– Estoy seguro de que lo hará -dijo Paul amablemente y cerró la puerta. Laure empezó a llamar persistentemente y Paul echó el pestillo y puso la cadena de seguridad. Podía oír su voz, apagada por el grosor de la madera, con una nota de zumbido estridente en ella.
– ¡Framboise, sé razonable! ¡Le diré a Luc que se marche! ¡Las cosas pueden volver a ser como antes! ¡Framboise!
– ¿Café? -sugirió Paul, entrando en la cocina-. Te hará sentirte, ya sabes, mejor.
Le eché un vistazo a la puerta.
– Esa mujer -dije con la voz temblorosa-. Esa odiosa mujer.
Paul se encogió de hombros.
– Lo tomaremos fuera -se limitó a sugerir-. No la oiremos desde allí.
Para él era tan sencillo como aquello, y yo le seguí exhausta mientras él me traía de la cocina un café solo con crema de canela y azúcar y un trozo de far de arándanos de la alacena. Comí y bebí en silencio durante un rato hasta que sentí que me volvían las fuerzas.
– No cejará en el empeño -le dije al fin-. De un modo u otro estará encima de mí hasta que consiga echarme. Entonces no tendrá ningún sentido mantener el secreto por más tiempo -me llevé la mano a mi dolorida cabeza-. Sabe que no puedo resistir eternamente. Todo lo que tiene que hacer es esperar. En cualquier caso, no podré aguantar mucho.
– ¿Vas a ceder ante ella? -la voz de Paul era tranquila y curiosa.
– No -repuse bruscamente.
– Entonces no deberías hablar como si pensaras hacerlo. Eres más lista que ella. -Por alguna razón se había sonrojado-. Y puedes vencerla si te lo propones…
– ¿Cómo? -Sé que sonaba a mi madre, pero no podía evitarlo-. ¿Contra Luc Dessanges y sus amigos? ¿Contra Laure y Yannick? No han pasado ni dos meses y ya me han medio arruinado el negocio. Lo único que tienen que hacer es seguir así y para la primavera… -Hice un gesto furioso de frustración-. ¿Y qué pasará cuando empiecen a hablar? Lo único que tienen que decir… -se me atragantaron las palabras-… lo único que tienen que hacer es mencionar el nombre de mi madre…
Paul negó con la cabeza.
– No creo que lo hagan -dijo tranquilamente-. En cualquier caso, no de entrada. Quieren algo con lo que poder negociar. Saben que eso te da miedo.
– Cassis se lo dijo -confesé apagadamente.
– No importa -repuso encogiendo los hombros-. Te dejarán en paz por un tiempo. Esperan convencerte. Hacerte entrar en razón. Quieren que lo hagas por voluntad propia.
– ¿Y? -empezaba a sentir mi rabia dirigiéndose hacia él-. ¿Cuánto tiempo me deja eso? ¿Un mes? ¿Dos? ¿Qué puedo hacer en dos meses? Podría devanarme los sesos durante un año entero y seguiría sin…
– Eso no es cierto. -Habló terminantemente, sin resentimiento, sacando un Gauloise de su bolsillo superior y frotando una cerilla contra el pulgar para encenderlo-. Puedes hacer todo lo que te propongas. Siempre pudiste. -Me miró entonces por encima del ojo rojo del cigarrillo y me dedicó su débil y triste sonrisa-. Te acuerdas de los viejos tiempos. Capturaste a la Gran Madre, ¿no?
– No es lo mismo -le dije moviendo la cabeza.
– Sí lo es, más o menos -replicó Paul, exhalando el áspero humo-. Ya deberías saberlo. Se puede aprender mucho de la vida por la pesca. -Lo miré perpleja. Continuó-: Piensa en la Gran Madre, por ejemplo. ¿Cómo conseguiste pescarla cuando todos los demás no pudieron?
Consideré la pregunta por un instante, pensando como la niña de nueve años que entonces era.
– Estudié el río -dije por fin-. Aprendí los hábitos del viejo lucio, dónde se alimentaba y de qué. Y esperé. Tuve suerte, eso es todo.
– Humm. -El cigarrillo volvió a resplandecer y expelió el humo por la nariz-. Y si ese Dessanges fuese un pez, ¿qué harías entonces? -Sonrió de repente-. Averiguarías dónde se alimenta. Buscarías el cebo adecuado y ya es tuyo. ¿No te parece?
