—Manteneos juntos —ordenó Mat a su tropa—. Cargad cuando yo diga que carguéis, corred cuando yo diga que corráis y no hagáis ningún ruido que no sea necesario.
Hubo crujidos de sillas de montar y el trapaleo de cascos cuando lo siguieron, claro está, pero al menos no hablaron ni preguntaron.
Una última ojeada al otro grupo de estandartes y con, y a continuación el otro grupo se perdió de vista en un recodo del camino. ¿Cómo se había metido en esto? Todo había empezado de una forma sencilla, sólo dar la alarma y marcharse. Todos los pasos posteriores habían parecido tan lógicos, tan necesarios, y ahora estaba metido hasta el cuello en barro sin más opción que seguir adelante. Confiaba en que Talmanes apareciera como había dicho. El hombre ni siquiera le había preguntado quién era.
El sinuoso valle entre colinas giraba y se bifurcaba hacia el norte, pero Mat tenía un buen sentido de la orientación. Por ejemplo, sabía con exactitud hacia dónde quedaba el sur y la seguridad, y no era hacia allí donde se dirigía. Unos nubarrones negros se estaban formando encima de la ciudad, los primeros tan densos que Mat había visto desde hacía mucho tiempo. La lluvia acabaría con la sequía —buena cosa para los granjeros, si es que quedaba alguno— y posaría el polvo, lo que convenía a los jinetes, porque de ese modo no anunciarían su presencia demasiado pronto. Si llovía a lo mejor los Aiel se darían por vencidos y volverían a casa. También empezaba a soplar el viento, trayendo un poco de frescor al ambiente, para variar.
El sonido de lucha llegó por encima de las cumbres de los cerros, de gritos de hombres, de alaridos. Había empezado.
Mat hizo girar a Puntos, levantó la lanza y la movió a derecha e izquierda. Casi se sorprendió cuando los cairhieninos formaron en una larga hilera a ambos lados de él, de cara a la empinada ladera. El gesto había sido instintivo, de otro tiempo y otro lugar, pero estos hombres habían presenciado batallas. Azuzó a Puntos cuesta arriba, entre los escasos árboles, a paso lento, y avanzaron entre el apagado sonido metálico de las bridas.
La primera reacción de Mat al llegar a la cima del cerro fue de alivio al divisar a Talmanes y a sus hombres remontando la cima que había enfrente. La segunda fue soltar una imprecación.
Daerid había formado un erizo, las densas hileras de picas en cuatro filas de fondo, intercaladas con arqueros, para hacer un gran cuadrado. Las largas picas dificultaban el avance de los Shaido, pero aun así los Aiel se habían lanzado a la carga, y los arqueros y ballesteros intercambiaban disparos sin cesar con ellos. Los hombres caían en ambos bandos, pero los piqueros se limitaban a cerrar el hueco cuando uno de ellos era abatido, cerrando más el cuadro. Ni que decir tiene que los Shaido no daban señales de aflojar en su ataque.
Los Defensores estaban desmontados en el centro, y quizá la mitad de los lores tearianos con sus soldados. La mitad. Por eso había soltado una maldición. Los demás corrían de aquí para allá entre los Aiel, asestando golpes y estocadas con lanzas y espadas, en grupos de cinco o diez o solos. Docenas de caballos sin jinete ponían de manifiesto lo bien que lo estaban haciendo. Melanril estaba allí fuera, sólo con su portaestandarte, asestando estocadas a diestro y siniestro. Dos Aiel se acercaron velozmente y desjarretaron limpiamente al caballo del pisaverde; el animal cayó sacudiendo la cabeza —Mat estaba seguro de que relinchó, pero el estruendo ahogó el sonido— y entonces Melanril desapareció detrás de figuras vestidas con cadin’sor que arremetían con sus lanzas. El portaestandarte duró unos segundos más.
«Vete con viento fresco» pensó, sombrío, Mat. Se incorporó sobre los estribos, levantó su singular lanza y después la movió hacia adelante al tiempo que gritaba:
—¡Los! ¡Los caba’drin!
