarios, pero sí cada vez que Nynaeve permitía que una idea peregrina se plasmara en algo tan absurdo como este vestido. Cambió su atuendo a un traje oscuro de buena lana de Dos Ríos, junto con un chal que no necesitaba, y el cabello trenzado de nuevo, como tenía que ser. Abrió la boca para llamar a Birgitte.
—¿Por qué lo cambiaste? —dijo la mujer mientras salía de las sombras y se apoyaba en el arco de plata. La intrincada trenza rubia le colgaba sobre un hombro, y la luz de la luna se reflejaba en el arco y las flechas—. Recuerdo que una vez llevé un vestido que podría pasar por una copia exacta de ése. Fue sólo para atraer la atención de los guardias, cuyos ojos se pusieron tan saltones como los de los sapos, a fin de que Gaidal pudiera escabullirse sin ser visto, pero resultó divertido. Sobre todo cuando más tarde bailé con él llevándolo puesto todavía. Jamás le ha gustado bailar, pero estaba tan decidido a no permitir que otros hombres se acercaran a mí que no dejó de bailar una sola pieza. —Birgitte rió con cariño—. Esa noche le gané cincuenta piezas de oro a la rueda, porque estaba tan absorto contemplándome que no miró sus fichas una sola vez. Los hombres tienen unas reacciones muy peculiares. Cualquiera habría dicho que nunca me había visto sin…