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Se sentó y el medallón de la cabeza de zorro plateada, colgado del cordón de cuero, se salió por el escote desanudado de la camisa. Volvió a meterlo debajo de la prenda antes de echar un buen trago de vino. El medallón lo mantenía a salvo de Moraine o de cualquier otra Aes Sedai mientras que no se lo quitaran —a buen seguro que alguna lo intentaría antes o después— pero únicamente su caletre lo mantenía a salvo de que cualquier necio lo matara junto con otros cuantos miles de idiotas. O de Rand; o de ser ta’veren.

Un hombre debía de ser capaz de sacar provecho de algo así, de que los acontecimientos giraran en torno a él. Desde luego, Rand lo había hecho en cierto modo. En lo tocante a él, nunca había notado que nada girase en torno a él a no ser los dados. No les daría la espalda a algunas de las cosas que les sucedían a los ta’veren en los relatos. La riqueza y la fama entraban a raudales en sus bolsillos como caídas del cielo; los hombres que querían matarlos acababan por seguirlos, y las mujeres en cuyos ojos había hielo acababan dejando que éste se derritiera.

En realidad no protestaba por la parte que le había tocado en suerte, y, desde luego, no envidiaba la que le había tocado a Rand; ése era un precio muy alto para participar en el juego. El problema estaba en que parecía sufrir todos los inconvenientes de ser ta’veren sin disfrutar de ninguna de las ventajas.

—Es hora de largarse —dijo a la vacía tienda, tras lo cual se quedó pensativo y bebió un sorbo de vino—. Es hora de montar a Puntos y cabalgar. A Caemlyn, por ejemplo. —Era una ciudad que no estaba mal siempre y cuando evitara el Palacio Real—. O a Lugard. —Había oído rumores sobre esa urbe. Un sitio estupendo para gente como él—. Es hora de que deje a Rand tras el polvo del camino. Tiene a todo un puñetero ejército Aiel y a más Doncellas de las que puede contar para ocuparse de él y protegerlo. Ya no me necesita.

Eso último no era estrictamente cierto. Por alguna extraña razón, estaba vinculado al éxito o al fracaso de Rand en el Tarmon Gai’don, y Perrin también. Tres ta’veren enredados entre sí. Seguramente los relatos mencionarían sólo a Rand; había pocas probabilidades de que Perrin o él encontraran un lugar en esas historias. Y luego estaba el Cuerno de Valere, en el que no quería pensar ni pensaría. No hasta que tuviera que hacerlo. Puede que todavía hubiera algún modo de escabullirse de ese cisco en particular. Lo mirara como lo mirara, el Cuerno era un problema para otro día. Un día lejano. Con suerte, todos esos pagarés vencerían a muy, muy largo plazo. Sólo que para que ocurriera tal cosa a lo mejor hacía falta más suerte de la que tenía.

El asunto ahora era que había dicho todo eso sobre marcharse y no había sentido apenas remordimiento. Poco tiempo atrás, ni siquiera era capaz de hablar de marcharse; cuando en alguna ocasión se había alejado demasiado de Rand, había sido arrastrado de vuelta a él como un pez enganchado en el anzuelo y a un sedal invisible. Después fue capaz de decirlo, incluso de hacer planes, pero cualquier menudencia lo distraía, lo hacía dejar de lado sus proyectos para escabullirse. Incluso en Rhuidean, cuando le dijo a Rand que se iba, había tenido la certeza de que ocurriría algo que se lo impediría. Y, en cierto modo, había ocurrido; se había marchado del Yermo, pero no estaba ni un metro más lejos de Rand que antes. Esta vez, no creía que pasara nada que lo desviara de su propósito.

—No es como si lo abandonara —murmuró—. Si ahora es incapaz de cuidar de sí mismo, nunca lo será. No soy su jodida niñera.

Apuró la copa, se metió la chaqueta verde, colocó los cuchillos en sus escondites, anudó el pañuelo de seda amarillo oscuro para taparse la cicatriz del cuello y después cogió el sombrero y salió de la tienda.