Se habría tragado las palabras de haber podido, y no porque fueran en la Antigua Lengua; allá abajo, en el valle, era un caldero hirviendo. Pero, hubiera o no entendido algún cairhienino la orden de «jinetes al ataque» en la Antigua Lengua, sí que comprendieron el gesto, sobre todo cuando él se sentó de nuevo y clavó los talones en los ijares de su caballo. No es que deseara hacerlo, pero ahora no tenía otra opción; él había metido a esos hombres ahí abajo —algunos podrían haber escapado si les hubiera ordenado dar media vuelta y huir— y no le quedaba más remedio.
Con los estandartes y los con ondeando al aire, los cairhieninos cargaron ladera abajo tras él a la par que lanzaban gritos de guerra. Imitándolo a él, sin duda, aunque lo que Mat aullaba a pleno pulmón era «¡Rayos y truenos!». En la colina al otro lado del valle Talmanes descendía también a galope tendido.
Convencidos de que tenían atrapados a todos los hombres de las tierras húmedas, los Shaido no vieron a los otros hasta que se les echaron encima por ambos lados. Fue entonces cuando los rayos empezaron a descargarse. Y, después de eso, las cosas se pusieron verdaderamente espeluznantes.
44
La tristeza menor
Rand tenía pegada la camisa con el sudor debido al esfuerzo, pero no se quitó la chaqueta para protegerse del viento que aullaba hacia Cairhien. Todavía faltaba una hora para que el sol alcanzara su cenit, pero él se sentía como si hubiese estado corriendo toda la mañana y al final lo hubieran breado a garrotazos. Envuelto en el vacío, sólo era vagamente consciente de su agotamiento, de los fuertes pinchazos en sus brazos y en sus hombros, del insoportable dolor de riñones, de las punzadas alrededor de la tierna herida del costado. El hecho de que lo notara hablaba por sí mismo. Henchido de Poder, era capaz de distinguir cada hoja de los árboles a un centenar de pasos, pero lo que quiera que le estuviese ocurriendo a él físicamente tendría que haber sido como si le pasara a otra persona.
Hacía mucho tiempo que había empezado a absorber el saidin a través del angreal que llevaba en el bolsillo, la figurilla de piedra del hombrecillo gordo. Aun así, trabajar con el Poder a una distancia de kilómetros era una dura prueba, pero sólo la sensación putrefacta de la contaminación lo frenaba de absorber más y más, de intentar asimilarlo todo dentro de sí. Tal era la dulzura del Poder, con contaminación o sin ella. Después de encauzar sin pausa durante horas, estaba así de cansado; pero, al mismo tiempo, tenía que luchar con el propio saidin con mayor empeño, emplear más de su energía en impedir que lo abrasara hasta convertirlo en cenizas allí mismo, de destruir su mente en una llamarada. Jamás fue tan difícil frenar la destrucción del saidin, de resistir el deseo de absorber más, de manejar lo que absorbía. Una desagradable espiral descendente, y aún faltaban horas para que se decidiera el final de la batalla.
Se enjugó el sudor de los ojos y apretó entre los dedos la burda barandilla de madera. Casi había llegado al límite, pero era más fuerte que Egwene o Aviendha. La joven Aiel estaba de pie, escudriñando Cairhien y las nubes tormentosas, agachándose de vez en cuando para mirar por el visor de lentes; Egwene se había sentado cruzada de piernas, apoyada contra un montante que todavía conservaba la corteza gris, y tenía los ojos cerrados. El aspecto de ambas era de estar tan agotadas como se sentía él.
Antes de que tuviera ocasión de hacer nada —y no es que supiera qué, ya que no tenía habilidad para la Curación— Egwene abrió los ojos y se puso de pie; intercambió unas cuantas palabras con Aviendha en un tono tan bajo que el viento se las llevó sin que él consiguiera captarlas, a pesar de tener el sentido del oído aguzado por el saidin. Entonces Aviendha se sentó en el sitio ocupado antes por Egwene y recostó la cabeza en el montante. Los nubarrones negros que cubrían la ciudad siguieron descargando relámpagos, pero ahora eran trazos zigzagueantes y bifurcados más que rayos individuales.