Ragan masculló algo entre dientes, pero Nynaeve captó lo suficiente para fruncir el ceño. «Hay un hombre que no sabe la suerte que tiene» era lo que había dicho. El soldado ni siquiera se dio cuenta de la mirada furibunda que le lanzó. Estaba demasiado ocupado vigilando la calle, atento a cualquiera que pudiera intentar fugarse con ella como si se llevara un cerdo metido en un saco. Nynaeve estuvo tentada de quitarse el chal y arrojarlo a un lado. Ragan tampoco pareció oír su resoplido. Los hombres podían ser insufriblemente ciegos y sordos cuando querían.
—Por lo menos no intentó quitarme mis joyas —dijo—. ¿Quién era esa estúpida mujer que le entregó las suyas? —No debía de tener mucho cacumen si se contaba entre los seguidores de Masema.
—Ésa —respondió Ino— era Alliandre, por la Gracia de la Luz reina de Ghealdan. Y una docena más de esos jodidos títulos que a vosotros, los sureños, tanto os gusta amontonar.
Nynaeve tropezó con un adoquín y faltó poco para que se fuera de bruces al suelo.
—De modo que es así como lo consigue —exclamó mientras apartaba bruscamente las manos de los hombres que intentaban ayudarla—. Si la propia reina es tan necia que le hace caso, no es de extrañar que Masema haga su santa voluntad.
—De necia nada —replicó, cortante, Ino, que le echó una rápida ojeada ceñuda antes de volver a observar la calle—. Es una mujer lista. Cuando uno se encuentra a lomos de un caballo salvaje, más le vale seguirle la corriente y cabalgar como impone el animal si es lo bastante avispado para sacar la mayor ventaja de la situación. ¿La consideráis estúpida porque Masema le quitó las joyas? Pues yo os digo que es lo suficientemente lista para saber que él podría exigirle más si dejara de llevarlas puestas cuando acude a verlo. La primera vez fue a verla él, y desde entonces ha sido al contrario, y entonces sí que le quitó los malditos anillos de los dedos. Llevaba sartas de perlas en el cabello, y Masema las rompió de un tirón. Todas sus damas de compañía se pusieron de rodillas para recoger las puñeteras perlas del suelo. La propia Alliandre recogió unas cuantas.
—Pues eso no me parece que sea el comportamiento de alguien muy listo —repuso resueltamente Nynaeve—. Más bien me suena a cobardía. —«¿Y a quién le temblaban las rodillas sólo porque ese hombre la estaba mirando?», preguntó la vocecilla de su cabeza. «¿Quién sudaba como una condenada?» Por lo menos le había plantado cara. Sí que lo hizo. Doblegarse como un sauce no era lo mismo que acobardarse como un ratón—. ¿Es o no es la reina?
Los dos hombres intercambiaron una de aquellas irritantes miradas.
—No lo entendéis, Nynaeve —dijo quedamente Ragan—. Alliandre es la cuarta que se sienta en el Trono Bendito de la Luz desde que llegamos a Ghealdan, y de eso apenas hace medio año. Johanin llevaba la corona cuando Masema empezó a atraer a pequeñas multitudes, pero lo tomó por un loco inofensivo y no hizo nada ni siquiera cuando el número de seguidores aumentó y sus nobles le aconsejaron que debía poner fin al asunto. Johanin murió en un accidente de caza…
—¡Un accidente de caza! —lo interrumpió Ino con sorna. Un vendedor ambulante que dio la casualidad de estar mirándolo en ese momento, dejó caer la bandeja con alfileres y agujas—. Difícilmente, a menos que no supiera distinguir un puñetero extremo de la jabalina del otro. ¡Condenados sureños con su condenado Juego de las Casas!
—Le sucedió Ellizelle —tomó el hilo Ragan—. Hizo que el ejército dispersara a las multitudes hasta que finalmente se produjo una batalla campal y fue el ejército el que tuvo que salir por pies.
—Valiente mierda de soldados eran ésos —rezongó Ino.
