– Reine. Reinette.
De nuevo aquella sonrisa insípida, un ligero movimiento de cabeza, como si en sus sueños ella fuese la reina y yo la súbdita. Había olvidado su nombre, me dijo tranquilamente la enfermera pero era bastante feliz; tenía sus «días buenos» y le encantaba ver la televisión, sobre todo los dibujos animados, también le gustaba que le cepillaran el cabello mientras escuchaba la radio…
– Por supuesto seguimos teniendo nuestros delirios -comentó la enfermera y me paralicé al oír las palabras, sintiendo que algo se encogía en mi estómago y se convertía en un fuerte nudo de terror-. Nos despertamos en mitad de la noche -extraño pronombre, como si al tomar parte de la identidad de la mujer fuese capaz de compartir parte de la experiencia de ser vieja y loca-, y a veces también tenemos nuestras rabietas ¿verdad? -me sonrió radiante, una mujer joven y rubia de veintitantos años, y en aquel instante la odié tanto por su juventud y su alegre ignorancia que a punto estuve de devolverle la sonrisa.
Ahora sentía la misma sonrisa congelada en mi rostro al mirar a mi hija y me odié por ello. Intenté que mi voz sonara desenfadada.
– Ya sabes que no soporto las residencias de ancianos, los hospitales… -confesé en tono de disculpa-. Le envío algo de dinero.
Metí la pata. Hay días en los cada vez que una abre la boca es para meter la pata. Mi madre lo sabía bien.
– Dinero -repitió Pistache desdeñosamente-. ¿Acaso es eso lo único que le importa a la gente?
Se fue a dormir poco después y nada volvió a ir bien entre nosotras aquel verano. Dos semanas después se marchó, un poco antes de lo que solía, alegando cansancio y la proximidad del inicio del curso escolar, pero me di cuenta de que algo iba mal. Intenté hablar con ella en un par de ocasiones pero no sirvió de nada. Se mantenía distante, con ojos cautos. Me di cuenta de que recibía mucho correo pero no pensé en ello hasta mucho después. Tenía la mente puesta en otro sitio.
Capítulo 2
Pocos días después del asunto con Yannick y Laure llegó el puesto de snacks. Lo trajeron con un gran camión que descargó su contenido en el borde de la carretera, justo enfrente de Crêpe Framboise. Un hombre joven con un sombrero de papel rojo y amarillo bajó del camión. En aquel momento me encontraba muy atareada con los clientes y no le presté demasiada atención, y cuando volví a mirar por la tarde me sorprendí al ver que el furgón se había ido, dejando un remolque en el que aparecían pintadas las palabras Super Snack en letras mayúsculas de color rojo vivo. Salí de la tienda para echarle un vistazo con más detenimiento. El remolque parecía abandonado, si bien los postigos estaban asegurados con gruesas cadenas y cerrados con candados. Llamé a la puerta. No hubo respuesta.
Al día siguiente, el puesto de snacks abrió al público. Me percaté de ello alrededor de las once y media, cuando mis primeros clientes solían empezar a llegar. Los postigos se abrieron para dejar al descubierto un mostrador encima del cual se extendía un toldo rojo y amarillo. Había colgada una cuerda con banderas multicolores, en cada una de las cuales aparecía anotado el nombre de un plato y el precio -bistec con patatas fritas 17 francos, salchicha con patatas fritas 14 francos y, finalmente unos pósters de colores vivos anunciando los super snacks o las hamburguesas gigantes y una lista de refrescos.
– Parece que tienes competencia -dijo Paul Hourias, puntual como siempre a las doce y cuarto.
No le pregunté lo que iba a tomar, siempre pedía el plato especial y una mediana; con él se podía poner el reloj en hora. Nunca hablaba mucho: se sentaba en su sitio habitual junto a la ventana, comía y miraba la carretera. Pensé que aquella no era sino otra de sus bromas raras.
– Competencia -repetí burlonamente-. Monsieur Hourias, el día que Crêpe Framboise tenga que competir con un grasiento vendedor ambulante en una caravana empezaré a empaquetar mis ollas y sartenes para siempre.
Paul soltó una risita. El especial del día eran sardinas a la plancha, uno de sus platos favoritos, con una ración de mi pan de nueces; comió pensativamente, mirando la carretera, como siempre solía hacer. La presencia del puesto de snacks no parecía afectar al número de los clientes de la crêperie, y las dos horas siguientes estuve muy ocupada supervisando la cocina mientras Lisa, mi ayudante, anotaba los pedidos. Cuando volví a mirar, había un par de personas en el puesto pero eran adolescentes, no eran clientes míos, una chica y un chico con paquetes de patatas fritas en las manos. Me encogí de hombros. Podía vivir con aquello.
Al día siguiente había una docena de ellos, todos jovencitos, y una radio de la que salía música estridente a todo volumen. A pesar del calor que hacía cerré la puerta de la crêperie, pero aun así, espectros diminutos de guitarras y percusión marchaban a través los cristales y Marie Fenouil y Charlotte Dupré, ambas clientas regulares, se quejaron del calor y del ruido.
Al día siguiente el gentío era aún mayor, la música estaba aún más alta y fui a quejarme. Encaminándome hacia el puesto de snacks a las once y cuarenta me vi rodeada de adolescentes, algunos de los cuales reconocí, pero también había muchos que no eran del pueblo, muchachas con camisetas de tirantes y faldas veraniegas o pantalones vaqueros, chicos con los cuellos de la camisa levantados y botas de motociclismo con hebillas tintineantes. Vi algunas motos aparcadas contra los lados del puesto y había un olor a gasolina mezclado con el de la fritura y la cerveza. Una chica con el pelo cortado a cepillo y un pendiente en la nariz me miró con insolencia mientras me dirigía hacia el mostrador y lanzó el codo delante de mí, no dándome por los pelos.
– ¡Eh, espera tu turno, Mémère! -masculló con la boca llena de chicle-. ¿Es que no ves que hay gente esperando?
– ¡Oh! ¿Es eso lo que estás haciendo, querida? -le repliqué-. Pensé que estabas buscando clientela.
La chica se me quedó mirando boquiabierta y yo me abrí paso a codazos sin volver a mirar. Mirabelle Dartigen, cualquier cosa que hiciera no crió a sus hijos para que tuviesen pelos en la lengua.
El mostrador era alto y me encontré mirando cara a cara a un joven de unos veinticinco años, guapo, con el pelo largo hasta los hombros de color rubio sucio, las facciones angulosas y un pendiente de oro bailándole, una cruz, creo. Ojos que quizá me hubiesen hecho sentir algo cuarenta años atrás; pero ahora soy demasiado vieja y demasiado especial. Creo que aquel viejo reloj se paró en el mismo tiempo en que los hombres dejaron de llevar sombrero. Hubo algo en él al mirarlo que me resultó familiar; pero en aquel momento no estaba pensando en eso.
Naturalmente, sabía quién era.
– Buenos días, Madame Simon -me saludó con voz educada e irónica-, ¿Qué puedo hacer por usted? Tengo una estupenda burger américain que quizá le gustaría probar.
Estaba enfadada pero intenté disimularlo. Su sonrisa anticipaba que estaba esperando problemas y estaba seguro de poder enfrentarse a ellos. Le respondí con toda la dulzura de la que fui capaz.
– No, gracias, otro día. Pero le estaría muy agradecida si pudiera bajar el volumen de esa radio suya. Mis clientes…