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La reacción fue como si les hubiera dicho a estos lechuguinos que iba a haber un baile con mujeres cantando para recibirlos. Unas sonrisas ansiosas asomaron a sus rostros y empezaron a hacer cabriolear a sus caballos mientras se palmeaban los hombros unos a otros y hacían alarde de cuántos matarían. Estean fue el único que no mostró el menor entusiasmo y se limitó a suspirar y a probar si su espada salía suavemente de la vaina.

—¡No miréis hacia arriba! —espetó Mat. ¡Los muy necios! ¡Eran muy capaces de dar la orden de ataque en cualquier momento!—. Mantened los ojos fijos en mí. ¡En mí!

Sólo el hecho de ser amigo de quien era logró tranquilizarlos. Melanril y los demás, con sus bonitas e intactas armaduras, fruncieron el entrecejo en un gesto impaciente, sin comprender por qué no quería que se pusieran a matar salvajes Aiel. Si no hubiese sido amigo de Rand, probablemente los habrían arrollado a él y a Puntos.

Podía dejar que salieran a la carga; lo harían fragmentando la unidad, dejando a los piqueros y a los cairhieninos detrás, aunque éstos tal vez se sumaran al ataque cuando se dieran cuenta de lo que pasaba. Y todos morirían. Si fuese listo les permitiría salirse con la suya mientras que él se marchaba en dirección contraria. El problema era que después de que estos idiotas actuaran de modo que los Aiel comprendieran que su emboscada había sido descubierta, éstos podrían muy bien decidir hacer algo inesperado, como dar un rodeo para atacar por los flancos la columna estirada de estos estúpidos. Si tal cosa ocurría, ya no estaría segura su escapada.

—Lo que el lord Dragón quiere que hagáis —empezó— es continuar adelante al paso, como si no hubiese un solo Aiel en cien kilómetros a la redonda. Tan pronto como los piqueros entren en la quebrada, formarán un cuadro hueco y os meteréis dentro a paso redoblado.

—¡Dentro! —protestó Melanril. Unos murmullos iracundos se alzaron entre los otros jóvenes nobles, excepto Estean, que parecía pensativo—. ¡No es honroso esconderse tras unos apestosos…!

—¡Lo haréis, maldita sea! —bramó Mat, que condujo a Puntos cerca del caballo del teariano—. ¡Y si los Aiel no os matan, lo hará Rand, y si se deja alguno yo mismo lo trocearé para hacer salchichas! —Esto se estaba alargando demasiado; a estas alturas los Aiel tenían que estar preguntándose de qué hablaban—. Con un poco de suerte, estaréis colocados antes de que los Aiel se os echen encima. Si lleváis arcos cortos, utilizadlos, y si no, mantened vuestra posición. ¡Tendréis vuestra jodida carga y se os dirá cuándo, pero si os movéis demasiado pronto…! —Casi podía sentir cómo pasaban los segundos.

Apoyó el extremo de su peculiar arma en el estribo como si fuera una lanza y taloneó a Puntos, dirigiéndolo a lo largo de la columna. Cuando miró hacia atrás, Melanril y los otros hablaban entre sí y le echaban ojeadas. Por lo menos no se habían lanzado a galope valle adelante.

El comandante de los piqueros resultó ser un cairhienino delgado, de tez pálida, unos diez centímetros más bajo que Mat, que iba montado en un castrado gris con aspecto de haber pasado de sobra la edad de que lo jubilaran. Empero, Daerid tenía una mirada dura, la nariz rota por varios sitios, y tres cicatrices blancas marcándole la cara, una de ellas bastante reciente. Se despojó del yelmo con forma de campana mientras hablaba con Mat; llevaba la parte delantera de la cabeza afeitada, lo que indicaba que no era un lord. Quizás había pertenecido al ejército antes de que estallara la guerra civil. Sí, sus hombres sabían cómo formar un erizo. En respuesta a sus preguntas, contestó que no había luchado contra Aiel, pero sí que se había enfrentado a bandas de asaltantes y a la caballería andoreña; también dio a entender que había combatido contra otros cairhieninos al servicio de una casa que aspiraba al trono. Daerid no se mostraba ansioso ni renuente, sino como un hombre que tiene que realizar una tarea que es su oficio.