El calor fue como una bofetada en comparación con la relativa frescura del interior de la tienda. No sabía cómo eran los cambios de estación allí, pero el verano duraba ya demasiado para su gusto. Una de las cosas que lo habían hecho desear salir del Yermo era la llegada del otoño. Un poco de fresco. Allí, desde luego, no iba a tener esa suerte. Por lo menos la ancha ala del sombrero lo protegía del sol.

Los bosques montañosos de Cairhien eran ridículos, con más claros que árboles, la mitad de ellos con las hojas marchitas por la sequía. En conjunto, no cubrirían ni una mínima parte del Bosque del Oeste, allí en casa. Las bajas tiendas Aiel se alzaban por doquier, bien que desde la distancia semejaban montones de hojas secas sobre un promontorio pelado, a no ser que tuvieran los laterales levantados, e incluso entonces no eran fáciles de distinguir. Los Aiel con los que se cruzó siguieron con sus ocupaciones sin apenas prestarle atención.

Mientras cruzaba el campamento, desde lo alto de una cresta divisó las carretas de Kadere, colocadas en círculo, con los conductores tendidos a la sombra debajo de los vehículos, pero al buhonero no se lo veía por ninguna parte. Kadere se quedaba cada vez más tiempo metido en su carromato, asomando la nariz rara vez salvo cuando Moraine se acercaba para inspeccionar la carga. Los Aiel apostados alrededor de las carretas en pequeños grupos, armados con lanzas y rodelas, arcos y aljabas, no simulaban que estaban allí de guardia. Moraine debía de pensar que Kadere o alguno de sus hombres podrían intentar marcharse con lo que ella había sacado de Rhuidean. Mat se preguntó si Rand se daría cuenta de que le estaba dando a Moraine todo cuanto le pedía. Durante un tiempo Mat había creído que su amigo le había ganado por la mano a la Aes Sedai, pero ya no estaba tan seguro aunque a Moraine sólo le faltara hacerle reverencias y alcanzarle la pipa.

La tienda de Rand estaba en lo alto del cerro, sola, naturalmente, con aquel estandarte rojo plantado en el astil en la parte delantera. Ondeaba con una ligera brisa, y a veces se extendía lo suficiente para mostrar el disco blanco y negro. Este emblema le ponía la piel de gallina a Mat tanto como le había ocurrido con el del dragón. Si un hombre quería evitar enredarse con las Aes Sedai, como cualquiera salvo un idiota haría, lo último que se le ocurriría sería utilizar ese símbolo.

Las laderas del cerro estaban peladas, pero las tiendas de las Doncellas rodeaban la base y se extendían entre los árboles por las cuestas de las colinas circundantes. También eso era lo normal, así como que el campamento de las Sabias estuviera dentro del de las Far Dareis Mai: varias docenas de tiendas bajas instaladas a tiro de piedra del cerro de Rand, con los gai’shain vestidos de blanco yendo y viniendo en sus tareas.

Sólo se veía a unas pocas Sabias, pero compensaron su escaso número con las penetrantes miradas con que siguieron su paso. Mat no tenía idea de cuántas de ellas eran capaces de encauzar, pero ninguna se quedaba atrás respecto a las Aes Sedai a la hora de sopesar y medir a uno con la mirada. Apretó el paso al tiempo que se obligaba a no encoger los hombros con inquietud; notaba aquellos ojos clavados en su espalda como si lo estuvieran azuzando con un palo. Y todavía le faltaba pasar por lo mismo a la vuelta. En fin, unas cuantas palabras con Rand y sería la última vez que tendría que aguantarlo.

Sólo que cuando se agachó y entró en la tienda de Rand el único que estaba dentro era Natael, tendido sobre los cojines, con su dorada arpa en forma de dragón apoyada contra la rodilla y una copa de oro en la mano.

Mat torció el gesto y masculló un juramento entre dientes. Tendría que haberlo adivinado. Si Rand hubiese estado allí él tendría que haber pasado a través del anillo de Doncellas que habría rodeado la tienda. Seguramente Rand se encontraría en la torre recién construida. Ésa había sido una buena idea. Reconocer el terreno. Tal era la segunda regla, a continuación de «conoce a tu enemigo», y siempre sin descuidar la una por la otra.