Eran nombres que habría eludido de poder hacerlo, pero ese tiempo había quedado atrás hacía mucho, si es que había existido alguna vez, y ya no pensaba en ello. O, si lo hacía en contadas ocasiones, era con el vago pesar del hombre que recuerda un necio sueño de su adolescencia. ¡Como si su adolescencia no estuviera tan reciente como para evocar cada minuto de ella! En cambio, procuraba pensar únicamente en lo que debía hacer. El destino y el deber lo apremiaban a seguir el camino como las riendas de un jinete; empero, había quien a menudo lo acusaba de obstinado. Sabía que tenía que llegar hasta el final de la senda marcada, pero si existía la posibilidad de alcanzar ese destino de otro modo quizá no tendría que ser el final. Una posibilidad remota y, casi seguro, inexistente. Las profecías exigían su sangre.
Rhuidean se extendía a sus pies, azotada por un sol todavía implacable a pesar de que ya descendía hacia las montañas rocosas, desoladas, sin apenas rastro de vegetación. Esa tierra accidentada y escabrosa, donde los hombres habían matado y muerto por un charco de agua que lograban encontrar, era el último lugar del mundo donde nadie esperaría encontrar una gran ciudad. Sus ancestrales constructores no habían terminado jamás su obra. Edificios increíblemente altos salpicaban la urbe, palacios escalonados y con los costados hechos de inmensas losas que a veces, tras ocho o diez pisos, acababan no en un techo sino con la irregular albañilería de otra planta a medio construir. Las torres se elevaban incluso más, pero la mitad de las veces se interrumpían bruscamente en una línea desigual, dentada. Una cuarta parte de las grandes estructuras, con sus descomunales columnas e inmensos ventanales de cristales multicolores, yacían esparcidas en escombros sobre amplias avenidas, por cuya parte central se extendían anchas franjas de tierra pelada, una tierra que nunca había sustentado los árboles para los que estaba destinada. Las maravillosas fuentes estaban secas, como lo habían estado cientos y cientos de años. Todo ese fútil trabajo para nada, ya que sus creadores acabaron muriendo sin concluir la obra; empero, a veces Rand pensaba que la ciudad había sido comenzada únicamente para que él pudiera encontrarla.
«Demasiada arrogancia —pensó—. Un hombre tendría que estar medio loco para ser tan soberbio». Soltó una seca risa sin poder evitarlo. Había Aes Sedai con los hombres y mujeres que habían llegado allí tanto tiempo atrás, y conocían El Ciclo Karaethon, las Profecías del Dragón. O puede que fueran ellos quienes habían escrito las Profecías. «El décuplo de la soberbia».
Directamente debajo de su posición se extendía una vasta plaza, medio cubierta por las alargadas sombras, que estaba repleta con un fárrago de estatuas y sillas de cristal, objetos raros y formas peculiares de metal, cristal o piedra, cosas que no sabía identificar y que se encontraban desperdigadas en confusos montones, como depositadas por un vendaval. Si en las zonas de sombras hacía fresco, era sólo en comparación con lo otro. Unos hombres con ropas burdas —no Aiel— sudaban para cargar las carretas con los objetos que elegía una mujer esbelta, de estatura baja, ataviada con un prístino vestido de seda azul, que se desplazaba de un lado a otro manteniendo recta la espalda, como si el calor no la afectara como a los demás. No obstante, llevaba un pañuelo húmedo ceñido a las sienes; la realidad era que no se permitía manifestar los efectos que tenía en ella el calor. Rand habría apostado que ni siquiera transpiraba.
El jefe de la cuadrilla era un hombre moreno y corpulento llamado Hadnan Kadere, un supuesto buhonero vestido con un traje de color crema, que estaba empapado de sudor. Se enjugaba el rostro de manera continua con un pañuelo grande mientras gritaba maldiciones a los hombres —sus carreteros y guardias—, pero se afanaba tanto como ellos en recoger lo que quiera que la esbelta mujer señalara, ya fuera grande o pequeño. Las Aes Sedai no paraban mientes en la envergadura de lo que requiriese su voluntad, pero Rand era de la opinión de que Moraine habría hecho lo mismo aunque nunca hubiera estado en la Torre Blanca.
