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– No podríamos contárselo a nadie -siguió Cassis con la voz alterada-. A nadie. Querrían saber cómo lo averiguamos. Con quién hemos estado hablando. Y si lo decimos -sus ojos se desviaron de los míos-, si dijéramos algo… a alguien… -se interrumpió de pronto y volvió a enfrascarse en el libro. Hasta su miedo había desaparecido dejando en su lugar una cauta indiferencia-. Tenemos suerte de ser sólo unos críos -comentó en un tono nuevo e inexpresivo-. Los críos siempre andan jugando con cosas de ésas. Intentando averiguarlo todo, haciéndose pasar por detectives, cosas así. Todo el mundo sabe que no es real. Todo el mundo sabe que sólo son invenciones nuestras.

– Pero Gustave… -le dije mirándolo fijamente.

– Sólo un pobre viejo -dijo Cassis, haciéndose eco inconscientemente de las palabras de Tomas-. Se cayó al río, había bebido demasiado vino. Pasa a menudo. ¿Entendido?

Me estremecí.

– No vimos nada -dijo Cassis imperturbable-. Ni tú, ni yo, ni Reinette. Nada ocurrió. ¿Entendido?

– Yo lo vi. Lo vi -dije negando con la cabeza.

Pero Cassis ya no volvió a mirarme, refugiándose en las páginas de su libro en el que los Morlocks y los Eloi guerreaban furiosamente detrás de las barreras seguras de la ficción. Cada vez que intenté hablar con él en ocasiones posteriores hizo como que no sabía de qué le hablaba o creía que yo estaba jugando. Con el tiempo quizá llegó a creerse su propia historia.

Los días pasaron. Eliminé todo rastro de la bolsita de la naranja de la almohada de mi madre, así como la piel de naranja oculta en el barril de las anchoas y las enterré en el jardín. Tenía la sensación de que jamás volvería a utilizarlas.

Me he levantado a las seis esta mañana -escribe- por primera vez desde hace meses. Es extraño como todo parece distinto. Cuando no has dormido parece como si el mundo fuese desvaneciéndose poco a poco. El suelo no está firme bajo tus pies. El aire parece estar lleno de partículas brillantes y punzantes. Siento que he dejado atrás una parte de mí misma pero no consigo recordar el qué. Me miran con ojos tan solemnes… Creo que me temen. Todos menos Boise. Ella no tiene miedo de nada. Querría advertirle que eso no dura siempre.

Tenía razón sobre aquello. No dura siempre. Lo supe en el mismo instante en el que Noisette nació, mi Noisette, tan astuta, tan dura, tan como yo misma. Ahora tiene una hija, una niña que no he llegado a conocer salvo por las fotografías. Le ha puesto Peche. A veces me pregunto cómo se las arregla, sola, tan lejos de casa. Noisette solía mirarme del mismo modo, con aquellos ojos suyos, oscuros y fuertes. Ahora se me ocurre que ella se parece más a mi madre incluso que yo.

Unos días después del baile en La Rép, Raphaël se presentó en casa. Se inventó alguna excusa -comprar vino o algo-, pero sabíamos lo que realmente quería. Cassis nunca lo llegó a admitir, por supuesto, pero lo adiviné en los ojos de Reine. Quería averiguar lo que sabíamos nosotros. Supongo que estaba preocupado más que el resto porque, a fin de cuentas, era su café y se sentía responsable. Quizá lo había adivinado. Quizás alguien había hablado. Sea como fuere, estaba nervioso como un gato cuando mi madre abrió la puerta: sus ojos se movían precipitadamente hacia el interior de la casa y luego hacia afuera. Desde el baile, el negocio en La Mauvaise Réputation había ido mal. En la estafeta de correos había oído comentar, quizá fuera a Lisbeth Genêt, que el lugar se había echado a perder, que los alemanes llevaban ahí a sus putas, que no había nadie decente que se dejara ver por allí y, si bien nadie había establecido la conexión entre lo sucedido aquella noche y la muerte de Gustave Beauchamp, no había la menor duda de que pronto empezarían las habladurías. Al fin y al cabo era un pueblo, y en un pueblo nadie puede mantener un secreto demasiado tiempo.

