Por supuesto la memoria es algo muy subjetivo. Tal vez por eso siento las lágrimas agolparse a mis ojos cada vez que recuerdo aquella música, una música del fin del mundo. Seguramente no era nada parecido a lo que yo recuerdo -un grupo de alemanes borrachos martilleando algunas notas de jazz-blues con instrumentos robados-, pero para mí era magia. También debió de tener el mismo efecto sobre los otros, porque al cabo de pocos minutos estaban bailando, algunos solos, otros en pareja. Las mujeres de la ciudad en los brazos de los hermanos Dupré, que habían estado jugando a las cartas, y Philippe y Colette con los rostros uno junto al otro, una forma de bailar que jamás habíamos visto antes, un baile de giros y sacudidas, en el que los tobillos se torcían y las mesas eran arrinconadas por traseros oscilantes y la risa se elevaba por encima de las voces de los instrumentos; incluso Raphaël seguía el ritmo con el pie y se olvidó de su seriedad. No sé cuánto tiempo duró. Quizá menos de una hora. Quizá fueron sólo unos minutos. Sé que nos unimos a ellos, alegres detrás de la ventana, zangoloteando y dando vueltas como pequeños demonios. La música era caliente, y el calor nos abrasaba como el alcohol en un flambée, con su olor penetrante y ácido y brincábamos como indios sabiendo que con el volumen de la música en el interior podíamos meter tanto ruido como quisiésemos sin ser oídos. Afortunadamente seguí mirando por la ventana todo el tiempo porque fui la única que vio al viejo Gustave abandonar el lugar. Di la alarma al instante y nos zambullimos detrás del muro justo a tiempo de verlo salir tambaleándose a la fría noche, una figura encorvada y oscura con la cazoleta deslumbrante de su pipa haciendo de su rostro una rosa roja. Estaba borracho pero no debilitado. De hecho, creo que nos oyó porque se detuvo junto al muro y escrutó fijamente las sombras en la parte trasera del edificio, una mano apoyada contra el ángulo del porche para evitar caerse.
– ¿Quién anda ahí? -Su voz era quejumbrosa-. ¿Hay alguien por ahí?
Seguimos callados detrás del muro, ahogando las risas.
– ¿Nadie? -repitió entonces el viejo Gustave, aparentemente satisfecho, murmuró algo apenas audible para sí mismo y se puso de nuevo en movimiento. Llegó hasta el muro, golpeó la pipa contra la piedra. Una lluvia de chispas flotó por nuestra parte y hube de taparle la boca a Reinette con la mano para evitar que se pusiese a gritar. Luego, reinó el silencio por un momento. Esperamos sin apenas atrevernos a respirar. Después lo oímos orinar contra la pared de forma exuberante y pertinaz, dando un pequeño gruñido de satisfacción al hacerlo. Sonreí en la oscuridad. No era de extrañar que estuviera tan ansioso por comprobar si había alguien por ahí. Cassis me dio un codazo furioso, una mano sobre su boca. Reine hizo una mueca de disgusto. Luego lo oímos abrocharse el pantalón y unos pasos que se dirigían al bar. Luego nada más. Esperamos algunos minutos.
– ¿Dónde está? -susurró Cassis al fin-. No se ha ido. Lo habríamos oído.
Me encogí de hombros. Bajo el fulgor de la luna podía ver la cara de Cassis reluciendo por el sudor y la ansiedad. Hice un gesto hacia el muro.
– Ve a mirar -articulé moviendo los labios-. Quizás haya perdido el conocimiento o algo así.
Cassis movió negativamente la cabeza.
– Tal vez nos haya localizado -dijo con una mueca- y está esperando a que uno de nosotros asome la cabeza y ¡paf!
Volví a hacer un gesto de indiferencia y miré con cuidado por encima del muro. El viejo Gustave no había perdido el conocimiento, estaba sentado de espaldas a nosotros observando el café, muy quieto.
– ¿Y bien? -dijo Cassis mientras yo volvía a agazaparme detrás del muro.
Le conté lo que había visto.
– ¿Qué hace? -dijo Cassis con frustración.
Moví la cabeza.
– ¡Maldito sea el viejo idiota! ¡Nos tendrá aquí esperando toda la noche!
Puse el dedo sobre la boca.
– ¡Shh! ¡Alguien viene!
