Haciendo una mueca de dolor y reprimiendo otro gemido, se puso de pie con sólo un poco de ayuda de Aviendha. Al instante se olvidó de sus heridas.
Sulin estaba sentada a corta distancia, y Egwene le vendaba una brecha sangrante en el cuero cabelludo mientras mascullaba ferozmente entre dientes porque no sabía cómo curar, pero la Doncella de pelo blanco no era la única herida ni la que estaba en peores condiciones. Mujeres vestidas con el cadin’sor cubrían con mantas los cadáveres por doquier y atendían a las que simplemente estaban quemadas, si es que podía utilizarse el término «simplemente» para quemaduras de un rayo. Salvo por los rezongos de Egwene, la cumbre de la colina estaba sumida casi por completo en el silencio, ni siquiera roto por las mujeres heridas a excepción de sus trabajosas respiraciones.
La torre de troncos, irreconocible ahora, había ocasionado numerosas bajas entre las Doncellas al desplomarse, rompiendo brazos y piernas, abriendo desgarrones impresionantes. Contempló cómo se cubría con una manta a una Doncella de cabello rubio rojizo, de un tono muy parecido al de Elayne, con la cabeza doblada en un ángulo forzado y los ojos vidriosos muy abiertos, sin vida. Era Jolien, una de los primeros que habían cruzado la Pared del Dragón en busca de El que Viene con el Alba. Había ido a la Ciudadela de Tear por él, y ahora estaba muerta. Por él. «Qué bien te has ocupado de apartar del peligro a las Doncellas —pensó amargamente—. ¡Oh, sí, lo has hecho muy bien!»
Todavía podía percibir los rayos o, más bien, los residuos de su elaboración. Casi como la imagen grabada en sus retinas un rato antes, era capaz de rastrear el tejido aunque éste empezaba a desvanecerse. Para su sorpresa, apuntaba hacia el oeste, no hacia las tiendas. Entonces no había sido Asmodean.
«Sammael». Estaba seguro de ello. El Renegado había lanzado el ataque en el Jangai, estaba detrás de los ataques de los piratas y las incursiones en Tear, y había sido el autor de esto. Hizo una mueca, como un gruñido silencioso, que dejó a la vista sus dientes.
—¡Sammael! —Su voz fue un áspero susurro. Rand no se percató de que había dado un paso hasta que Aviendha lo agarró del brazo.
Un instante después, Egwene lo cogía del otro; las dos mujeres se aferraron a él como si se propusieran inmovilizarlo en el sitio.
—No seas un completo cabeza hueca —dijo Egwene, que dio un respingo ante la feroz mirada que le asestó, pero no le soltó el brazo. La joven se había puesto de nuevo el pañuelo ceñido a la frente, pero pasarse los dedos por el cabello no había servido para peinarlo, y el polvo todavía le cubría la blusa y la falda—. Quienquiera que hiciese esto ¿por qué crees que esperó tanto, hasta que estuvieras cansado? Porque si su intento de matarte fracasaba, si lo perseguías, serías un bocado fácil de tragar. ¡Apenas puedes tenerte en pie!
Tampoco Aviendha parecía dispuesta a soltarlo y le sostuvo la mirada con otra igualmente desafiante.
—Haces falta aquí, Rand al’Thor. Aquí, Car’a’carn. ¿Es que tu honor está en matar a ese hombre o está aquí, con aquellos que trajiste a esta tierra?
Un joven Aiel subió corriendo entre las Doncellas, con el shoufa alrededor de los hombros y sosteniendo las lanzas y la adarga con grácil facilidad. Si le pareció extraño encontrar a dos mujeres sosteniendo a Rand no lo dio a entender. Observó los restos destrozados de la torre, los muertos y los heridos con ligera curiosidad, como preguntándose cómo habría ocurrido y dónde estarían los enemigos muertos. Bajó las puntas de las lanzas ante Rand y se presentó:
—Soy Seirin, del septiar Shorara de los Tomanelle.