En fin, madre no le dio lo que se llamaría una cálida bienvenida. Quizás era demasiado consciente de que los estábamos observando, demasiado consciente de lo que él sabía de ella. Quizá su enfermedad la hacía ser brusca o quizás fuese sólo su temperamento hosco. En cualquier caso, Raphaël no volvió más, aunque hay que decir que una semana después, él y todos los presentes la noche del baile en La Mauvaise Réputation estaban muertos, así que tal vez no tuvo la oportunidad.

Madre hace una referencia a su visita.

Ese idiota de Raphaël vino. Demasiado tarde, como de costumbre. Me dijo que sabía dónde podía conseguir algunas pastillas. Le dije que nunca más.

Nunca más. Así. Si hubiese sido otra mujer no la hubiese creído, pero Mirabelle Dartigen no era una mujer como las demás. Nunca más, dijo. Y fue su última palabra. Que yo sepa no volvió a tomar morfina nunca más, aunque quizás aquello se debiera también a lo que sucedió después más que a un puro acto de fuerza de voluntad. Naturalmente, a partir de entonces no habría más naranjas, nunca más. Incluso creo que había perdido el gusto por ellas.

QUINTA PARTE. La Cosecha

Capítulo 1

Os dije que gran parte de lo que escribía eran mentiras. Párrafos enteros llenos de mentiras enmarañadas con la verdad como enredaderas en un seto, obscurecido aún más por la jerga delirante que utilizaba; líneas que se entrecruzan y se vuelven a cruzar, palabras interrumpidas e invertidas de modo que cada una se convierte en una batalla de mi voluntad contra la suya para extraer el significado del código en el que está escrita.

«Hoy paseaba a orillas del río. Vi a una mujer con una cometa hecha de madera contrachapada y bidones de aceite. Jamás me habría imaginado que una cosa así pudiese volar. Grande como un tanque pero pintada de muchos colores y con lazos colgándole de la cola. Pensé… (a esas alturas algunas palabras están borrosas por las manchas de aceite de oliva, que han vuelto la tinta de un violeta intenso en el papel)… pero ella saltó por encima del cruce y se elevó en el aire. Al principio no la reconocí aunque creo que debía de ser Minette pero…» (una mancha más grande oscurece casi todo el resto, aunque hay algunas palabras visibles). «Hermosa» es una de ellas. Garabateada al principio del párrafo escribe la palabra «balancín» en caligrafía normal. Debajo, un diagrama irregular que podría representar cualquier cosa pero que parece mostrar un monigote sobre la imagen de una esvástica.

En cualquier caso, no tiene importancia. No había ninguna mujer con una cometa. Incluso la referencia a Minette carece de sentido alguno: la única Minette que conocíamos era una anciana prima lejana de mi padre a quien la gente consideraba amablemente como «excéntrica»; solía llamar «bebés» a todos sus gatos y, a veces, la habían visto dando de mamar a los gatitos en lugares públicos, su rostro apacible encima de su carne flácida y escandalosa.

Sólo os cuento esto para que entendáis. Había todo tipo de cuentos fantásticos en el álbum de madre: historias de encuentros con personas fallecidas tiempo atrás, sueños disfrazados de realidad, imposibilidades prosaicas, días lluviosos transformados en días radiantes, un perro guardián imaginario, conversaciones que nunca tuvieron lugar, algunas de ellas bastante aburridas, un beso de un amigo desaparecido hacía tiempo. A veces tiene una forma de mezclar la verdad con las mentiras tan diestra que ya no soy capaz de distinguir la una de las otras. Además, no hay un propósito aparente. Quizá fuese su enfermedad la que hablaba, o las ilusiones de su adicción. No sé si pretendía que el álbum lo vieran otros ojos que no fueran los suyos. No responde a la función de unas memorias. En algunos lugares es casi un diario; aunque no del todo; la secuencia irregular le roba toda lógica y utilidad. Quizá por eso me llevó tanto tiempo comprender lo que saltaba a la vista, ver las razones que la impulsaron a obrar así y las terribles repercusiones de mis propias acciones. A veces sus frases están doblemente escondidas, apretujadas entre líneas de recetas con una caligrafía de trazos diminutos. Tal vez así es como ella deseara que fuera, entre ella y yo, al fin, un esfuerzo de amor.