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Había recibido dos cartas más; una de Yannick y la otra dirigida a mí con la letra de Laure. Leí la primera con desasosiego creciente. En ella, Yannick adoptaba un tono quejumbroso y zalamero: estaba pasando una racha muy mala. Laure no lo comprendía, aseguraba; constantemente utilizaba su dependencia económica como un arma en su contra. Llevaban tres años intentando tener hijos sin éxito; ella lo culpaba también de eso y había llegado a mencionar el divorcio.

Según Yannick, el préstamo del álbum de mi madre cambiaría todo eso. Lo que Laure necesitaba era algo en lo que ocupar su mente; un proyecto nuevo. Su carrera necesitaba un empujón. Yannick estaba seguro de que yo no sería tan despiadada como para negarme…

Quemé la segunda carta sin abrirla. Quizá fue por el recuerdo de las cartas lacónicas y objetivas de Noisette que me llegaban desde Canadá, pero el caso es que las confidencias de mi sobrino me parecieron penosas y violentas. No quería saber nada más. Impertérritos, Paul y yo nos preparamos para el asedio final.

Era nuestra última esperanza. No sabía exactamente qué era lo que esperábamos y si no sería pura obstinación la que nos mantenía en pie. Quizá todavía necesitaba ganar, al igual que aquel último verano en Les Laveuses. Quizás era el espíritu duro e irrazonable de mi madre en mí, negándose a ser derrotado. Si cedo ahora, su sacrificio habrá sido inútil. Estaba luchando por nosotras dos y pensé que hasta mi madre se habría sentido orgullosa.

Jamás habría imaginado que Paul demostraría ser un ayudante tan valioso. Observar el café había sido idea suya; también fue él quien descubrió la dirección de los Dessanges en la parte trasera del puesto de snacks. En aquellos meses me había acostumbrado a contar mucho con Paul y a confiar en su juicio. A menudo hacíamos guardia juntos, con una manta arropándonos los pies si las noches eran frías, una cafetera y un par de vasos de Cointreau entre los dos. Se hacía indispensable en pequeños detalles. Pelaba las verduras para la cena. Traía leña y limpiaba el pescado. A pesar de que escaseaban las visitas a Crêpe Framboise -dejé de abrir entre semana e incluso los fines de semana; la presencia del puesto de snacks desanimaba a todos salvo a los clientes más resueltos- él seguía haciendo guardia en el restaurante, fregaba los platos, barría el suelo. Y casi siempre en silencio, el silencio confortable de una larga intimidad, el sencillo silencio de la amistad.

– No cambies -dijo por fin.

Me había dado la vuelta para irme pero él me mantuvo cogida la mano y no pude soltarme. Veía las gotas de lluvia brillando en su boina y en el bigote.

– Creo que quizá haya dado con algo -anunció Paul.

– ¿Qué? -Mi voz era áspera por el cansancio. Lo único que quería era tumbarme y dormir-. Por el amor de Dios, ¿qué hay ahora?

– Quizá no sea nada -dijo con cuidado, con la lentitud que me hacía querer gritar de frustración-. Espera aquí. Sólo quiero… ya sabes… comprobar una cosa.

– ¿Cómo? ¿Aquí? -le espeté casi gritando-. Paul espera un…

Pero ya se había marchado, moviéndose con la rapidez y el sigilo de un cazador furtivo en dirección al bodegón. Otro segundo y había desaparecido.

– ¡Paul! -mascullé furiosa-. ¡Paul! ¡No creas que me voy a quedar aquí afuera esperándote! ¡Maldito seas, Paul!

Pero lo hice. Mientras la lluvia empapaba el cuello de mi abrigo bueno de otoño, reptando lentamente por el pelo y haciendo gotear fríos regueros entre mis pechos, tuve mucho tiempo para darme cuenta de que en realidad y después de todo no había cambiado mucho.

Capítulo 8

Cassis, Reinette y yo llevábamos casi una hora esperando cuando llegaron. Una vez estuvimos en el exterior de La Rép, Cassis dejó a un lado toda pose de indiferencia y se puso a mirar con avidez a través de la ranura de la entrada, empujándonos cuando intentábamos hacer turnos. Mi interés era limitado. Al fin y al cabo, hasta que Tomas llegara no había gran cosa que ver. Pero Reine era persistente.

– Quiero ver -se quejaba-. ¡Cassis, no seas miserable, quiero ver!

– No hay nada -le decía yo impaciente-. Nada excepto viejos sentados en mesas y esas dos fulanas con las bocas pintadas de rojo.