El viejo Gustave debió de oírlo también porque se apretó un poco más contra el muro en la maraña de zarzamoras por la que lo habíamos oído llegar. No fue tan sigiloso como nosotros y si hubiese seguido unos metros más a la izquierda habría aterrizado directamente encima de nosotros. Sea como fuere, fue a caer en un zarzal, maldiciendo y golpeando con su bastón y nosotros retrocedimos un poco más entre la espesura. Había una especie de túnel donde nos encontrábamos, hecho de cercos de seto y agrimonias, y para jóvenes de nuestra edad y agilidad parecía viable arrastrarse a través de él hasta llegar a la carretera. Si lo conseguíamos podríamos evitar tener que saltar al otro lado del muro y, de ese modo, escaparíamos en la oscuridad sin ser vistos.
Casi había decidido intentarlo cuando escuché el sonido de voces desde el otro lado de la pared. Una era voz de mujer, la otra sólo hablaba alemán, y reconocí a Schwartz.
Seguía oyendo la música en el bar y pensé que Schwartz y su amiguita se habían escabullido sin ser vistos. Desde mi posición en el zarzal podía ver sus figuras confundidas sobre el muro y les hice un gesto a Reinette y Cassis para que se quedasen donde estaban. También podía ver a Gustave, a cierta distancia de nosotros, sin saber de nuestra presencia, agachado contra los ladrillos junto a él y observando por una de las grietas en la mampostería. Oí la risa de la mujer, alta y un poco nerviosa, luego la espesa voz de Schwartz murmurándole algo en alemán. Él era más bajo que ella y parecía un duende al lado de la esbelta figura femenina; la forma con la que se inclinaba sobre el cuello de la mujer parecía curiosamente carnívora, igual que los sonidos que producía mientras lo hacía, como si sorbiera y musitara entre dientes, como un hombre con prisas por acabar su comida. Mientras se movían por el porche trasero, los iluminó de lleno la luz de la luna y acerté a ver las manazas de Schwartz moviéndose torpemente por la blusa de la mujer -Liebschen, Liebling- y oí la risa de ella más estridente que nunca -ji, ji, ji- mientras avanzaba sus pechos hacia las manos de él. De pronto ya no estaban solos. Una tercera figura llegó desde detrás del porche, pero el alemán no parecía sorprendido por su llegada pues saludó con un leve gesto al recién llegado -aunque la mujer parecía no darse cuenta de lo que pasaba- y siguió con lo que estaba haciendo mientras el otro hombre miraba, silencioso y ávido, los ojos rutilantes en la oscuridad del porche como los de un animal. Era Jean-Marie Dupré.
No se me ocurrió pensar entonces que Tomas había arreglado este encuentro. El espectáculo de la mujer a cambio de otra cosa; un favor quizá, o un paquete de café del mercado negro. No pensé que el intercambio que había presenciado entre ellos en el bar y aquello tuviese alguna conexión, de hecho ni siquiera estaba segura de qué era aquello, estaba lejos del precario conocimiento que yo tenía de esas cosas. Cassis lo habría sabido pero seguía acurrucado contra el muro junto a Reinette. Hice frenéticos gestos, creyendo que había llegado el momento de escapar mientras los tres protagonistas seguían absortos en lo suyo. Asintiendo, él empezó a desplazarse hacia mí a través de los matorrales, dejando a Reinette en la sombra del muro, sola con su blusa de seda de paracaídas blanca, visible desde donde nosotros estábamos, esperando.
– Maldita sea. ¿Por qué no me ha seguido? -siseó Cassis.
El alemán y la mujer se habían acercado más al muro, de manera que apenas podíamos ver lo que estaba pasando. Jean-Marie estaba cerca de ellos, «lo suficiente para mirar», pensé, sintiendo una repentina punzada de culpabilidad y asco al mismo tiempo; podía oír su respiración, la respiración pesada y glotona del alemán y la aguda y excitada respiración del mirón con un grito penetrante y sofocado de la mujer situada entre los dos, y de pronto me sentí agradecida por no poder ver lo que estaba sucediendo, agradecida por ser demasiado joven para entenderlo, pues aquel acto parecía imposiblemente feo, imposiblemente sucio y, aun así, parecían estar disfrutando con él, los ojos en blanco hacia la luz de la luna y las bocas jadeando como peces y de pronto el alemán estaba sacudiendo a la mujer contra la pared con movimientos breves y rítmicos y oía cómo la cabeza de ella y su trasero golpeaban los ladrillos y su voz chillona, «¡ah, ah, ah!», y el gruñido de él «Liebschen, ja, Liebling, Ach ja» y deseé levantarme y echar a correr en aquel mismo instante; entonces sentí que toda mi entereza me abandonaba con una oleada de pánico desbordante. Estaba a punto de seguir mi instinto, medio erguida, volviéndome hacia la carretera, midiendo la distancia entre mi posición y mi escapada, cuando los ruidos cesaron bruscamente y una voz masculina, muy alta en el silencio repentino, profirió: