No fue tanto la sonrisa como lo que había detrás de ella -una mirada, una especie de mirada irónica y escrutadora- lo que hizo que el corazón me latiera más deprisa y que el rostro se me encendiera por algo más que el calor del fuego. Si se lo dijera, pensé entre mí, esa mirada desaparecería de su rostro. No podía decírselo. Jamás.
Capítulo 5
Cuando entré los otros ya estaban sentados a la mesa. Madre me saludó con una alegría extraña y forzada pero podía ver que estaba al límite de su tolerancia. Mi sensibilizado olfato se sintió invadido por el olor a naranja. La miré intensamente.
Comimos en silencio.
La cena de celebración era pesada, como comer barro, y mi estómago se rebelaba ante ella. Iba retirando la comida a un lado del plato hasta que estaba segura de que mi madre miraba a otra parte, y luego la transfería al bolsillo de mi delantal para deshacerme de ella más tarde. No tenía por qué preocuparme. En el estado en que se encontraba dudo mucho que se hubiera dado cuenta, aunque la hubiese tirado contra la pared.
– Huelo a naranjas. -Su voz era frágil por la desesperación-. ¿Alguno de vosotros ha traído naranjas a casa?
Silencio. La miramos con rostros inexpresivos, expectantes.
– ¿Y bien? ¿Habéis traído naranjas? -El tono de voz iba en aumento ahora; una queja, una acusación.
De pronto Reine se me quedó mirando, con aire de culpabilidad.
– Claro que no. -Hice que mi voz sonara lacónica y hosca-. ¿De dónde íbamos a sacarlas?
– No lo sé. -Los ojos se le achicaron con recelo-. Los alemanes quizá. ¿Cómo voy a saber lo que hacéis durante todo el día?
Aquello estaba tan cerca de la verdad que por un instante me sorprendió pero no lo traslucí. Me encogí de hombros, muy consciente de que Reinette no me quitaba el ojo de encima. Le devolví una mirada de advertencia.
¿Serías capaz de chivarte?
Reine volvió a su pastel. Yo seguí mirando a mi madre. Desafiándola con la mirada. Ella era mejor que Cassis, los ojos tan inexpresivos como endrinas. Entonces se puso en pie bruscamente, casi tirando el plato y arrastrando consigo medio mantel.
– ¿Qué estás mirando? -me espetó, apuñalando el aire con las manos-. ¿Qué estás mirando? Maldita seas. ¿Acaso tengo algo en la cara?
– No -respondí con un encogimiento de hombros.
– Eso no es cierto. -Su voz era como la de un pájaro. Aguda y certera como el pico de un pájaro carpintero-. Siempre me estás mirando. Mirando. ¿Se puede saber qué es lo que miras, pequeña zorra?
Podía oler su angustia y su miedo y sentí que el corazón se me henchía por la victoria. Sus ojos se desviaron de los míos. Lo conseguí, pensé entre mí. Lo conseguí. Había vencido.
Ella también lo sabía. Se me quedó mirando unos segundos más pero había perdido la batalla. Le esbocé una tenue sonrisa que sólo ella acertó a ver. La mano se deslizó hasta la sien en el viejo gesto de impotencia.
– Tengo dolor de cabeza -musitó con dificultad-. Voy a echarme un rato.
– Buena idea -respondí lacónica.
– Que no se os olvide fregar los platos -advirtió, pero ya no era más que ruido. Sabía que había perdido-. Que no se queden húmedos. No dejéis… -En ese instante se paralizó, muda, con la mirada perdida en el espacio durante medio minuto. Una estatua paralizada en mitad de un gesto con la boca abierta. El resto de la frase pendiendo entre nosotros durante un incómodo medio minuto-… los platos en el escurreplatos toda la noche -concluyó por fin y se fue tambaleando por el pasillo, deteniéndose un momento en el baño para comprobar que ya no quedaban pastillas.
Nosotros, Cassis, Reinette y yo, nos miramos.
– Tomas dijo que nos encontráramos con él en La Mauvaise Réputation esta noche -les dije a los otros-. Dice que puede haber diversión.
