Le he contado todo, sí, señor. Y él me ha dicho que se lo cuente a mi nieto. Y que a usted puedo hablarle de cuanto quiera, que es de fiar. Y mire que yo no se lo he preguntado, eh. No vaya a dar en creer que ando pidiendo referencias.
¿Y sabe qué me ha dicho también?
Que es verdad que no hay que abonarle ningún dinero, que él defiende a mi Paco por su oficio. Verídico. Ya. Ya sé que usted me lo había dicho antes, pero me da a mí que algún día puede venir a reclamarnos los cuartos. ¿Es, o no es?
¿No?
Recontra, ahora que voy camino del otro mundo empieza a cambiar éste. Primero me dicen que soy pensionista, y que me pagan sólo por ser viejo, y luego le abonan las cuentas a un abogado para mi nieto. Si mi madre lo viera, lamentaría haberse muerto a destiempo, porque ella siempre dijo que las cosas de los paisanos del campo mudan siempre a peor. Y que en este país nadie hizo nada por nosotros, ni tan siquiera la República, que nació con las manos atadas y no le dejaron ni dos dedos para tirar de la reforma agraria.
¿Falta mucho para que pueda ver a mi nieto?
Prisa no tengo ninguna, pero ansia sí.
Ansia de verlo.
40
En el momento en que Isidora pudo ponerse en pie y caminar, envolvió a su hijo recién nacido en una manta y se fue con él al cortijo. Le hizo una cuna en uno de los cestos que empleaban para llevar la colada a tender y lo colocó junto al fogón de la cocina. Justa le acercó un dedo meñique a la boca. Y Joaquina lo miraba extasiada.
—Isidora, me da a mí que esta criatura tiene hambre.
—¿Qué ha de tener, si antes de venir me ha quedado las tetas como dos pellejos?
—Cucha, que se ha agarrado con desesperación a su dedo chico.
—Le gusta chupar, pero hambre no tiene.
—¿Me dejas que lo aúpe?
—Déjalo estar, que no son buenas esas costumbres y luego va a querer los brazos únicamente.
Mientras Isidora preparaba el desayuno de Victoria, Catalina caminaba en el corredor haciendo sonar sus pasos, simulando que regresaba a la cocina. Los silenció después para volver sobre ellos y quedarse a la escucha tras la puerta del gabinete, donde le había servido un café a Leandro y a un joven que había llegado a «Los Negrales» poco antes que ella. A juzgar por la expresión que le vio en la cara, traía una mala noticia. Catalina contuvo la respiración y acercó el oído. Sí, era una mala noticia. Leandro permaneció callado hasta que el joven acabó de hablar. Y Catalina vio a Isidora con la bandeja del desayuno en las manos, que caminaba hacia ella apremiándola con un gesto enérgico para que se retirara de la cerradura. Se alejó sin hacer ruido y se aproximó a Isidora. Cuando iba a murmurarle algo, la puerta del gabinete se abrió y Catalina huyó sobre las puntas de sus pies para contarle a Justa y a Joaquina lo que no le había dado tiempo de contarle a Isidora.
La zozobra asomaba a los ojos de Leandro cuando le pidió la bandeja a la sirvienta, después de indicarle al joven que esperara en el gabinete. Isidora se extrañó de que el señorito quisiera llevarle el desayuno a su esposa. Le observó subir la escalera despacio, regresó a la cocina, y encontró a sus compañeras sentadas frente a frente, las tres con un codo apoyado en la mesa y sujetándose la barbilla.
—Fo, y tiene una cara bien guapa ese muchacho, para un mandado bien feo.
—¿Y desde la capital se ha llegado hasta aquí para dar el recado en persona?
—¿Qué pasa?
—La madre de la señora se ha muerto.
—¿Qué dices, chacha?
—Que se ha muerto doña Carmen, Isidora, que le ha dado el tifus.
Las sirvientas esperaron en la cocina sin saber qué hacer, hasta que Leandro las llamó desde el corredor y les dio la noticia. Ellas la recibieron como si no la conocieran, expresaron sus condolencias, pidieron permiso para subir al dormitorio del matrimonio a dar el pésame a su señora, y reanudaron sus tareas después de que ella les indicó que siguieran con lo que estuvieran haciendo. Isidora fue la última en salir de la habitación. Y observó que Victoria dejó de reprimir el llanto cuando creyó que nadie la miraba.