Nynaeve iba a tener que hablar otra vez con él respecto a su lenguaje. Ragan se mostró de acuerdo con un vigoroso cabeceo, pero continuó con lo que estaba contando:
—Se dijo que Ellizelle se tomó veneno después de ese fracaso, pero, muriera como muriera, le sucedió Teresia, que duró diez días en el trono tras su coronación, justo hasta que tuvo la oportunidad de mandar a dos mil soldados contra las diez mil personas que se habían reunido para escuchar a Masema a las afueras de Jehannah. Después de que los soldados sufrieran una completa derrota, Teresia abdicó para contraer matrimonio con un rico mercader. —Nynaeve lo miró con incredulidad, e Ino resopló—. Es lo que se dice —insistió el otro hombre—. En este país, casarse con un plebeyo significa renunciar al trono para siempre, y fuera cual fuera la opinión que tuviera Beron Goraed sobre tener una bonita y joven esposa de sangre real, he oído comentar que lo sacaron a rastras de su cama varios guardias de Alliandre y lo llevaron a la fuerza al palacio de Jheda para que se celebrara la boda a altas horas de la noche. Teresia se marchó para instalarse en la nueva finca de campo de su esposo mientras que Alliandre era coronada, todo ello antes de que saliera el sol, y la nueva reina mandó llamar a Masema al palacio para comunicarle que no se lo volvería a molestar. Antes de que hubiesen transcurrido dos semanas, era ella la que acudía a la llamada de él. Ignoro si realmente cree lo que predica Masema, pero sí sé que subió al trono de un país al borde de una guerra civil, con los Capas Blancas dispuestos a entrar en él, y lo impidió del único modo que podía. Ésa es una reina inteligente, y cualquier hombre se sentiría orgulloso de servirla aunque sea una sureña.
Nynaeve abrió la boca para replicar, pero olvidó lo que iba a decir cuando Ino manifestó en un tono coloquiaclass="underline"
—Hay un jodido Capa Blanca siguiéndonos. No miréis atrás, mujer. No sois tan tonta como para hacer eso.
La mujer sintió que la nuca se le ponía rígida por el esfuerzo de mantener los ojos fijos al frente; un escalofrío le recorrió la columna vertebral.
—Gira en la próxima esquina, Ino —ordenó.
—Eso nos alejaría de las calles principales y de las malditas puertas. Podríamos despistar al puñetero tipo entre la multitud.
—¡He dicho que gires! —Inhaló lentamente y consiguió que el tono de su voz no sonara tan chillón—. Tengo que echarle una ojeada.
Ino puso un gesto tan feroz que la gente se apartó de su camino a diez pasos de distancia, pero torcieron en el siguiente cruce hacia una calle estrecha. Nynaeve volvió la cabeza un poco mientras giraban, justo lo suficiente para mirar por el rabillo del ojo antes de que la esquina de una pequeña taberna de piedra le tapara el campo visual. La nívea capa con el radiante sol se encontraba entre los transeúntes. El apuesto semblante era inconfundible, el que Nynaeve había esperado ver. Ningún Capa Blanca excepto Galad tenía razón para seguirla, y menos para seguir a Ino o a Ragan.
40
La Rueda gira
Tan pronto como el edificio ocultó a Galad, los ojos de Nynaeve se volvieron rápidamente hacia el fondo de la callejuela. La rabia hervía dentro de la mujer, tanto contra sí misma como contra Galadedrid Damodred. «¡Pedazo de tonta, cabeza de chorlito!» La calleja era tan estrecha como el resto, pavimentada con piedras redondas, jalonada por tiendas, casas y tabernas y transitada por un número reducido de personas. «¡Si no hubieses venido a la ciudad nunca os habría encontrado!» Demasiada poca gente para despistarlo. «¡Pero tenías que ir a ver al Profeta! ¡Tenías que engañarte pensando que el dichoso Profeta os sacaría inmediatamente de aquí, antes de que Moghedien apareciese! ¿Cuándo vas a aprender a no depender de nadie salvo de ti misma?» Al momento tomaba una decisión. Cuando Galad girara en esa esquina y no los viera, empezaría a buscar en tiendas y quizá también en tabernas.
—Por aquí. —Se recogió las faldas y corrió hacia el callejón más cercano, donde se apoyó de espaldas contra la pared. Nadie les prestó atención a pesar de su actitud furtiva; ni siquiera quiso plantearse lo que tal hecho significaba sobre cómo iban las cosas en Samara. Ino y Ragan se encontraron junto a ella antes de que Nynaeve hubiera tenido tiempo de plantar los pies, y la llevaron más al fondo del polvoriento callejón, pasando delante de un viejo y astillado cubo y de un barril de agua de lluvia, tan seco que estaba a punto de desmoronarse dentro de los flejes. Por lo menos iban hacia donde ella quería. Por decirlo de algún modo. Con las manos tensas sobre las empuñaduras de las espadas que asomaban por encima de sus hombros, los dos soldados estaban dispuestos a protegerla tanto si quería como si no. «¡Pues déjalos, tonta! ¿Acaso crees que puedes protegerte a ti misma?»