Una mañana me levanté y encontré las sábanas manchadas de sangre. Cassis y Reinette se estaban preparando para ir al colegio en bicicleta y no me prestaron demasiada atención. Instintivamente eché la cubierta por encima de la sábana manchada y me puse una falda vieja y un jersey antes de salir corriendo hacia el Loira para investigar mi aflicción. Tenía las piernas manchadas de sangre y me lavé en el río. Intenté hacerme un vendaje con pañuelos viejos pero la herida era demasiado profunda, demasiado compleja para aquello. Me sentía como si me estuviesen desgarrando nervio a nervio.
Jamás se me pasó por la cabeza contárselo a mi madre. Nunca había oído nada sobre la menstruación. Madre era obsesivamente remilgada con las funciones corporales y pensé que estaba muy grave, moribunda incluso. Una mala caída en los bosques, una seta venenosa que hacía que me desangrara por dentro, quizá un pensamiento envenenado. No íbamos nunca a la iglesia, a mi madre le disgustaba lo que ella solía llamar «la clerigalla» y se mofaba de la gente cuando iba camino de misa, y sin embargo nos había inculcado una profunda noción del pecado. Sea como fuere, la maldad acababa saliendo, solía decir, y nosotros estábamos llenos de maldad según ella, como odres llenos de una amarga vendimia, siempre debiendo ser vigilados, golpeados ligeramente; cada mirada y murmullo eran indicios de la maldad más profunda e instintiva que ocultábamos.
Yo era la peor. Lo sabía. Lo veía en mis ojos al mirarme al espejo, tan parecidos a los de ella con aquella insolencia absoluta, animal. Un solo pensamiento bastaba para atraer a la muerte, solía decir, y aquel verano todos mis pensamientos habían sido malos. La creía. Como un animal envenenado me oculté; escalé hasta lo alto del puesto de vigilancia y me acurruqué en el suelo de madera de la cabaña del árbol, aguardando que llegara la muerte. Me dolía el vientre como un diente picado. En vista de que la muerte no llegaba, me puse a hojear algunos de los cómics de Cassis y luego me quedé tendida contemplando la brillante cúpula de hojas, hasta que me dormí.
Capítulo 12
Me lo explicó después mientras me daba una sábana limpia. Inmutable salvo por la mirada de apreciación que siempre llevaba puesta en mi presencia; sus labios eran una delgada línea casi invisible y sus ojos como púas de alambres de espino en su palidez.
– La maldición ha venido pronto -dijo-. Será mejor que uses esto. -Y me dio un fajo de paños cuadrados que parecían pañales de bebé. No me dijo cómo usarlos.
– ¿La maldición? -me había pasado todo el santo día en la cabaña del árbol esperando morir. Su falta de afecto me enfureció y me confundió. Siempre me gustó el dramatismo. Me había imaginado a mí misma muerta a sus pies, con flores en la cabeza. Una lápida de mármoclass="underline" «Querida hija». Me dije a mí misma que debía de haber visto a la Gran Madre sin saberlo y ahora estaba maldita.
– Es la maldición de la madre -dijo como si corroborara lo que yo pensaba-. Ahora serás como yo.
No dijo nada más. Tuve miedo durante un día o dos pero no le dije nada al respecto. Lavaba los paños en el Loira y, después de eso, la maldición se terminó por algún tiempo y me olvidé del episodio.
Excepto por el resentimiento. Ahora estaba enfocado, acentuado de algún modo por mi miedo y su negativa a darme consuelo. Sus palabras me perseguían -ahora serás como yo- y empecé a imaginarme a mí misma cambiando imperceptiblemente, pareciéndome más a ella en su forma de ser furtiva e insidiosa. Me pellizcaba los brazos y las piernas flacuchas porque eran suyos. Me abofeteaba las mejillas para darles color. Un día me corté el cabello -tan corto que me dejé rodales casi pelados en algunas partes- porque se negaba a rizarse. Intenté depilarme las cejas pero no tenía práctica en esas cosas y cuando Reinette me encontró ya me había quitado casi todos los pelos, entornando los ojos en el espejo con las pinzas y con una profunda arruga de rabia entre los ojos.
Madre apenas se dio cuenta. Pareció satisfecha con mi historia: que me había chamuscado el pelo y las cejas intentando encender el fuego de la cocina. Sólo en una ocasión -debió de ser en uno de sus días buenos- mientras estábamos en la cocina haciendo terrines de lapin se volvió hacia mí con una mirada extrañamente impulsiva en el rostro.
– ¿Quieres ir al cine hoy, Boise? -me preguntó bruscamente-. Podríamos ir juntas. Tú y yo.
La propuesta era tan atípica de mi madre que me sorprendió. Nunca dejaba la granja salvo por trabajo. Nunca gastaba dinero en entretenimientos. De pronto me di cuenta de que llevaba puesto un vestido nuevo -en cualquier caso, tan nuevo como lo permitían aquellos días rigurosos- con un atrevido corpiño de color rojo. Debía de haberlo hecho con retales en su habitación durante las noches de insomnio, porque jamás se lo había visto antes. Tenía el rostro ligeramente ruborizado, casi juvenil y había sangre de conejo en sus manos alargadas.
Me arredré. Había sido un gesto amistoso. Lo sabía. Rechazarlo era impensable. Y aun así quedaban demasiadas cosas por decir entre nosotras para que aquello fuese posible. Por un instante me imaginé yendo con ella, permitiéndole que me abrazara, contándoselo todo…
El pensamiento se atemperó al instante.
¿Contarle qué?, me pregunté a mí misma severamente. Había demasiadas cosas que contar. No había nada que contar. Me miró interrogante.
– ¿Boise? ¿Qué te parece? -su voz era excepcionalmente suave, casi acariciadora. Me vino a la mente una imagen repentina y espantosa de ella en la cama con mi padre, los brazos extendidos con la misma mirada de seducción…-. No hacemos otra cosa que trabajar -dijo pausadamente-. Nunca tenemos tiempo para nada más. Estoy cansada.
Era la primera vez que recuerdo que se quejase. Volví a experimentar la necesidad de acercarme a ella, sentir su calor, pero era imposible. No estábamos acostumbradas a esas cosas. Apenas nos tocábamos. La idea se me antojó casi indecente.
Murmuré algo desabrido sobre haber visto antes la película.
Por un momento las manos manchadas de sangre permanecieron haciendo señas. Luego su rostro se cerró y sentí una repentina punzada de alegría feroz. Por fin, en nuestro largo y amargo juego, yo había marcado un punto.
– Claro -musitó impávida. Nunca más habló de ir al cine y no hizo ningún comentario cuando aquel jueves fui a Angers con Cassis y Reine a ver la misma película que había declinado ver con ella. Quizá lo había olvidado.
Capítulo 13
Aquel mes nuestra madre arbitraria e imprevisible dispuso de una nueva gama de caprichos. Un día alegre, tarareando para sí en el huerto mientras supervisaba la última parte de la recolección, al siguiente echándonos la bronca cada vez que nos acercábamos a ella. Hubo regalos inesperados: terrones de azúcar, una valiosa jícara de chocolate, una blusa para Reine hecha con la famosa tela de paracaídas de Madame Petit y con pequeños botones de perlas. También debió de hacerla en secreto, como el vestido del corpiño, pues no la vi cortando la tela ni probándosela ni siquiera una sola vez, pero era bonita. Como solía ser costumbre, ni una sola palabra acompañaba el regalo, simplemente un gesto, un silencio brusco durante el cual toda manifestación de agradecimiento hubiera resultado impropia.