Los tearianos no parecían muy convencidos; por lo visto aún no eran conscientes de lo deprisa que podían moverse los Aiel.
Mat no se hacía ilusiones. Ya había estudiado el terreno, pero volvió a mirar en derredor y suspiró. Había una buena vista desde aquella colina, y se encontraban justo en la única arboleda medianamente decente que había en un kilómetro a la redonda. El resto sólo eran arbustos que llegaban como mucho a la cintura y alguno que otro cedro o roble. Esos Aiel sin duda enviarían exploradores allí arriba para echar un vistazo al panorama, y no había la menor posibilidad de alejarse y alcanzar un sitio cubierto antes de que llegaran; ni siquiera la caballería lo conseguiría, y los piqueros estarían en mitad de campo abierto. Sabía lo que había que hacer —otra vez era atacar o ser atacado— pero no por ello tenía que gustarle.
Echó un vistazo en derredor, pero antes de que pudiera abrir la boca se le adelantó Daerid:
—Mis exploradores me han informado que el propio Couladin está con este grupo. Al menos, el que los dirige lleva los brazos al aire y luce unas marcas iguales a las que según se cuenta tiene el lord Dragón.
Mat gruñó. Couladin, y dirigiéndose hacia el este. Si hubiese algún modo de quitarse de en medio, el tipo iría de cabeza directamente contra Rand. Puede que fuera eso precisamente lo que se proponía. Mat se dio cuenta de que estaba furioso y que no se debía a que Couladin quisiera matar a Rand. Tal vez el jefe Shaido, o lo que quiera que fuese ese hombre, lo recordara como alguien que andaba siempre cerca de Rand, pero ante todo Couladin era la razón de que él estuviera atascado allí en medio de una batalla, procurando salir con vida, preguntándose si en cualquier momento todo iba a desembocar en una lucha personal entre Rand y Sammael, una contienda que podía acabar con todo cuanto hubiera en un radio de cuatro o cinco kilómetros. «Eso si antes no me encuentro con una lanza clavada en las tripas». Y sin tener más oportunidad de evitarlo que la que tenía un ganso colgado por las patas en la puerta de la cocina. Nada de aquello estaría pasando si no fuese por Couladin.
Lástima que nadie lo hubiera matado hacía años, y no porque no hubiese dado motivos de sobra. Los Aiel rara vez demostraban su cólera, y cuando lo hacían era de un modo frío y controlado. Por el contrario, Couladin aparentemente estallaba dos o tres veces al día y perdía la cabeza con un ataque de abrasadora furia tan rápida y fácilmente como quien parte una paja. Era un milagro que todavía siguiera vivo, y la mismísima suerte del Oscuro.
—Nalesean, da con tus tearianos un amplio rodeo hacia el norte y ataca a esos tipos por la retaguardia —ordenó, iracundo—. Nosotros los mantendremos ocupados, así que cabalgad a galope tendido y caed sobre ellos como un edificio desplomándose. —«Así que tiene la suerte del Oscuro, ¿no? Rayos y centellas, espero que la mía haya vuelto»—. Talmanes, vosotros haced lo mismo por el sur, Moveos, los dos. Apenas tenemos tiempo y lo estamos perdiendo.
Los dos tearianos hicieron una precipitada reverencia y corrieron hacia sus caballos mientras se encasquetaban los yelmos. La reverencia de Talmanes fue más ceremoniosa.
—Que la gracia favorezca tu espada, Mat. O tal vez debería decir tu lanza. —Dicho esto también se marchó.
Cuando los tres desaparecieron colina abajo, Daerid alzó la vista hacia Mat mientras se limpiaba la lluvia de los ojos con un dedo.
—Así que esta vez os quedáis con los piqueros. No debéis dejar que os domine la cólera contra ese tal Couladin. Una batalla no es el lugar propicio para dirimir un duelo.
Mat reprimió a duras penas el impulso de quedarse boquiabierto. ¿Un duelo? ¿Él? ¿Y con Couladin? ¿Por eso pensaba Daerid que se quedaba con la infantería? Lo había decidido porque era más seguro estar detrás de las picas, ésa era la razón, la única razón.
—No te preocupes, soy una persona que sabe refrenarse. —Y él que había pensado que Daerid era el más sensato de esta pandilla.
El cairhienino se limitó a asentir con la cabeza.