La columna reanudó la marcha a paso más rápido mientras Mat taconeaba a Puntos en dirección contraria. Avanzaban a un paso regular, y una rápida ojeada más allá le reveló a Mat que los tearianos mantenían el mismo ritmo pausado.

Dejó que Puntos trotara un poco más deprisa, pero no demasiado. Tenía la sensación de notar los ojos Aiel clavados en la espalda, y que se estaban preguntando qué habría dicho a las tropas y adónde iba ahora y por qué. «Un simple mensajero que entrega los comunicados y se marcha. Nada de que preocuparse». Sinceramente confiaba en que fuera eso lo que los Aiel pensaban, pero sus hombros no soltaron la tensión hasta que estuvo seguro de que ya no lo veían.

Los cairhieninos seguían esperando donde los había dejado, y también mantenían a los flanqueadores en sus posiciones. Los estandartes y los con estaban apiñados donde los lores se habían reunido, uno o más por cada diez soldados. La mayoría llevaba petos sencillos, y en el que había adornos dorados o plateados, éstos aparecían abollados como si un herrero borracho se hubiera ocupado de ellos. Algunas de las monturas hacían que la de Daerid pareciese el caballo de guerra de Lan. ¿Podrían hacer la parte que les iba a encomendar? Con todo, los rostros que se volvieron hacia él eran duros, y las miradas, incluso más.

Mat había llegado a una zona que estaba fuera del alcance de la vista de los Aiel, de modo que podría seguir camino; bueno, después de decirles a éstos lo que esperaba de ellos. Había mandado a los otros a la trampa de los Aiel, y no podía abandonarlos, sencillamente.

Talmanes de la casa Delovinde, cuyo con mostraba tres estrellas amarillas sobre fondo azul y su estandarte un zorro negro, era aun más bajo que Daerid y tenía como mucho tres años más que Mat, pero dirigía a estos cairhieninos aunque eran hombres mayores que él y algunos ya peinaban canas. Sus ojos traslucían tan poca expresión como los de Daerid, y él en sí parecía un látigo enroscado. Su armadura y su espada eran tremendamente sencillas; una vez que le dijo su nombre a Mat, se limitó a escuchar en silencio mientras éste exponía su plan, un poco ladeado en la silla para trazar líneas en el suelo con la punta de la afilada hoja de la lanza.

Los otros lores cairhieninos se situaron alrededor de ellos con los caballos, observando, pero ninguno con tanta intensidad como Talmanes, quien estudió el mapa que ya conocía y lo estudió a él desde las botas hasta el sombrero, pasando por la extraña lanza. Cuando Mat hubo acabado, el tipo siguió sin hablar.

—¿Y bien? —espetó Mat—. Me importa poco si lo tomas o lo dejas, pero tus amigos estarán metidos hasta el cuello con los Aiel a no mucho tardar.

—Los tearianos no son mis amigos. Y Daerid es… útil, pero, desde luego, no un amigo. —Unas risas secas se alzaron entre los lores que observaban—. Pero me ocuparé de dirigir a la mitad si tú diriges a la otra.

Talmanes se quitó uno de los guanteletes reforzados con acero en el dorso y le tendió la mano. Mat se quedó mirándola fijamente. ¿Dirigir? ¿Él? «Soy un jugador, no un soldado. Un mujeriego». Recuerdos de batallas libradas largo tiempo atrás bulleron en su mente, pero se obligó a rechazarlos. Lo único que tenía que hacer era marcharse a galope; claro que entonces Talmanes dejaría a Estean, Daerid y los demás en la estacada, para que se asaran bien en el espetón donde él los había colgado. Se sorprendió a sí mismo al estrechar la mano tendida del noble.

—Cuento con que estarás allí cuando llegue el momento —dijo.

Por toda respuesta, Talmanes empezó a llamar por los nombres a los cairhieninos, y los lores y nobles nombrados condujeron sus monturas hacia Mat, cada uno de ellos seguido por un portaestandarte y alrededor de una docena de soldados, hasta que tuvo a su mando unos cuatrocientos hombres. Talmanes poco tuvo que decir después de aquello, de modo que condujo a los demás al trote, dejando tras de sí una nube de polvo.