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Encogí los hombros sintiéndome estúpida. Por supuesto que había oído hablar de esas cosas. Lo que ocurría es que en Les Laveuses todo era diferente. Todos sabíamos lo de los campos de exterminio nazis, pero en mi mente aparecían asociados con el Rayo de la Muerte de La guerra de los mundos. La imagen de Hitler se confundía con las películas de Charlie Chaplin que aparecían en las revistas de cine de Reinette; los hechos se mezclaban con el folclore, los rumores y la ficción; los noticieros se convertían en seriales de guerreros de más allá del planeta Marte y los vuelos nocturnos por el Rin en pistoleros y pelotones de ejecución, los submarinos alemanes en el Nautilus a veinte mil leguas de viaje submarino.

– ¿Chantaje? -repetí sin comprender.

– Negocio -corrigió Cassis cortante-. ¿Te parece justo que algunos tengan chocolate, café y buenos zapatos, revistas y libros mientras otros tienen que pasar sin todo eso? ¿No crees que deben pagar por esos privilegios? ¿Compartir algo de lo que tienen? ¿Y los hipócritas como Monsieur Toubon y los mentirosos? ¿No crees que deben pagar también? No es que no puedan permitírselo. No es que le hagan daño a nadie.

Podría haber sido Tomas el que estuviera hablando. Y eso hacía que sus palabras fuesen difíciles de olvidar.

Lentamente asentí.

Me pareció que Cassis parecía aliviado.

– No es lo mismo que robar -continuó impaciente-. Lo del mercado negro es de todos. Yo sólo me aseguro de que recibimos lo que nos corresponde.

– Como Robin Hood.

– Exacto.

Volví a asentir. Visto así era perfectamente justo y razonable.

Satisfecha, fui a recoger la bolsa de pesca de donde la había tirado entre las zarzas, contenta, al fin y al cabo, por la información que acababa de recibir.

TERCERA PARTE.El Puesto De Snacks

Capítulo 1

Habían pasado cinco meses desde la muerte de Cassis -tres años desde el asunto de Mamie Framboise-, cuando Yannick y Laure regresaron a Les Laveuses. Era verano y mi hija Pistache estaba de visita con sus dos hijos, Prune y Ricot, y hasta aquel momento había sido un tiempo de felicidad. Los niños crecían con rapidez y era tan dulces como su madre; Prune, con los ojos del color del chocolate y el cabello rizado y Ricot, alto y con las mejillas aterciopeladas; ambos tan risueños y traviesos que casi se me parte el corazón al verlos, tanto me recuerdan al pasado. Juro que rejuvenezco cuarenta años cada vez que vienen a verme y aquel verano les había estado enseñando a pescar, a poner trampas, a hacer macarrones de caramelo y confitura de higos verdes. Ricot y yo leíamos juntos Robinson Crusoe y Veinte mil leguas de viaje submarino y a Prune le contaba mentiras increíbles sobre los peces que una vez atrapé y nos echábamos a temblar por las historias del terrible don de la Gran Madre.

– Se decía que si lograbas capturarla y la dejabas en libertad te concedería el deseo que anhelaba tu corazón pero si la veías, aunque fuera por el rabillo del ojo, y no la pescabas, algo terrible te sucedería.

Prune me miró con sus ojos del color de los pensamientos, el pulgar colgando cómodamente de la boca.

– ¿Cómo de terrible? -murmuró con una nota de temor.

– Que te morías, cariño -le dije en voz baja y amenazadora-. Tú u otra persona. Alguien a quien amaras. O algo incluso peor. Y aunque lograras sobrevivir, la maldición de la Gran Madre te perseguiría hasta la tumba.

Pistache me dirigió una mirada de reprobación.

– Maman, no sé por qué le cuentas esas cosas -dijo en tono de reproche-. ¿Quieres que luego tenga pesadillas y moje la cama?

– Yo no mojo la cama -protestó Prune. Me miró expectante, tirándome de la mano-. Mémée, ¿llegaste a ver a la Gran Madre? ¿La viste? ¿La viste?

De pronto sentí frío, y deseé haberle contado otra historia. Pistache me dirigió una mirada penetrante e hizo ademán de coger a Prune, que estaba sentada en mi rodilla.

– Prunette, deja en paz a Mémée. Es hora de irse a la cama y aún no te has lavado los dientes ni…

– Por favor, Mémée, dímelo. ¿La viste?

Abracé a mi nieta y sentí que el frío cedía un poco.

– Cariño, me pasé un verano entero intentando pescarla. Durante todo ese tiempo intenté atraparla con redes, sedales y trampas. Cada día los preparaba e iba a revisarlos dos veces al día o más si podía.

Prune me miraba con ojos solemnes.

– Debías de querer mucho ese deseo ¿no?

– Supongo que sí -asentí.

– ¿Y la capturaste?

Su rostro se iluminó como una peonía. Olía a galletas y a hierba recién cortada, el maravilloso y dulce aroma de la juventud. La gente mayor necesita tener a los jóvenes a su alrededor, para recordar.

– La capturé -le dije sonriendo.

Sus ojos se agrandaron por la excitación. Bajó la voz hasta convertirla apenas un susurro.

– ¿Y cuál fue tu deseo?

– No formulé ningún deseo, cariño -le dije serenamente.

– ¿Quieres decir que se te escapó?

– No, conseguí atraparla.

Pistache me miraba ahora, su rostro en las sombras. Prune me puso su mano regordeta en la cara.

– Entonces ¿qué pasó?

Me la quedé mirando un instante.

– No la devolví al río -confesé-. Acabé pescándola, pero no la dejé marchar.

Sólo que eso no era del todo cierto, me dije entonces. No era toda la verdad. Y luego, besé a mi nieta y le dije que le contaría el resto otro día, que no sabía por qué le estaba contando aquellas viejas historias de pesca, y a pesar de todas sus protestas, entre mimos y tonterías, conseguimos llevarla a la cama. Aquella noche medité sobre aquello, mucho después de que los demás estuviesen durmiendo. Nunca había tenido demasiados problemas para dormir pero aquella vez me pareció que pasaba una eternidad antes de que consiguiera encontrar la paz, e incluso entonces soñé con la Gran Madre en el agua oscura, yo tirando de ella y ella de mí, y yo tirando más fuerte, como si ninguna de las dos pudiese soportar la idea de verse libre de la otra…

Sea como fuere, se presentaron poco después de aquel incidente. De entrada fueron al restaurante, casi con humildad, como clientes normales. Pidieron brochet angevin y el tourteau fromage. Los observé a escondidas desde mi puesto en la cocina, pero se comportaron bien y no causaron problemas. Hablaban entre ellos en susurros, no pidieron nada extravagante de la bodega y, por una vez, evitaron llamarme Mamie. Laure estaba encantadora, Yannick animado; ambos se mostraban ansiosos por complacer y ser complacidos. De algún modo me sentí aliviada al ver que ya no se tocaban ni se besaban en público con tanta frecuencia e incluso consentí en charlar con ellos un rato mientras tomaban el café y los petits fours.

Laure había envejecido en aquellos tres años. Había perdido peso -quizás era la moda, pero no le sentaba bien- y llevaba el cabello cortado como si fuese un casco liso y cobrizo. Parecía inquieta, con esa manía suya de tocarse el abdomen como si sintiese dolor. No me pareció que Yannick hubiese cambiado en absoluto.

El restaurante les iba bien, declaró alegremente. Mucho dinero en el banco. Estaban planeando irse de viaje a las Bahamas en la primavera; no habían ido de vacaciones juntos desde hacía muchos años. Hablaban de Cassis con afecto y sincero pesar, me pareció.