Apenas había echado un vistazo pero lo recuerdo bien. Agnès al piano y Colette con una ajustada chaqueta cruzada de color verde revelando unos pechos prominentes como balas de cañón. Aún recuerdo el lugar en el que estaba cada uno: Martin y Jean Dupré jugando a las cartas con Philippe Hourias, que por las apariencias estaba desplumándolos como siempre; Henri Lemaître sentado en la barra del bar con una eterna demi y el ojo puesto en las señoras; François Ramondin y Arthur Lecoz, el primo de Julien, hablando furtivamente en un rincón con Julien Lanicen y August Truriand, el viejo Gustave Beauchamp solo junto a la ventana, con la boina calada hasta sus peludas orejas y el cabo de la pipa entre los labios. Los recuerdo a todos. Si me esfuerzo puedo ver el sombrero de Philippe encima del mostrador junto a él, huelo el humo del tabaco; por aquel entonces el preciado tabaco se reforzaba con hojas de dientes de león y apestaba a fuego hecho de madera húmeda o al olor a café de achicoria. La escena tiene la quietud de un cuadro viviente, un halo dorado de nostalgia arrasado por la llamarada de un rojo intenso del fuego. ¡Oh, lo recuerdo! ¡Ojalá pudiera olvidarlo!

Cuando llegaron por fin, nos habíamos quedado tiesos y estábamos de mal humor por haber estado agazapados contra la pared. Reinette estaba al borde de las lágrimas. Cassis había estado observando por la puerta y habíamos hallado un lugar debajo de una de las ventanas manchadas desde la que podíamos distinguir figuras moviéndose confusamente en la humeante luz. Fui yo quien los oyó primero, el sonido distante de las motos acercándose por la carretera de Angers, luego avanzando estrepitosamente por la sucia pista con una serie de pequeñas explosiones apagadas. Cuatro motocicletas. Supongo que deberíamos haber esperado mujeres. Si hubiéramos podido leer el álbum de madre lo habríamos sabido de sobras, pero éramos profundamente inocentes a pesar de todo y la realidad nos sorprendía un poco. Supongo que fue porque al entrar en el bar vimos que se trataba de mujeres de verdad: conjuntos ceñidos, perlas falsas, una de ellas sosteniendo en la mano los zapatos de tacón alto, la otra registrando su bolso en busca de una polvera. No eran especialmente guapas ni tampoco jóvenes. Habría esperado glamour. Pero sólo eran mujeres corrientes como mi madre, de rostros aquilinos, el cabello recogido detrás con pasadores de metal, con las espaldas arqueadas en una combadura imposible a causa de aquellos zapatos agonizantes. Tres mujeres corrientes.

Reinette estaba boquiabierta.

– Mira los zapatos. -La cara, pegada al sucio cristal, estaba sonrosada por el deleite y la admiración. Me di cuenta de que ella y yo estábamos viendo cosas distintas, que mi hermana seguía viendo el glamour de las estrellas de cine en las medias de nailon, en las boas de piel, los bolsos de piel de cocodrilo, las plumas, los pendientes de diamantes, y los peinados complicados. El minuto siguiente se lo pasó murmurando para sí extasiada-. ¡Mira ese sombrero! ¡Ohh! ¡Su vestido! ¡Ohhh!

Tanto Cassis como yo no le hacíamos caso. Mi hermano estudiaba las cajas que habían traído detrás de la cuarta motocicleta. Yo miraba a Tomas.

Estaba ligeramente apartado de los demás, con un codo apoyado en el mostrador. Vi que le decía algo a Raphaël, que empezó a sacar vasos de cerveza. Heinemann, Schwartz y Hauer se instalaron con las mujeres en una mesa libre cerca de la ventana y reparé en que el viejo Gustave se dirigía a la otra punta del bar con una mueca de disgusto, llevándose el vaso consigo. Los otros clientes se comportaban como si estuviesen acostumbrados a tales visitas, saludando incluso a los alemanes con un gesto de cabeza mientras éstos atravesaban la sala; Henri comiéndose con los ojos a las tres mujeres aún después de que se hubiesen sentado. Sentí una repentina y absurda punzada de triunfo por el hecho de que Tomas no llevase escolta. Permaneció en el mostrador un rato charlando con Raphaël y tuve la oportunidad de mirar su expresión, sus gestos desenfadados, la gorra ladeada y la chaqueta del uniforme abierta dejando al descubierto la camisa. Raphaël hablaba poco, su rostro era inexpresivo y cortés. Tomas parecía percibir su desagrado, pero aquello parecía divertirlo más que enojarlo. Alzó el vaso de forma ligeramente burlona y bebió a la salud de Raphaël. Agnès se puso a tocar el piano, una tonadilla de vals con un brioso plinc-plinc que salía de las notas altas por estar una tecla estropeada.