Esa misma tarde, llegó a «Los Negrales» don Ángel Albuera acompañando al cuerpo sin vida de su esposa. Al día siguiente, el cadáver fue trasladado al convento. Pero esta vez fueron otros los que cargaron a hombros un ataúd, desde la capilla ardiente al coche fúnebre, y después hasta el cementerio. El viudo caminó arrastrando los pies, cubierto con su capa española, apoyando su debilidad en los brazos de los hijos del marqués de Senara. Después del sepelio, se marchó de nuevo a la capital, de la que regresaría sin vida, apenas cinco años más tarde, víctima de una cirrosis hepática.
Victoria se había despedido de su padre rogándole que no se marchase, y Leandro le había insistido en que se quedara en el cortijo con ellos, pero él se negó. Subió al automóvil, se inclinó hacia el chofer, y repitió la orden que la costumbre le había llevado a decir:
—Lorenzo, conduce lo más rápido que puedas.
Se arrellanó en su asiento sin mirar atrás y sacó la petaca de plata. Bebió como si quisiera tragarse toda la vida que le quedaba. Su hija no le vio beber. Victoria se retiró hacia el interior de la casa antes de que el coche alcanzara la alameda, y subió a su habitación, donde encontró a Isidora preparando su cama. La sirvienta introducía un calentador de cobre entre las sábanas, manipulaba el mango con lentitud, atenta a mantenerlo el tiempo suficiente para calentarlas sin llegar a quemarlas. Victoria deseó arroparse con su tibieza. Sintió la necesidad de buscar un calor que no fuera el de su propio cuerpo. Observó que Isidora tiraba del mango del calentador y, sin pensarlo, le preguntó por su hijo.
—Abajo lo tengo. Hasta que esté con la teta me lo he de traer, si a usted no le es molestia, señora.
—¿Cómo es?
—Hermoso y fuerte. Bien sanito.
—Tráemelo, que yo lo vea.
Todos los deudos habían abandonado ya «Los Negrales». Isidora se encontraba al pie de la escalera con su hijo en brazos, con la cabeza inclinada hacia él, y no vio a Leandro.
—Una hembra con su cría, qué ternura. A ver, enseñáme a tu hijo.
No esperó a que la sirvienta se lo mostrara, apartó la manta que cubría al bebé y acarició con su índice la nariz del niño, para levantar después con el mismo dedo la barbilla de la madre.
—Tan guapo como tú, pura sangre.
Leandro apartó su dedo del rostro de Isidora. Ella sacudió la cabeza, limpió con la manta la nariz de su hijo y comenzó a subir los escalones, sintiendo los ojos del señorito en sus piernas hasta que llegó al rellano de la escalera. Entonces se volvió hacia él. Él dejó de mirarla, y siguió su camino.
En el pabellón de caza, esperaba a Leandro el joven que había traído la noticia de la muerte de su suegra para ultimar los detalles del testamento de doña Carmen, que lo había nombrado albacea. El abogado le anunció que, una vez finalizados los trámites que debía gestionar, en breve acudiría al cortijo un tasador de su confianza para valorar las propiedades.
—Después veremos cuánto hay que darle a su tía Ida. Y lo pondremos todo a nombre de Victoria.
—¿Y su tía no puede negarse a vender?
—Para eso tendría que comprar, y no se encuentra en condiciones de hacerlo. No te preocupes, está todo controlado.
La tasación fue rápida, y ventajosa para Victoria. Una semana después de la muerte de doña Carmen, su hermana Ida llegó a «Los Negrales», el abogado le planteó la situación y ella aceptó venderle a su sobrina la parte que le correspondía de la herencia de sus padres. Había regresado de Elne, la pequeña localidad francesa donde había pasado los últimos años, a tiempo de asistir a los funerales que se celebraron por su hermana en la parroquia del pueblo, pero no alcanzó a verla, como hubiera deseado. Visitó su tumba en el convento. Cerró la operación de compraventa, y le dijo a Catalina que quería conocer a su hija.