—Eso me pareció —dijo—. Juraría que habéis visto un erizo de picas con anterioridad y habéis afrontado una o dos cargas. Talmanes es de los que harán un elogio cuando haya dos lunas en el cielo, pero sin embargo le he oído decir en voz alta que os seguiría dondequiera que nos condujeseis. Algún día me gustaría oír vuestra historia, andoreño; pero sois joven, aunque la Luz sabe que no es mi intención mostrarme irrespetuoso, y los jóvenes tienen caliente la sangre.
—La lluvia la mantendrá fría si no lo hacen otras cosas. —¡Rayos y centellas! ¿Es que estaban todos locos? ¿Que Talmanes lo elogiaba? Se preguntó qué dirían si descubrieran que sólo era un jugador que se dejaba guiar por recuerdos fragmentados de hombres muertos hacía mil años o más. Echarían a suertes cuál de ellos lo ensartaba como a un cerdo en la primera oportunidad que se les presentara, en especial los lores. A nadie le gustaba que lo hicieran parecer un necio, pero a los nobles les hacía menos gracia que a nadie, quizá porque ellos mismos se las arreglaban para quedar como idiotas tantas veces. En fin, de un modo u otro, estaba dispuesto a encontrarse a muchos kilómetros de distancia cuando eso se supiera. «Maldito Couladin. ¡Me gustaría atravesarle la garganta con esta lanza!» Taloneó a Puntos y se dirigió hacia la ladera opuesta, al pie de la cual aguardaba la infantería.
Daerid montó en su caballo y se situó al lado de Mat; fue asintiendo con la cabeza a medida que el joven exponía su plan: los arqueros en las laderas, desde donde podían cubrir los flancos, pero a cubierto, escondidos tras los arbustos hasta el último momento; un hombre en la cumbre para hacer una señal cuando los Aiel estuvieran a la vista; y los piqueros preparados para ponerse en movimiento y marchar directamente hacia el enemigo tan pronto como llegara esa señal.
—No bien nosotros divisemos a los Shaido, iniciaremos la retirada tan deprisa como sea posible hasta llegar casi a la quebrada que hay entre estas dos colinas, y después nos volveremos para hacerles frente.
—Creerán que intentamos huir, se darán cuenta de que no podemos y supondrán que nos revolvemos como lo haría un oso acosado por una jauría de sabuesos. Al ver que somos menos de la mitad que ellos y que luchamos sólo porque no tenemos otro remedio, lo lógico es que decidan abalanzarse sobre nosotros. Los mantendremos ocupados hasta que la caballería se les eche encima por la retaguardia… —El cairhienino esbozó una mueca—. Es utilizar las tácticas de los Aiel contra ellos.
—Más vale que los mantengamos ocupados. —El tono de Mat era tan seco como empapado estaba él—. Para estar seguro de que no nos… Para asegurarnos de que ellos no empiezan a dar rodeos para sorprendernos por los flancos, quiero que se alce un grito cuando interrumpáis la retirada: «Proteged al lord Dragón».
Esta vez Daerid rió de buena gana. Eso haría que los Shaido se lanzaran al ataque directamente, sobre todo si Couladin iba a la cabeza. Si tal era el caso, si el jefe Shaido pensaba que Rand estaba con los piqueros, si los piqueros no resistían hasta que la caballería llegase… Demasiados «síes» condicionales. Mat oía de nuevo los dados rodando en su cabeza. Aquélla era la partida más importante y la mayor apuesta de su vida. Se preguntó cuánto faltaba para oscurecer; un hombre solo tendría oportunidad de escapar en medio de la noche. Ojalá esos dados desaparecieran de su cabeza o, si no, que pararan de una vez y así podría ver qué tirada salía. Ceñudo, empapado por la lluvia, taconeó a Puntos y descendió colina abajo.
Jeade’en se detuvo en una cima en la que una docena de árboles conformaba un ralo penacho, y Rand se encorvó ligeramente para aguantar el dolor del costado. La luna en su cuarto creciente, cada vez más alta en el cielo, arrojaba una pálida luz, pero incluso para su vista aguzada por el saidin todo lo que había a más de cien pasos de distancia no eran más que sombras informes. La noche se tragaba las colinas de los alrededores, y Rand sólo era consciente de vez en cuando de la presencia de Sulin cerca de él y de las Doncellas rodeándolo. Claro que él sólo era capaz de mantener los ojos entreabiertos; los sentía irritados, como si le hubiera entrado arenilla. Seguramente lo único que lo mantenía despierto era el mordiente dolor del costado. No pensaba en él a menudo; pensar no sólo era algo distante ahora, sino un proceso lento.