—Te veo, Seirin —saludó Rand del mismo modo ceremonioso, cosa nada fácil considerando que dos mujeres lo sujetaban como si temieran que fuese a echar a correr.
—Han de los Tomanelle envía un mensaje al Car’a’carn. Los clanes del este se mueven unos hacia otros. Los cuatro. Han se propone unirse con Dhearic, y ha mandado llamar a Erim para que se reúna con ellos.
Rand respiró con cuidado y confió en que las mujeres creyeran que su mueca se debía a las noticias que habían recibido; el costado le ardía y sentía cómo la sangre se extendía poco a poco en su camisa. Así que no habría ninguna fuerza que obligara a Couladin a dirigirse hacia el norte cuando los Shaido huyeran. Si es que huían; que él hubiese visto, hasta el momento no habían dado señales de ello. ¿Por qué se estaban reuniendo los Miagoma y los otros? Si se disponían a ir contra él, entonces habían delatado sus intenciones; empero, si lo que se proponían era atacarlos, Han, Dhearic y Erim estarían en desventaja numérica, y si los Shaido aguantaban lo suficiente y los otros cuatro clanes conseguían abrir brecha… Por encima de las colinas boscosas pudo ver que había empezado a llover sobre la ciudad ahora que Egwene y Aviendha no estaban controlando las nubes. Eso estorbaría a ambos bandos; pero, a menos que las dos mujeres estuvieran en mejores condiciones de lo que aparentaban, seguramente serían incapaces de recobrar el control desde esta distancia.
—Dile a Han que haga lo que sea preciso para impedir que se pongan a nuestra espalda.
A pesar de su juventud —aunque en realidad debía de tener más o menos la misma edad que Rand— Seirin enarcó una ceja en un gesto de sorpresa. Claro. Han no habría actuado de otra manera y Seirin lo sabía. El Aiel sólo esperó el tiempo suficiente para estar seguro de que Rand no tenía más mensajes que transmitir y luego se marchó corriendo colina abajo, tan deprisa como había llegado. A buen seguro esperaba estar de regreso sin haberse perdido ni un minuto más de lo necesario de la lucha, la cual muy bien podía haber dado ya comienzo, allí en el este.
—Necesito que alguien me traiga a Jeade’en —manifestó Rand tan pronto como Seirin se hubo marchado a todo correr. Las dos jóvenes no se parecían mucho físicamente, pero aun así se las arreglaron para poner una expresión desconfiada que eran calcos la una de la otra; ese modo de fruncir el ceño debía de ser una de las cosas que todas las madres enseñaban a sus hijas—. No voy tras Sammael. —Todavía no—. Pero he de acercarme más a la ciudad —explicó mientras señalaba la torre desplomada con la barbilla, el único gesto que podía hacer teniéndolas colgadas a él como las tenía. A lo mejor maese Tovere podía salvar las lentes de los visores, pero no quedaba un solo tronco de la torre entero; se había acabado observar todo desde una posición alta por ese día.
Egwene no parecía convencida en absoluto, pero Aviendha apenas vaciló antes de pedir a una joven Doncella que fuera donde los gai’shain para que trajeran a Jeade’en… y también a Niebla, algo con lo que Rand no había contado. Egwene empezó a sacudirse el polvo de la ropa mientras rezongaba entre dientes, y Aviendha consiguió un peine de marfil y otro pañuelo en alguna parte. A pesar de la caída, las dos muchachas tenían un aspecto mucho menos desaliñado que el de él. El cansancio todavía se marcaba en sus semblantes, pero mientras fueran capaces de encauzar resultarían útiles.
Aquello lo hizo pensar. ¿Es que ahora nunca pensaba en nadie salvo para plantearse lo útiles que podían ser? Debería ocuparse de mantenerlas tan seguras como lo habían estado en lo alto de la torre, aunque, al final, resultó que la torre no era tan segura. Pero esta vez arreglaría mejor las cosas.
Sulin se puso de pie al verlo acercarse; un pálido vendaje de algode le cubría la cabeza como un gorro bajo el cual asomaba su blanco cabello.