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– Wie ist das?

Justamente entonces le entró pánico a Reinette, que se había acercado poco a poco a nosotros con cuidado. En lugar de quedarse quieta como habíamos hecho antes cuando el viejo Gustave había desafiado a la oscuridad, ella debió de pensar que la habían descubierto porque se levantó y echó a correr, con el reflejo de la luna iluminando su blusa blanca y fue a caer entre los matorrales con un grito, torciéndose el tobillo y con el rostro pálido vuelto vanamente hacia nosotros y la boca moviéndose con desespero y sin palabras.

Cassis se movió deprisa. Blasfemando por lo bajo, fue corriendo hasta los matorrales que quedaban enfrente; las ramas más viejas le azotaban el rostro mientras corría y las espinas de las zarzas se le clavaban en la carne de los tobillos. Sin mirar atrás a ninguna de las dos, volteó el muro y desapareció por la carretera.

– Verdammt! -Era Schwartz. Había visto su cara pálida y lunar por encima del muro y me hice invisible entre los matorrales-. Wer war das?

Hauer había llegado desde la parte trasera y movió la cabeza negativamente.

– Weiβ nicht. Etwas über da! -dijo señalando. Tres rostros aparecieron por encima del muro. Sólo pude ocultarme detrás del oscuro follaje y esperé a que Reinette tuviera el suficiente sentido común para huir hasta él en cuanto le fuera posible. Al menos yo no había huido como Cassis, pensé con desdén. Vagamente me percaté de que en La Rép había cesado la música.

– Esperad, sigue habiendo alguien ahí -exclamó Jean-Marie, atisbando sobe el muro. La mujer de la ciudad llegó hasta él, el rostro tan pálido como la harina a la luz de la luna. Su boca parecía negruzca y cruel en contraste con aquella palidez antinatural.

– Bueno, pequeña puta -dijo agudamente-. ¡Sí, tú! ¡Levántate ahora mismo! ¡Sí, , la que se esconde detrás del muro! ¡Espiándonos! -La voz era chillona e indignada, quizá un poco culpable. Obedientemente, Reine se levantó despacio. Una chica tan buena, mi hermana. Siempre tan presta a responder a la voz de la autoridad. Menudo bien le hizo. Oía su respiración, el silbido rápido y asustado en su garganta mientras se volvía hacia ellos. Se le había salido la blusa de la falda al caer y el cabello se le había soltado y le caía sobre la cara.

Hauer musitó algo a Schwartz en alemán y este último saltó el muro para llevar a Reinette a su lado.

Durante unos segundos ella dejó que la levantaran en vilo sin protestar. Nunca fue muy rápida pensando y, de nosotros tres, era con mucho la más dócil. Una orden de un adulto y su primera reacción era obedecer sin chistar.

Luego pareció entender. Quizá fueron las manos de Schwartz sobre ella o quizá entendió lo que Hauer había murmurado porque empezó a forcejear. Demasiado tarde, Hauer la sujetaba mientras Schwartz le desgarraba la blusa, que salió volando por encima de la pared como una bandera blanca a la luz de la luna. Luego otra voz -Heinemann, creo- exclamó algo en alemán y entonces mi hermana se puso a gritar, unos gritos fuertes y jadeantes de aversión y terror -¡Ah, ah, ah!-. Por un breve instante vi su rostro por encima del muro, el cabello envolviéndola, los brazos abrazando la noche y el de Schwartz, un rostro de cerveza con una mueca burlona, vuelta hacia ella, luego desapareció aunque los sonidos continuaron, los sonidos glotones de los hombres y de la mujer de la ciudad gritando por lo que debía considerar su triunfo.

– ¡Se lo merece, la pequeña puta! ¡Se lo merece!

Y ante todo risas, aquel gruñido de cerdos que aún ahora desgarra mi sueño algunas noches, eso y el sonido del saxofón, tan parecido a una voz humana, tan parecido a su voz…

Vacilé unos treinta segundos. No más, aunque me parecieron más mientras me mordía los nudillos para ayudar a la concentración y me aplastaba contra el suelo. Cassis ya se había escapado. Yo sólo tenía nueve años, ¿qué podía hacer?, me dije a mí misma. Pero aunque entendía vagamente lo que estaba sucediendo seguía sin poder abandonarla. Me levanté, abrí la boca para gritar -dentro de mí sabía que Tomas estaba cerca y él detendría todo aquello- sólo que alguien estaba escalando torpemente el muro, alguien con un bastón que descargó sobre los mirones con más rabia que acierto, alguien que bramó con voz colérica y cavernosa:

– ¡Boche asqueroso! ¡Boche asqueroso!

Era Gustave Beauchamp.

Volví a agacharme contra el suelo. Ahora podía ver bien poco de lo que estaba sucediendo pero vislumbré a Reinette cogiendo lo que quedaba de su blusa y corriendo entre gemidos por el muro en dirección a la carretera. Podría haberme unido a ella entonces pero la curiosidad y una repentina euforia me inundaron al oír la voz familiar alzándose entre el pandemonio.

– ¡Está bien! ¡Está bien!

El corazón me dio un vuelco.

Lo oí abrirse paso entre la pequeña congregación. Otros se habían sumado a la pelea ahora y el ruido del bastón de Gustave se produjo dos veces más como si alguien estuviera golpeando coles. Palabras de calma -la voz de Tomas- en francés y en alemán: «Ya está bien, calmaos, verdammt, cálmate quieres, Fränzl, ya has hecho bastante por un día», seguido de la voz airada de Hauer y las confusas protestas de Schwartz.

Hauer, con la voz trémula por la rabia, gritó a Gustave:

– Es la segunda vez que lo intentas conmigo esta noche, viejo arschloch…

Tomas exclamó algo incomprensible, seguido de un grito agudo de Gustave abortado de pronto por un ruido como el de un saco de harina golpeando el suelo de piedra del granero, un ¡bum! terrible contra la piedra, luego un silencio tan inesperado como una ducha helada.

Duró unos treinta segundos o más. Luego, nadie habló. Nadie se movió.

Y enseguida la voz de Tomas, alegremente despreocupada: «Ya está bien. Volved al bar. Id a acabaros las bebidas. El vino debe de haberlo vencido al fin».

Hubo un murmullo inquieto, un susurro, un silbido de protestas. La voz de una mujer, Colette, creo. «Sus ojos…»

– Es sólo la bebida -la voz de Tomas era risueña y liviana-. Un viejo como él… Nunca sabe cuándo terminar. -Su risa fue absolutamente convincente y aun así yo sabía que estaba mintiendo-. Fränzl, quédate y ayúdame a llevarlo a casa. Udi, llévate a los demás para adentro.

Tan pronto como los otros hubieron regresado al bar volví a oír la música del piano, una voz femenina elevándose con un nervioso gorjeo entonando la melodía de una canción popular. Solos, Tomas y Hauer empezaron a hablar en tonos rápidos y urgentes.