Empecé a pensar que los había juzgado con demasiada dureza.
Me equivocaba.
Aquella misma semana se presentaron en la granja justo cuando Pistache iba a poner a los niños a dormir. Trajeron regalos para todos, dulces para Prune y Ricot, flores para Pistache. Mi hija los miró con aquella expresión de dulzura simplona que yo sé que significa aversión y que sin duda ellos tomaron por estupidez. Laure miraba a los niños con una curiosa insistencia que me resultaba inquietante; los ojos se desviaban constantemente hacia Prune, que estaba jugando en el suelo con unas piñas.
Yannick se instaló en el sillón que había junto al fuego. Y vi claramente que Pistache se sentaba calladamente a un lado y deseé que mis intempestivos huéspedes se marchasen pronto. Sin embargo, ninguno de los dos hacía ademán de irse.
– La comida fue sencillamente magnífica -observó Yannick con indolencia-. Aquella brochet, no sé lo que hiciste con ella, pero quedó absolutamente maravillosa.
– Aguas residuales -comenté plácidamente-. Hay tantos residuos vertidos en el río que los peces casi se alimentan exclusivamente de ellos. Caviar del Loira, le llamamos. Muy rico en minerales.
Laure me miró anonadada. Luego Yannick soltó aquella risilla suya, je, je, je, y ella se rió también.
– A Mamie le encanta bromear. Ja, ja. Caviar del Loira. Querida mía, eres realmente muy chistosa.
Pero noté que después de aquello jamás volvieron a pedir lucio.
Al cabo de un rato se pusieron a charlar de Cassis. Comentarios inofensivos al principio: «¡Cómo le habría gustado a papá conocer a su sobrina y a sus pequeños!».
– Siempre estaba diciendo lo mucho que le gustaría que tuviésemos hijos -comentó Yannick-. Pero en aquel momento de la carrera de Laure…
– Queda mucho tiempo para eso -lo interrumpió Laure casi con brusquedad-. No soy tan vieja aún ¿no te parece?
– Por supuesto que no -negué con la cabeza.
– Y claro está, en aquel momento también estaba el gasto extra de tener que cuidar a papá. Apenas tenía nada, Mamie -dijo Yannick mordiendo una de mis sablés-. Todo lo que tenía era nuestro. Incluso la casa donde vivía.
No me costaba creerlo. Cassis nunca fue de los que acumulan riqueza. El dinero se le escurría entre los dedos como si fuese humo, y las más de las veces iba a parar a su estómago. Durante la temporada que vivió en París, Cassis fue siempre su mejor cliente.
– Naturalmente, nunca se nos pasó por la cabeza escatimarle nada -la voz de Laure era dulce-. Le teníamos mucho cariño al pobre papá, ¿no es verdad, chéri?
Yannick asintió con más entusiasmo que sinceridad.
– ¡Oh, sí, mucho cariño! Y además era un hombre tan generoso… Nunca sintió el menor resentimiento por lo de esta casa, o la herencia ni nada. Extraordinario. -Me miró entonces, una mirada penetrante y afilada.
– ¿Qué quieres decir con eso? -exclamé poniéndome de pie de un salto y derramando casi el café, muy consciente sin embargo de que Pistache, sentada junto a mí, estaba escuchando. Jamás les había hablado de Reinette o de Cassis a mis hijas. Nunca los habían llegado a conocer. Por lo que ellas sabían, yo era hija única. Jamás les había dicho ni una sola palabra acerca de mi madre.
Yannick me miró tímidamente.
– Bueno, Mamie, ya sabes que en realidad esta casa debía heredarla él.
– No es que te culpemos.
– Pero él era el mayor y según el testamento de vuestra madre…
– ¡Esperad un minuto! -intenté evitar que mi voz sonara estridente pero por un instante hablé igual que mi madre. Vi que Pistache se estremecía-. Le pagué a Cassis un buen dinero por esta casa -dije moderando el tono-. Después del incendio no quedó más que el esqueleto, todo estaba calcinado con las vigas asomándose entre las tejas. Él jamás habría podido vivir aquí, ni tampoco lo habría querido. Le pagué bien, más de lo que me podía permitir y…
– Shhh. Está bien. -Laure miró a su marido-. Nadie está sugiriendo que el acuerdo fuera impropio en ningún sentido.