Cassis se me quedó mirando.
– ¿Cómo lo has hecho? -dijo.
– ¿Hacer qué? -repetí.
– Ya sabes. -Su tono era bajo y apremiante, casi reverente. En aquel momento parecía haber perdido toda autoridad sobre nosotros. Ahora yo era el líder, la única a la que los demás mirarían en busca de guía. Lo más extraño fue que a pesar de haberme dado cuenta en seguida apenas sentí alguna satisfacción. Tenía otras cosas en la mente.
Pasé por alto su pregunta.
– Esperaremos hasta que se haya dormido -decidí-. Una hora, dos como mucho. Luego iremos campo a través. Nadie nos verá. Podemos escondernos en el callejón y esperarlo allí.
Los ojos de Reinette se iluminaron pero Cassis tenía una expresión escéptica.
– ¿Por qué? -preguntó al fin-. ¿Por qué habríamos de ir allí? No tenemos nada que contarle y ya ha dejado las revistas de cine…
– Revistas -repliqué-. ¿Es que sólo piensas en eso?
Cassis me miró malhumorado.
– Dijo que podría pasar algo interesante -le dije-. ¿No sientes curiosidad?
– No mucha. No es seguro. Ya sabes que madre…
– Eres un gallina -repliqué con fiereza.
– ¡No es cierto! -Sí lo era. Podía adivinarlo en sus ojos.
– Gallina.
– Es que no le veo el sentido…
– Te reto.
Silencio. De pronto Cassis dirigió una mirada suplicante a Reine. Empecé a desafiarlo con la mirada. Mantuvo sus ojos en los míos durante uno o dos segundos y luego los desvió.
– Son cosas de críos -dijo con burlona indiferencia.
– Te reto. Te reto dos veces.
Cassis hizo un gesto furioso de impotencia y derrota.
– ¡Oh, vale, pero te aviso que será una pérdida de tiempo!
Me eché a reír victoriosa.
Capítulo 6
El café de La Mauvaise Réputation, «La Rép», para sus clientes habituales; suelo de madera, una barra con un viejo piano a su lado. Naturalmente, ahora le faltan la mitad de las teclas y hay un plantador de geranios donde solía estar lo principal, una hilera de botellas -por aquel entonces no había sifones-, y los vasos colgando de ganchos debajo y alrededor del bar. Hoy el letrero ha sido reemplazado por una cosa de neón azul y hay máquinas y un tocadiscos automático, pero entonces no había nada más que un piano y algunas mesas que podían retirarse contra la pared si a alguien le entraban ganas de bailar.
Raphaël sabía tocar el piano cuando quería y a veces había alguien -una de las mujeres, Colette Gaudin o Agnès Petit- que cantaba. Nadie tenía tocadiscos en aquella época y la radio estaba prohibida, pero se decía que el café era un lugar animado por las noches y en ocasiones, cuando el viento soplaba en la dirección correcta, nos llegaba el murmullo de la música a través de los campos. Allí, Julien Lecoz perdió sus tierras del sur en una partida de cartas -se rumoreó que había apostado hasta a su mujer pero no hubo nadie que aceptara la apuesta- y era el segundo hogar de los borrachos locales que se sentaban en la terraza a fumar o a jugar a la petanca junto a la escalera. El padre de Paul frecuentaba el lugar, demasiado, para desagrado de su madre, y aunque nunca lo vi borracho tampoco estaba nunca totalmente sobrio; sonreía vagamente a los transeúntes y mostraba su dentadura grande y amarillenta. Era un lugar que nunca pisábamos. Éramos criaturas territoriales y contemplábamos ciertos lugares como si fuesen de nuestra propiedad, los otros pertenecían al pueblo, a los adultos, lugares de misterio o indiferencia, la iglesia, la estafeta de correos donde Michelle Hourias distribuía las cartas y chismorreaba apoyado en el mostrador, la pequeña escuela donde habíamos pasado nuestros primeros años pero que ahora estaba cerrada.