Me lo quedé mirando.
– ¿No te parece?
Quizá. La esperanza trazó una fina línea plateada en mi corazón. Quizá.
– Soy demasiado vieja para luchar contra ellos -suspiré-. Demasiado vieja, y estoy demasiado cansada.
Paul me puso su mano morena y rugosa sobre la mía y me sonrió.
– No para mí -confesó.
Capítulo 8
Naturalmente, Paul tenía razón. Se puede aprender mucho de la vida a través de la pesca. Tomas me había enseñado eso, entre otras cosas. Hablábamos mucho el año en que fuimos amigos. A veces Cassis y Reine estaban allí; charlábamos e intercambiábamos información a cambio de algunos artículos de contrabando; una barra de goma de mascar, una tableta de chocolate, un frasco de crema para la cara para Reine o una naranja… Tomas parecía tener una reserva ilimitada de esas cosas que nos repartía con una indiferencia casual. Ahora casi siempre venía solo.
Desde mi conversación con Cassis en la cabaña del árbol sentía que las cosas entre nosotros, Tomas y yo, habían quedado asentadas. Seguíamos las normas; no las normas arbitrarias inventadas por nuestra madre sino las normas sencillas que incluso una niña de nueve años podía entender: «Mantén los ojos bien abiertos. Busca el número uno. Comparte y hazlo equitativamente». Habíamos tenido que apañárnoslas solos durante tanto tiempo que resultaba estupendo, cuando no un silencioso consuelo, volver a tener a alguien que estuviera al mando; un adulto, alguien que se encargase de poner orden.
Recuerdo un día que estábamos juntos, nosotros tres, y Tomas llegaba tarde. Cassis seguía llamándole Leibniz, aunque Reine y yo hacía tiempo que habíamos progresado a un trato de primera persona, y aquel día Cassis estaba inquieto y malhumorado, sentado lejos de nosotras en la orilla del río, lanzando piedras al agua. Se las había tenido con mi madre aquella mañana por un asunto de poca importancia.
– ¡Si nuestro padre viviese no te atreverías a hablarme así!
– ¡Si vuestro padre viviese haría lo que se le mandara, igual que tú!
Ante el látigo de su lengua Cassis huyó, como hacía siempre. Tenía guardada la vieja chaqueta de caza de padre en un colchón de paja en la cabaña del árbol y ahora la llevaba puesta, encorvado como si fuese un viejo indio envuelto en una manta. Siempre era una mala señal cuando llevaba puesta la chaqueta de padre y Reine y yo lo dejamos en paz.
Aún estaba sentado ahí cuando Tomas llegó.
Tomas se dio cuenta al instante y se sentó en la orilla, un poco más allá, sin decir nada.
– Ya estoy harto -dijo Cassis por fin sin mirar a Tomas-. Son cosas de críos. Ya casi tengo catorce años. Ya estoy harto de eso.
Tomas se quitó su guerrera y la puso a un lado para que Reinette pudiese registrarle los bolsillos. Yo estaba echada boca abajo en la orilla y los observaba.
Cassis volvió a hablar.
– Cómics. Chocolate. Todo eso no son más que tonterías. Eso no es la guerra. No es nada. -Se puso en pie, parecía agitado-. Nada de eso es serio. Es sólo un juego. A mi padre le volaron la cabeza y para ti todo es un puñetero juego, ¿eh?
– ¿Es eso lo que crees?
– Creo que eres un boche.
– Ven conmigo -dijo Tomas levantándose-. Chicas, vosotras os quedáis aquí ¿vale?
Reine lo hizo de muy buen grado, para poder hojear las revistas y los tesoros que escondían los muchos bolsillos del gran abrigo. La dejé y me escabullí detrás de ellos agazapada, arrastrándome por el suelo musgoso. Sus voces llegaban hasta mí distantes, como motas de polvo desde la cúpula del árbol.
No podía escuchar todo lo que decían. Estaba acurrucada detrás de un tronco caído, temerosa casi hasta de respirar. Tomas desenfundó la pistola y se la dio a Cassis.
– Cógela. Siente la sensación de tenerla entre las manos.
Debió de sentirla pesada. Cassis la alzó y apuntó hacia el alemán. Tomas pareció no darse cuenta.