Dos de los hombres estaban intentando mover lo que parecía ser un marco de puerta hecho de piedra roja, extrañamente retorcido; las esquinas parecían no encajar correctamente, y los ojos de cualquier observador esquivaban seguir la línea de las piezas rectas. Se mantenía erguido, girando libremente sobre sí pero rehusando inclinarse por mucho que lo manipularan de formas distintas. Entonces uno de los hombres resbaló y pasó a través del marco hasta la cintura. Rand se puso en tensión. Por un instante, el tipo pareció desaparecer de cintura para arriba mientras sus piernas pateaban frenéticamente, con pánico, hasta que Lan, un hombre alto vestido con un atuendo de tonalidades verdes, se acercó en dos zancadas y lo sacó tirando del cinturón. Lan era el Guardián de Moraine y estaba vinculado a ella de un modo que escapaba a la comprensión de Rand; era un hombre duro, que se movía como los Aiel, como un lobo al acecho; la espada que llevaba al costado parecía formar parte de su persona. Soltó al trabajador en las losas del suelo sobre sus posaderas y lo dejó allí; los gritos aterrados del tipo llegaron apagados hasta Rand, y éste observó que su compañero parecía a punto de echar a correr. Varios hombres de Kadere que habían estado lo bastante cerca para ver lo ocurrido se miraron entre sí y luego a las montañas que rodeaban la ciudad, obviamente sopesando las posibilidades de huida.
Moraine surgió en medio de ellos tan rápidamente que pareció hacerlo mediante el Poder y fue de un hombre a otro, sosegada. Por su actitud Rand casi adivinó las frías e imperiosas órdenes, pronunciadas con una certidumbre tal de que serían obedecidas que no hacerlo resultaría absurdo. A no tardar, Moraine había suprimido la resistencia, revocado las objeciones y azuzado a todos de vuelta al trabajo. Los dos que se ocupaban del marco enseguida estaban de nuevo forcejeando y empujando con tanto empeño como antes, aunque echaban frecuentes miradas de soslayo a Moraine cuando creían que ésta no los veía. A su modo, era más dura que el propio Lan.
Que Rand supiera, todos los objetos de allí abajo eran angreal o sa’angreal o ter’angreal creados antes del Desmembramiento del Mundo con el fin de incrementar el Poder Único o de ser utilizados de distintos modos. Indudablemente los habían creado mediante el Poder, aunque en la actualidad ni siquiera las Aes Sedai sabían cómo construir esa clase de objetos. Rand casi estaba seguro de saber la utilidad del marco de puerta retorcido: un umbral a otro mundo; pero en cuanto al resto, no tenía la menor idea. Nadie la tenía. Ésa era la razón de que Moraine estuviera trabajando con tanto afán, para enviar a la Torre para su estudio tantos como pudiera cargar en las carretas. Incluso allí, sólo se sabía la utilidad de algunos.
Lo que estaba en las carretas o tirado sobre el pavimento no le interesaba a Rand; ya había cogido lo que necesitaba de allí. En cierto sentido, había cogido más de lo que deseaba.
En el centro de la plaza, cerca de los restos calcinados de un gran árbol de decenas de metros de altura, se alzaba un pequeño bosque de columnas de cristal, todas ellas casi tal altas como el árbol y tan esbeltas que daba la impresión que cualquier ventarrón las echaría abajo, haciéndolas añicos. A pesar de que las sombras empezaban a tocarlas, las columnas reflejaban la luz del sol irradiándola en centelleos y titilaciones. Durante incontables años, hombres Aiel habían entrado en aquel bosque de cristal y habían salido marcados como Rand, pero sólo en un brazo, con la señal de jefes de clan. O salían con la marca o no volvían a ser vistos. También mujeres Aiel habían ido a la ciudad para convertirse en Sabias. Nadie más lo hacía, o no vivía para contarlo. «Un hombre puede ir a Rhuidean una vez, y una mujer, dos; más veces significa la muerte», es lo que habían dicho las Sabias, y entonces era verdad. Ahora todo el mundo podía entrar en Rhuidean.