Impropio.
Era una palabra típica de Laure, remilgada, autosatisfecha y con la dosis justa de escepticismo. Sentí como mi mano se aferraba con más fuerza a la taza de café, lo que me dejó impresos puntitos brillantes de quemazón en las yemas de los dedos.
– Pero ponte en nuestro lugar. -Ese era Yannick, con su rostro ancho e iluminado-. La herencia de nuestra abuela.
No me gustaba el cariz que estaba tomando la conversación. Muy en especial me molestaba la presencia de Pistache, cuyos ojos redondos lo asimilaban todo.
– Ninguno de vosotros llegó a conocer a mi madre -les interrumpí bruscamente.
– No se trata de eso, Mamie -se apresuró a decir Yannick-. De lo que se trata es de que erais tres. Y la herencia fue dividida entre tres. ¿No es cierto?
Asentí cautelosamente.
– Pero como el pobre papá ha fallecido, no nos queda más que preguntarnos si el acuerdo informal al que vosotros dos llegasteis es justo para los restantes miembros de la familia. -Su tono era casual pero advertí el brillo de sus ojos y me eché a gritar, repentinamente furiosa.
– ¿A qué acuerdo informal te estás refiriendo? Ya te he dicho que le pagué bastante dinero -firmé los papeles…
– Yannick no pretendía molestarte, Mamie -dijo Laure poniéndome la mano en el brazo.
– Nadie me está molestando -repliqué fríamente.
Yannick pasó por alto el comentario y continuó.
– Es sólo que alguien podría pensar que el acuerdo al que llegaste con el pobre papá, un hombre enfermo y desesperado por conseguir algo de dinero…
Vi que Laure escrutaba a Pistache y maldije por lo bajo.
– Además de la tercera parte no reclamada que debería haberle pertenecido a Tante Reine, «la fortuna enterrada bajo el suelo de la bodega», las diez cajas de Burdeos escondidas allí el año en que ella nació, ocultas y emparedadas para evitar que los alemanes y lo que viniese después las descubriesen, por un valor de mil francos o más por botella, me atrevería a asegurar, todo ello en espera de que lo recojan.
¡Maldición! Cassis jamás había sido capaz de mantener la boca cerrada cuando debía.
– Eso sigue ahí para ella. Yo no he tocado nada -lo interrumpí bruscamente.
– Pues claro que no, Mamie. Aun así… -Yannick sonrió tristemente, pareciéndose tanto a mi hermano que casi me causó dolor. Le eché una rápida mirada a Pistache, sentada muy erguida en la silla, con el rostro inescrutable-… Aun así, tienes que admitir que Tante Reine no está en situación de reclamarlas ahora y, ¿no te parece justo para todos los implicados…?
– No tocaré nada de lo que pertenezca a Reine -aseguré impávida-, no tocaré nada. Ni tampoco os lo daré a vosotros. ¿Responde eso a tu pregunta?
Laure se volvió entonces hacia mí. Con aquel vestido negro y con la luz de la lámpara reflejada en su rostro se me ocurrió pensar que estaba gravemente enferma.
– Lo siento -dijo lanzándole una mirada significativa a Yannick-. El propósito de esta conversación no era el dinero. Es evidente que no esperamos que dejes tu hogar ni que nos des ninguna parte de la herencia de Tante Reine. Si alguno de los dos hemos dado la impresión…
Meneé la cabeza asombrada.
– Entonces ¿de qué diablos se trata?
– Había un libro… -me interrumpió Laure con los ojos resplandecientes.
– ¿Un libro? -repetí.
– Papá nos lo contó -dijo Yannick asintiendo con la cabeza-. Tú se lo dejaste ver.
– Un libro de recetas -puntualizó Laure con extraña serenidad-. Debes de conocer de memoria todas las recetas. Si nos pudieses dejar que le echásemos un vistazo, prestárnoslo…
– Por supuesto pagaríamos por todo lo que utilizásemos -se apresuró a añadir Yannick-. Míralo como una forma de mantener vivo el apellido Dartigen.